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Pilar Galan

Cuestión de estilo

Por poner una nota de humor en estos días grises, quería contar que a mí, en cuanto llega la primavera, me brotan asesores de imagen por todas las esquinas, como geranios descontrolados. No suelen presentar malas intenciones, pero también entre ellos crece de cuando en cuando alguna mala hierba con aspiraciones parásitas. «Tú lo que tienes que hacer» es su frase inicial y a partir de ahí, ya viene todo rodado, sea hacerse unas mechas, arreglarse las uñas o depilarse las cejas. Son herederos, aunque no siempre, de aquellos otros que esgrimen la sinceridad como un arma, pero estos la utilizan para arreglarte la forma de vestir o de peinarte, y de paso, la vida, como si fuera lo mismo. Te vendría bien cambiar de estilo, comprarte americanas o ponerte aparato, te dicen, mientras calibran tu peso, tu altura o tus dioptrías. O estarías divina si te maquillaras más o te pintaras algo, o te encaramaras a unas botas de tacón o te embutieras en unos pantalones asesinos que te cortarán la circulación. Así, sin anestesia, con esa media sonrisa que nunca anticipa nada bueno.

No pueden meterse en el mismo saco que los que de verdad se preocupan por tu salud, y te aconsejan adelgazar o engordar o comer más sano, aunque también hay mucho asesor de imagen con complejo de endocrino. Son lo que te marean con ayunos extenuantes, siropes de cualquier cosa con color verde o listas interminables de productos prohibidos. Ante tus ojos se abre un abanico de posibilidades que ni siquiera has considerado, pero que te produce una pereza espantosa. A lo mejor un día que te pilla con la guardia baja, te planteas hacer caso, pero se suele pasar enseguida. Y aprendes a convivir con el ejército de asesores que te hacen una radiografía en cualquier sitio, para luego comentarte las mejoras que podrías hacerte, como si fueras un piso a estrenar o un apartamento en Torrevieja.

Con los años, se aprende a separar el grano de la paja y a dejar de lado los consejos envenenados, respetar los bienintencionados, y mantenerse firme. Lo que no se aprende, al menos yo no lo he conseguido todavía, es a responder con la misma moneda a quienes pretenden amueblarte por fuera, y encima lo hacen de forma invasiva. A sus «estarías divina con» o «tú lo que tienes que hacer es» debería contraatacar con la recomendación de un proceso de reforma interna. A sus mechas, sugerir más lecturas; a sus tintes y cremas, más películas, y a las sugerencias de ropa, más prensa y telediarios. Amueblar por dentro, estar al día en tu cabeza, haber aprendido desde muy pequeña que la comodidad es mucho más importante que ganar altura, y que esta, al menos en el mundo en que quiero vivir y vivo, no se mide en tacones de más o tacones de menos, sino en una ética, una forma de estar y una elegancia que no vienen en ningún suplemento de moda ni en ninguna gurú de internet, sino que se aprenden en páginas de libros y charlas con gente tan inteligente y capaz que te mira sin calibrarte, y además, te sabe ver.

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