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Antonio Papell

Dejen al comunismo en paz

La irrupción en España de un partido de extrema derecha que ha cristalizado llamativamente la radicalidad que ya preexistía en sectores del Partido Popular, ha creado a la derecha española un problema de imagen que no sabe como resolver (no un problema ético: de imagen; y esta es ya una mala noticia). En efecto, aunque en el caos italiano la extrema derecha campe por sus respetos en formas diversas y mudables, en Francia y en Alemania —víctima y victimario en la Segunda Guerra Mundial— la extrema derecha está desacreditada y marginalizada, hasta el punto que ninguna fuerza democrática se presta a aliarse con ella. De ahí que RP (antes FN) ni AfD solo gobiernen allá donde logran mayoría absoluta. El Rassemblement National de Le Pen en Perpiñán exclusivamente, pese a ser la segunda fuerza del país y a que todo indica que Macron tendrá que batirse de nuevo con ellos en las próximas presidenciales.

Pues bien: aquí el PP y Ciudadanos gobiernan tranquilamente con Vox, partido reconocidamente neofranquista (vamos a concederle el beneficio de la duda antes de utilizar adjetivos más expresivos), pese a algún desliz disidente de Casado que quiso separarse abruptamente de Vox cuando la moción de censura de este partido contra Sánchez, pero que no parce haberse consolidado. Y tras un amago de Ciudadanos de cambiar de espacio y recuperar la posición central que ocupaba antes del desastre provocado por el viraje de su líder, Ayuso ha creído llegada su oportunidad, y ha convocado elecciones en Madrid para evitar a sus socios de coalición (C’s) la tentación de traicionarla como en Murcia. Pero en esta operación, que podría en efecto desembocar en una mayoría absoluta formada por el PP y Vox (partido explícitamente muy apreciado por Ayuso), hace falta un lavado de imagen, que Miguel Ángel Rodríguez, el ex secretario de Estado de Comunicación de Aznar, ha compendiado en un eslogan, “comunismo o libertad”. El lema empezó siendo “socialismo o libertad”, pero sus promotores debieron pensar que la carcundia era excesiva.

Es evidente que el pretendido axioma “comunismo o libertad” trata de establecer una simetría entre la extrema derecha y la extrema izquierda. Y aunque los delitos de lesa humanidad de los nazis no son muy distintos ni cuantitativa ni cualitativamente de los que cometió el estalinismo, parece evidente que en Europa occidental en general, y en España en particular, el nazismo y el comunismo no son simétricos. Sin necesitar recurrir a análisis más expresivos y alambicados, conviene recordar que el PCE desempeñó un papel trascendente en la Transición española, facilitando el tránsito y el reconocimiento internacional de los actores que llevaban a cabo el cambio político “de la ley a la ley”, que en realidad fue una ruptura con la dictadura y la erección de un régimen de libertades. Santiago Carrillo se comportó como un estadista, después de haber inventado con Berlinguer y con Marchais el tubio e inofensivo ‘eurocomunismo’ y —por qué no decirlo— de haber sido permanente y cuasi única oposición al régimen de Franco desde dentro y desde fuera de España durante los casi cuarenta años de dictadura. Carrillo fue también el primero que habló desde el exilio en los años sesenta de “reconciliación nacional”, que finalmente se produciría a la muerte del dictador.

Todo esto lo sabe la ciudadanía, que ve con estupor como tanto tiempo después se continúan abriendo fosas comunes de peligrosos ”rojos” en las cunetas de España (también hubo fosas del otro bando, pero sus cadáveres fueron exhumados mucho antes y con respeto). Por ello, no tiene mucho sentido intentar resucitar fantasmas del pasado. Aquí lo que falta todavía es un poco más de maduración democrática, de forma que desaparezcan los vestigios autocráticos de una historia muy convulsa y demasiado trágica, que desembocó en la horrenda guerra civil. Buscar parangones entre aquella tragedia y el día de hoy es un absurdo, como lo es intentar criminalizar de nuevo ese vestigio anacrónico que es el PCE, que no es precisamente el que hoy alienta los odios extemporáneos que nos alarman a algunos y que tenemos que extirpar antes de que germinen de nuevo.

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