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Antonio Papell

Patético espectáculo

Han pasado por la Audiencia Nacional los principales testigos del ‘caso Bárcenas’, y en concreto los expresidentes del gobierno Aznar y Rajoy y los ex secretarios generales, Álvarez Cascos, Javier Arenas y Dolores de Cospedal, así como otros antiguos altos cargos -el expresidente balear y exministro Jaume Matas; los exdiputados Jaime Ignacio del Burgo y Eugenio Nasarre; Pío García-Escudero, expresidente del Senado; los exministros José María Michavila y Federico Trillo, y el exvicepresidente Rodrigo Rato- para ser interrogados sobre los llamados ‘papeles de Bárcenas’, que serían el resumen de una «contabilidad extracontable», es decir, de una contabilidad ‘b’ o ‘contabilidad paralela’ oculta al fisco, en la que los ingresos eran donativos anónimos de personas y entidades que, por filantropía o por causas menos nobles, aportaban dinero al partido para sufragar sus gastos corrientes y de campaña.

En el juicio ya celebrado de Gürtel, la sentencia firme ya dictada reconoce la responsabilidad del PP y la existencia de una caja ‘b’ durante varias décadas. Ello es coherente con el ‘caso Bárcenas’ actual, en el que también se sientan en el banquillo representantes de la empresa que llevó a cabo la reforma de la sede de Génova 13 y se prestó a cobrar una parte importante de la obra en dinero negro, procedente lógicamente de esta caja ‘b’. Y estamos a la espera de que se sustancie en los tribunales la ‘operación Kitchen’, al parecer bastante bien hilvanada por la fiscalía, en que se probaría que personal del Ministerio del Interior montó una trama delictiva para robar a Bárcenas todas las pruebas de su subrepticia actividad como gerente y tesorero del PP. Cuando no pudieron controlar al cajero, fueron a por él. Como la mafia.

La historia incluye el supuesto reparto de sobres a altos cargos del PP, lógicamente con dinero opaco, y que formarían parte de su retribución. Para entender este hecho, que hoy parece insólito, conviene recordar que en las primeras décadas de la democracia fue corriente en zonas del ámbito empresarial el pago en ‘b’ de una parte de la nómina a los trabajadores, lo que disminuía los gastos sociales que debía cubrir el empleador.

Todo este conglomerado de resoluciones, datos y procedimientos en marcha, que ya tuvo como efecto político la moción de censura que echó a Rajoy del gobierno después de que se conociera la gravísima sentencia del caso Gürtel, demuestra que, en efecto, hubo una corrupción continuada en el PP, que ha exasperado a Casado y le ha llevado a decidir el cambio de sede, ya que el edificio de Génova hiede de porquería acumulada a lo largo de los años. Como afirmó el actual presidente del PP, Casado, es difícil residir en un edificio sobre cuya reforma se celebra un procedimiento judicial provocado por el presunto pago en negro de 1,5 millones de euros a quien llevó a cabo la transformación.

El espectáculo es patético porque la cerrada negativa de todos los testigos a aceptar siquiera la existencia de la ‘caja b’ no sólo no exculpa a las pasadas generaciones de políticos que cometieron el desmán sino que llena de dificultades el camino de quienes ahora, legítimamente, quieren quitarse el muerto de encima porque los dirigentes actuales no tienen nada que ver en el asunto. Ha sido patético observar a Arenas negando que J. Arenas fuera Javier Arenas en los celebérrimos ‘papeles’ (si acaso, hubiese sido más verosímil reconocerse y negar después la veracidad del documento), y seguir el hilo de los discursos de unos expresidentes que no se enteraban de nada, que nada habían visto, que no conocían a sus benefactores y que incluso se irritaban porque alguien tenía la osadía de preguntar aquellas cosas.

Las irregularidades cometidas por los dirigentes del partido deben estar prescritas, por lo que el caso es actualmente más político que penal. Por ello, quienes se equivocaron entonces tan gravemente ganarían en dignidad y pasarían con mejor rostro a la historia si reconocieran gallardamente los errores que por este procedimiento falaz, que sugiere que son capaces de mentir sin rubor y que no les importa que se piense que no veían lo que discurría ante sus propios ojos.

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