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Daniel Capó

Las cuentas de la vida | Sueños rotos

Nuestra época se define por los sueños rotos

Sueños rotos

Lo que mejor define nuestra época quizás sean los sueños rotos. El baby boom que sucedió a la posguerra, unido a varias décadas de paz y a la reindustrialización, trajo un crecimiento económico sin precedentes en la vieja Europa. El tono optimista de aquellos años conjugaba con la expansión de la democracia, el bienestar y las libertades. La Guerra Fría era un recordatorio del mal que se ocultaba detrás del Telón de Acero, pero introducía un plus de responsabilidad en las políticas públicas. El poder negociador de los sindicatos moderaba los instintos depredadores del capital y facilitaba un reparto más equitativo de los beneficios empresariales. A principios de los noventa, esta dinámica empezó a torcerse. Se diría que este vuelco coincidió con la caída del comunismo por pura casualidad y es posible que haya sido así. En todo caso, se juntaron toda una serie de circunstancias adversas. En primer lugar, el envejecimiento demográfico –fruto del descenso de la fertilidad en todo Occidente– introdujo un cambio sutil en las preferencias del electorado, favoreciendo un enfoque más a corto plazo. En segundo lugar, la entrada de China en el mercado global no sólo provocó un desguace industrial en el primer mundo –que trasladaba sus fábricas al Lejano Oriente–, sino que además tuvo un efecto deflacionario brutal sobre los salarios de los trabajadores. En tercer lugar, las promesas de los gobiernos ya no podían sostenerse con el crecimiento productivo de las naciones y empezaron a necesitar de un endeudamiento cada vez mayor. El ahorro como virtud pública dio paso a una cultura que se sostenía con el acceso rápido al crédito. Finalmente, un nuevo salto tecnológico convirtió en obsoletos determinados modelos empresariales para favorecer a las grandes corporaciones y a las empresas disruptivas por encima de las demás. No puede ser casual que, en los últimos treinta años, las ganancias productivas de los países del Club Med –España, Italia, Grecia– hayan sido negativas, mientras que en los países tecnológicamente más potentes –de los Estados Unidos a Alemania– este proceso haya sido el inverso. Sin un incremento sostenido y potente de la productividad tampoco hay crecimiento económico real. La decadencia es la consecuencia natural.

Los sueños rotos son el resultado de una decadencia prolongada. Sin aumento de la productividad, los ingresos públicos caen, los salarios se precarizan, el empleo se hunde, el malestar social se extiende a todos los niveles. Los sueños rotos consisten en adquirir conciencia de que, en efecto, los hijos viven ya peor que los padres y los nietos que los abuelos, y que la respuesta de las autoridades consiste en dar palos de ciego. Los sueños rotos son una cultura que va mutando hacia el victimismo y, por tanto, hacia una cronificación del malestar. Los sueños rotos son las empresas a precio de saldo, para que llegue un fondo de inversión y prosiga con la descapitalización del país. Los sueños rotos son lo que ya vivimos.

Entre las respuestas populistas, que se sitúan en los extremos, y el cosmopolitismo globalista, que tan a menudo da la espalda a los problemas reales de los ciudadanos, tiene que haber un camino intermedio que tienda puentes y ofrezca soluciones efectivas –no meramente estéticas– a nuestras circunstancias, una estrategia efectiva que se inspire en las mejores políticas de nuestro entorno. Y no al contrario.

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