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En las películas no hay plagios: se rueda cualquier escena calcando una anterior de mucha fama y basta con decir que se trata de un homenaje. En arquitectura, tampoco; se hicieron miles de edificios igualitos que los que puso de moda la Bauhaus y todo el mundo se quedó tan contento. Hasta en los libros se tolera bien la inspiración ajena. Uno de los autores de más éxito en las novelas negras de hoy, las de policías y ladrones de antes que se conocen ahora como thrillers —así, en inglés, que los idiomas también copian—, el escritor Juan Gómez-Jurado, autor de una trilogía con ventas millonarias en España, llena sus páginas de metáforas sacadas adrede y sin disimulo alguno de las canciones de Joaquín Sabina. Estamos de nuevo en que así se honra al autor original.

Pero si hablamos de arte, con la iglesia hemos topado, Sancho —que no se diga que no me inspiro en Cervantes. Durante muchísimo tiempo la mayoría de los cuadros mostraban escenas religiosas y los motivos se repetían, sacados de la Biblia o los Evangelios, hasta la saciedad. Incluso en época tan avanzada como el siglo XIX un genio como Van Gogh copió sin negarlo nunca las escenas campesinas de Jean-François Millet, e incluso se han hecho exposiciones con los lienzos de Millet y Van Gogh uno al lado del otro para poder admirar con más facilidad el resultado.

Ahora eso, si sucede, es un escándalo. El último de momento lo ha protagonizado un pintor francés, Xabier Marabout, quien se ha permitido nada menos que meter a Tintin, el personaje venerado de los tebeos de Hergé, en los cuadros de Edward Hopper añadiendo, eso sí, una clave erótica imposible de encontrar tanto en el autor belga de las historias en las que aparece el maravilloso capitán Haddock como en el más acertado retratista de la soledad como condición humana.

Los herederos de Hergé —de los de Hopper no dice nada la noticia— han demandado a Marabout por plagio. No obstante, el hereje que se ha permitido mancillar el arte de Tintin y de Edward Hopper había utilizado con anterioridad ese tipo de interpretaciones tan libres como faltas de respeto incluyendo personajes de tebeo en obras de Picasso, por ejemplo, sin que se montase tanto revuelo. Igual la indignación por lo de Tintin tiene que ver con lo sucedido hace poco con una acuarela —la de la portada de El loto azul—, que se vendió en subasta por más de tres millones de euros.

No hace falta haber leído a Marx, y ni siquiera a Adam Smith, para entender que valor y precio son dos conceptos del todo distintos y necesarios de entender cada uno por su lado pero, volviendo al primero, a mí me parece mucho peor arruinar los cuadros de Hopper con el periodista y aventurero Tintin que hacer salir a éste acompañado de bellezas provocativas y despampanantes.

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