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JOrge Dezcallar

Entre idealismo e intereses

Obama cuenta en A promised land su frustración por no haber podido conseguir más que una parte de su sueño de reformar a fondo el sistema sanitario norteamericano que era más caro, más ineficiente y menos igualitario que los europeos. Pero tuvo enfrente a poderosos grupos de intereses y a un partido Republicano que comenzaba a radicalizarse con el Tea Party y logró lo que se ha conocido popularmente como Obamacare, que era menos de lo que quería pero que ha mejorado la vida de muchos ciudadanos que antes no tenían cobertura sanitaria. Su idealismo quedó también patente en su discurso de El Cairo de 2009 que influyó en las ansias de libertad y de dignidad de masas árabes subyugadas bajo regímenes autoritarios de diverso pelaje, hasta que naufragaron junto con la Primavera que habían alumbrado. Aunque no desdeñara usar drones en Afganistán o expulsar a inmigrantes indocumentados, Obama era un soñador y por ello recibió el Premio Nobel por más que luego se frustraran muchas de las esperanzas que despertó.

Donald Trump es todo lo contrario de un soñador idealista porque defendía un pragmatismo crudo guiado por lo que consideraba el interés «americano» (o el propio) de cada momento. En su mente la amistad o los valores no tienen lugar y por eso decía estupideces como que la seguridad de Europa no valía la sangre de ningún soldado norteamericano cuando nos habían sacado las castañas del fuego en dos guerras mundiales. Los derechos humanos también cedían ante los intereses y así cuando Jamal Khashoggi fue brutalmente asesinado Trump simplemente miró hacia otro lado. Y si los kurdos, los saharauis o los palestinos tenían que ser sacrificados al albur del interés del momento, lo hacía sin el menor escrúpulo.

Joe Biden parece seguir una vía intermedia. En los primeros dos meses de su mandato se ha enfrentado ya con un par de problemas que permiten atisbar por dónde va a ir en este ámbito. El primero tuvo lugar cuando los servicios de Inteligencia concluyeron que el príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salman, tuvo que estar al corriente e incluso autorizar el asesinado de Jamal Khashoggi. Como consecuencia, Biden ha tomado algunas medidas contra los directamente responsables y ha dicho que MbS no sería bien recibido en la Casa Blanca, pero no ha ido más allá para no perjudicar su relación con Arabia Saudita que necesita para la estabilidad del precio del petróleo y para hacer frente a Irán. Así que ni mirar para otro lado como Trump, ni meter el dedo en el ojo de un aliado que previsiblemente va a estar en el marchito los próximos cincuenta años. A eso lo llaman «realpolitik». Y cuando el Tribunal Penal Internacional decidió investigar posibles delitos de las tropas Estados Unidos en Afganistán y de las de Israel en Palestina, cosa que ha causado furor en Tel Aviv, Trump se enfadó mucho e impuso a los jueces de la Corte sanciones habitualmente reservadas a los terroristas (!). Ahora Biden ha eliminado esas sanciones pero sigue negándole atribuciones al Tribunal amparándose en el legalismo de que ni los EE UU ni Israel son miembros ni reconocen su competencia. Otra vez a mitad de camino, ni muy frío ni muy caliente.

Un tercer caso se acaba de presentar con la propuesta del senador Republicano Mitt Romney de hacer un boicot económico y diplomático a las Olimpiadas de Invierno de 2022 en Beijing «para mostrar nuestro repudio por los abusos de China» en derechos humanos. Romney no extiende el boicot al ámbito deportivo (como hizo Carter con las olimpiadas de Moscú en 1980) para no perjudicar a los atletas e impedir que China se aproveche de la ausencia norteamericana para inflar su medallero, como hicieron los rusos en su día. Washington no ha decidido aún qué hacer, pero el secretario de Estado Tony Blinken, que ha calificado de «genocidio» lo que ocurre en Xinjiang, se ha reunido este fin de semana en Alaska con una delegación china en un tenso primer encuentro que augura relaciones muy complicadas.

Estos precedentes parecen sugerir que Biden no profesará ni el idealismo de Obama ni tampoco la falta de escrúpulos de Trump. Pero ya se sabe que la virtud está en el término medio.

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