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José Carlos Llop

Necesidad de John Le Carré

Las vacunas son uno de los grandes inventos de la humanidad para salvarse a sí misma y no seré yo quien practique el negacionismo en este asunto. Otra cosa sería el papel de los laboratorios –tan necesarios para conseguir esa salvación– cuando se trata de negocios. Y todos sabemos que en todo se trata de negocios. Ahí nos falta John Le Carré para ilustrarnos con una buena novela de las suyas sobre la carrera de las vacunas anticovid, su compra y distribución, y la causa de los raros efectos de algunas de ellas, sino de todas, que aún no sabemos. El tiempo dirá porque en las vacunas, como en otros remedios salutíferos, todo es cuestión de tiempo y frente a la primera peste del siglo XXI lo que se dice tiempo no hemos tenido –ni nosotros, ni los laboratorios, ni los gobiernos, ni nadie: sólo el bicho ha dispuesto de tiempo para dañarnos y regodearse– y sobre todo, desconocemos más que nunca el qué vamos a tener. Como desconocemos si en ese tiempo que tengamos, la vacuna sólo nos protegerá del mal –y sólo por eso será benéfica en extremo– o nos provocará otros males distintos, mayores o menores, no lo sabemos tampoco.

En estas cuestiones el miedo cuenta. Cuando se habló de la primera vacuna, la china, en Occidente hubo una mueca desconfiada y temerosa. Occidente no se fía de la China desde la guerra de los bóxers; no se fía y teme que el Gran Dragón se despierte y comience a rugir y despierto lleva años. Nuestros abuelos y bisabuelos hablaban del peligro amarillo –que también se evoca en la gran novela proustiana– y si la comida china se ha impuesto y los muebles chinos –falsificados o no– también se imponen cíclicamente –durante el Modernismo bautizamos esa moda como chinoiseries– sólo lo primitivo –o sea la acupuntura, el gingseng y otras pócimas naturales– tiene nuestra confianza, basada unas veces en su eficacia demostrada y otras en el esnobismo puro y duro. Otra cosa es un laboratorio que demasiado rápidamente consigue una vacuna y ahí ya Occidente arruga la nariz.

Lo mismo que ocurre con la Sputnik o vacuna rusa, que nos suena a remedio cosaco y por tanto revela nuestra absoluta debilidad frente a lo que venga de Putin, como se ha comprobado ya en distintas ocasiones. Pero ni la vacuna china ni la rusa –no sabemos por qué– nos despiertan la clase de desconfianza que genera una empresa destinada a hacer de la salud de los demás un negocio suculento. Y aquí, las primeras en llegar fueron la de Oxford o Astra-Zeneca (y la palabra Oxford llevaba incorporada cierto caché) y la Pfizer, que es el exitoso laboratorio de la viagra, lo cual, según me dice un amigo aficionado a tal filtro amoroso, es una garantía. Pero así como ésta no parece que presente problemas, no se puede decir lo mismo de la oxoniense, lo que ha hecho saltar todas las alarmas.

Sin embargo, un comité de médicos españoles insiste al gobierno para que autorice la Astra-Zeneca para la población de entre 55 y 65 años. Y mientras insisten aparecen otros gobiernos –el danés, el austríaco, el islandés y el noruego, eso de momento– que paralizan su difusión en nuestros organismos debido a preocupantes reacciones adversas al cabo de un tiempo de ser inoculada. No se trata de fiebre o malestares varios sino que se habla de trombos, ictus y otras minucias sin importancia, ¿verdad?. ¿Qué podemos pensar? Lo primero es que los miembros de ese comité de médicos ha sido vacunado con Pfizer, como está ocurriendo con todos los sanitarios de nuestro país y esto no es una crítica por haberla recibida sino por argumentar desde el ‘ande yo caliente’. Lo segundo es que a lo que suena su exigencia en este momento, es a lo que sonaban las ditirámbicas decisiones de aquel fantasmagórico comité de expertos que respaldaba las improvisaciones del gobierno y de su druida Simónix. ¿Cuántos de ellos, ya vacunados con la que vacunaron a Biden, se vacunarían ahora con la oxoniense?

Hay un sistema que no suele fallar: preguntarse qué hace Israel. Digo Israel porque es uno de los pocos estados que, ante todo, miran por sus ciudadanos. No hay tantas. Pero ellos sí lo hacen. Compraron más dosis de Pfizer que ninguna otra nación y pagando más, se dijo, si hizo falta. Se han vacunado la inmensa mayoría. Y no se sabe de consecuencias negativas, lo que no quiere decir que no las haya habido. Pero menos, eso seguro. El panorama es el que es y ya no sé si lo aconsejable sería convertirse al judaísmo y pedir la nacionalidad israelí. Porque a este paso quizá acabemos –es una metáfora– como esa anciana a la que desahuciaron equivocadamente hace unas semanas y al llegar a su casa se encontró el vacío total. No pidió por sus muebles o ropa o vajilla o televisión, no. Pidió por el manuscrito de sus memorias, que había ido escribiendo en las tardes de soledad y también se las habían llevado en el desahucio. Le desahuciaron la memoria; no hubo ni un ápice de misericordia. Uno, disculpen, escribe artículos como éste para no perder del todo de vista lo que era el mundo de anteayer, que es donde nacimos la mayoría de los que aún leemos.

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