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El ocaso de los dioses | Durmiendo con su enemigo

Corren malos tiempos para la lírica, enigmática reflexión que supo advertir en 1939 el dramaturgo alemán Bertolt Brecht en su poema Malos tiempos para la Lírica. Perseguido por el régimen nazi, el autor de la Ópera de los tres centavos huyó de Alemania el 28 de febrero de 1933, al mes de que Hindenburg nombrara Canciller a Adolf Hitler pensando que lo controlarían como a una marioneta, sin darse cuenta de que estaban durmiendo con su enemigo. Brecht duerme hoy, junto a su mujer, en el cementerio berlinés de Dorotheenstadt, una nostálgica necrópolis que he visitado con reverente fervor, donde descansan también los filósofos Hegel, Fichte y Marcuse. Muy cerca de allí se encuentra la Neue Synagoge, edificio de estilo árabe (no es ironía) que fue incendiado por las turbas nazis el 9 de noviembre de 1938 en la Noche de los cristales rotos. No les relato cómo acabó ese salto de cama con Hitler porque tengo la certeza de que ustedes dos lo conocen bien.

Ángel Gabilondo es un político socialista y catedrático español, nacido en San Sebastián (no es ironía), cuya tesis doctoral versó sobre Hegel, el filósofo enterrado en Berlín. Como Ángel -que en su juventud fue fraile de la Congregación de los Corazonistas de Vitoria- se presenta candidato para presidir la Comunidad de Madrid, algún filósofo de todo a cien ha parido para Gabilondo el ontológico eslogan “soso, serio y formal”. Nada nuevo. John Wayne (conocido como el Duke en homenaje a su perro Little Duke, allí donde se liba la cerveza mejor servida de Alicante) fue un actor con fama de conservador poco inclinado a la fenomenología del espíritu, y que en su juventud universitaria también se unió a la fraternidad Sigma Chi. Wayne estuvo casado (con minúscula, no es ironía) en tres ocasiones: con una española, una mexicana y una peruana. El hombre tranquilo quiso que en su tumba figurara, escrito en español, el epitafio “Feo, Fuerte y Formal”, pero no lo consiguió. Malos tiempos para los epitafios, Little Duke, porque tienen la metafísica costumbre de esculpirse sobre losas fallecidas.

Pablo Iglesias, el otro, no el que visitaba Casa Labra, donde entre raciones de bacalao rebozado y soldaditos de Pavía fundó el PSOE el 2 de mayo de 1879 (la fecha no es ironía), es un político español de extrema izquierda nada impuesto en filosofía, dado que confunde una de las obras cumbre de Kant, Crítica de la razón pura, llamándola Ética de la razón pura. Immanuel Kant fue un filósofo prusiano, metódico, trabajador, amigo de la crítica como antídoto del pensamiento único y enemigo de los dogmatismos que someten a los seres libres. Está enterrado en la catedral de Königsberg (hoy Kaliningrado), y en su lápida figura el epitafio El firmamento estrellado sobre mí, y la ley moral dentro de mí. Ahora se entiende por qué Iglesias, el otro, no conoce la obra de Kant, ya que, si el filósofo alemán era trabajador, maduro y enemigo de los dogmatismos, Pablo es una persona que “denota una enorme inmadurez”, como lo describe su otrora compañera podemita Teresa Rodríguez. Lo de la ley moral dentro de mí que reza el epitafio de Kant, aplicado a Iglesias, se me antoja un oxímoron; y respecto de los dogmatismos no tengo nada que añadir: Iglesias no es dogmático al igual que Kant no es filósofo.

Quizá por esas y otras muchas razones que escapan a quienes no hayan leído a Hegel, el político-filósofo Gabilondo asevera que no piensa dormir con Iglesias si gana las elecciones, algo que prometió reiteradamente Sánchez y cumplió. Soso, serio y formal… me refiero a Ángel. ¿Cumplirá su promesa? Para saberlo es necesario volver a la ley moral de Kant porque, sobre promesas, cabe recordar que tras la llegada de Biden a la Casa Blanca las detenciones de inmigrantes se han disparado (100.000 en febrero y 4.000 diarias en el mes de marzo, muchas de ellas de menores encerrados en celdas de plástico). “Los expulsamos a miles, a decenas de miles”, se jactaba Biden en la primera y única rueda de prensa que da en ¡63 días! Pero como la ley moral no nos afecta, decimos que lo ha hecho Biden el bueno y todos tan tranquilos, menos los 200.000 inmigrantes detenidos por Kant. Recuerdo cuando Biden dijo de Obama en 2007 que era “el primer candidato afroamericano popular que es articulado, brillante, limpio y de buen aspecto”, recogía Los Ángeles Times (nada que ver con nuestro Ángel). La realidad supremacista, aun solapada, suele ser más impertinente que la ley moral. Y todos tan tranquilos.

Comenzamos narrando cómo Brecht tuvo que huir de los nazis mientras la mayoría del pueblo alemán se ponía el camisón para dormir con su enemigo. Del plácido Morfeo que les prometió Adolf pasaron a una pesadilla que duró doce años y setenta millones de muertos. En el transcurso de aquel mal sueño, y para no dormir con su enemigo, el 26 de septiembre de 1940, en Port Bou, se suicidaba el filósofo alemán Walter Benjamin ante el temor de caer en manos de la Gestapo. “En una situación sin salida, no tengo otra elección que la de terminar”, escribió Benjamin. En la conmovedora lápida que lo abriga se esculpe como epitafio una de sus reflexiones: “No hay ningún documento de la cultura que no lo sea también de la barbarie”. Hay políticos tan peligrosos que en su narcisismo patológico consiguen confundir hasta el punto de que se acaba durmiendo con ellos sin advertir el riesgo. Cuando te levantas ya nada es igual. Por eso nos avisaba Benjamin que “el mundo solo vive de sí mismo: sus excrementos son su nutrición”. ¿Solo el mundo vive de sí mismo y de sus excrementos? Preparen el pijama. A más ver.

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