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Matías Vallés

Rocío Carrasco, otra princesa del pueblo

El espectáculo alrededor de la hija del boxeador y la tonadillera es un reflejo folklórico de la entronización póstuma de Lady Di

Solo tras una semana de digestión y regurgitado puede ponderarse el cóctel de confesión y denuncia de pago a cargo de Rocío Carrasco en Tele 5. Todo pronunciamiento se emite con la tranquilidad de que la declarante ha recibido la absolución inapelable de Belén Esteban, equivalente al perdón masivo resultante de sumar los efectivos de la Conferencia Episcopal y el Tribunal Supremo. La pausa en el comentario permite cifrar el único avance notable en que Rocío Carrasco ha dejado de ser Rociito. Algo es algo.

De hecho, la conjunción galáctica de las dos estrellas citadas obliga a barajar la hipótesis de transferencia. En la abdicación más importante desde 2014, la simpar Belén Esteban cede el cetro a Rocío Carrasco. El titiritero de Tony Blair, un anfetamínico Alastair Campbell que reduce a la nimiedad a los ivanes redondos, se inventó el apelativo de «princesa del pueblo» a la muerte de Lady Di, a falta de encontrarle una habilidad concreta. Buckingham Palace se tambaleó por culpa de esta sencilla expresión, tan apta para titular a Belén Esteban como a su sucesora.

Entre ambas princesas de escayola, han eclipsado el lanzamiento en solitario de la única persona de talla oficialmente principesca. De hecho, con Leonor de Borbón se está ensayando el peligroso baile de coronarla antes de tiempo, saltándose artificialmente la generación de su padre. Con el riesgo adicional de que los programadores de La Zarzuela han acreditado durante décadas una torpeza mayúscula, por comparación con la sutileza de Tele 5 a la parrilla.

Aunque el matrimonio solo goza hoy de una apetencia minoritaria, cuesta olvidar las portadas de la prensa seria en las que refulgía en los noventa el enlace de la hija del boxeador y la tonadillera con el guardia civil. Aunque el novio merece la inclusión en un casting del Joker o de Torrente, ninguna crítica hubiera sido admisible en aquellos momentos, por afectar a instituciones incuestionables. Es probable que la Fiscalía hubiera tomado cartas en el asunto ante cualquier desmán crítico. De ahí la sorpresa ante el entreguismo de un Gobierno socialcomunista hacia esa amalgama de valores trasnochados, que obliga de nuevo a replantearse si no se habrá exagerado el componente satánico de Podemos.

En un enunciado que desborda su simplicidad, el programa sobre Rocío Carrasco demuestra que la sociedad y sus ministros no están dispuestos a tolerar el maltrato de Rocío Carrasco. El Gobierno desplegará su notable poder en defensa de esta denunciante, las otras víctimas del maltrato deberán aguardar su turno y bregar con la proverbial falta de medios. Solo faltaría que cada víctima de la violencia de género se creyera capacitada para importunar a la ministra del ramo, cuando su tragedia personal congregaría como máximo a unos cientos de miles de telespectadores.

Tiene mérito elevar la ordinariez a la categoría de drama, en una fenomenal zarabanda dirigida por Jorge Javier Vázquez, el Von Karajan de la telebasura. Los instrumentos están tan afinados que los colaboradores del programa lloran antes incluso de comenzar el docudrama, que además confiesan no haber visto por anticipado. En el mercado de las emociones, esas lágrimas postizas en cuanto predictivas o preventivas gozan del mismo valor que la riada posterior a la interpretación de la solista.

De acuerdo con las cifras de audiencia, 35 millones de españoles no miraban la televisión convencional el pasado domingo por la noche, así que los degenerados siguen siendo mayoría absoluta. Y dado que la esencia del género rosa es la continuidad, cabe imaginar cuánto valdría la reconciliación en antena pasado un periodo prudencial de los enemigos hoy mortales. En principio, esta hipótesis debe examinarse con la misma frialdad negociadora empleada para debatir la compensación económica, así como las contrapartidas viscerales que definían la intervención inaugural.

De la misma forma que hoy no cabe cuestionarse la denuncia de Rocío Carrasco, porque equivaldría a banalizar la violencia de género, tampoco podría matizarse la pasión renacida en un giro del guion, porque significaría debilitar el milagro inconsútil del amor. El alineamiento es tan sólido que la cacareada expulsión de Antonio David Flores, de la misma cadena donde se produce la denuncia en un círculo vicioso en todos los sentidos, ni siquiera suscita un enarcamiento de cejas.

En cada episodio de Sálvame, la audiencia sospecha con razón que los restos de serie que relatan crímenes abyectos atienden antes al pacto económico que a la veracidad. No importa, porque se les exige únicamente entretenimiento. El mérito de la nueva princesa del pueblo se cifra en haber logrado la anulación voluntaria de la incredulidad de espectadores bregados, aquella «willing suspension of disbelief» que cantara por vez primera el poeta Coleridge en un lenguaje más castigado.

La actualidad es una droga de diseño. En tres semanas consecutivas, la noria de los peleles ha encumbrado a Meghan/Harry, Ayuso y Carrasco. Las similitudes no provocan hartazgo, el número de argumentos de la ficción es reducido pero una persona devora centenares de fábulas al año como si cada invención careciera de precedentes. Y el momento más depurado de la última entrega se produce cuando Vázquez rompe la cuarta pared y se dirige al público en un aparte, para proponerle un sorteo de doce mil euros, la única verdad del programa.

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