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Jose Jaume

desde el siglo xx

José Jaume

Felipe VI, «el triste» por la gracia de Juan Carlos I

La Historia contará cuando corresponda, que está por saberse en qué momento sucederá, que la Corona de España se tambaleó y quién sabe si se despeñará, por las trapacerías de su restaurador

Felipe VI, «el triste» por la gracia de Juan Carlos I.

Felipe VI, «el triste» por la gracia de Juan Carlos I.

No son pocos los reyes de las Españas que se han incorporado a la Historia con sobrenombres que definen su trayectoria. No hay que remontarse a la Edad Media, donde Fernando III el Santo o Alfonso X el Sabio son los más conocidos en la Corona de Castilla. En el Reino de Aragón tenemos a Pedro III el Grande o Pedro IV el Ceremonioso. La lista es larga: Carlos II el Hechizado, último monarca de la Casa de Austria, devastado por la endogamia, que al morir sin descendencia (era incapaz de procrear por sus múltiples taras), precipitó la Guerra de Sucesión y el inicio de los mitos, que son eso, mitos, del independentismo catalán y asociados. Fernando VII ha adquirido dos sobrenombres, primero el Deseado, después, por sobrados motivos, el Felón: traicionó la Constitución de 1812 reinstaurando el absolutismo. Antes le había hecho la cama a su padre, el incompetente Carlos IV. Otro fue José I Bonaparte, llamado despectivamente Pepe Botella, seguramente, de haberle dejado, junto a Amadeo I de Saboya, uno de los mejores monarcas de la serie. La disgresión por la historia de las monarquías hispanas viene a cuento porque el actual Rey Felipe VI se bandea con casi asignado remoquete, alberga elevado porcentaje de quedarse con el de el Triste, estampillado por su padre Juan Carlos I, que ha demolido a conciencia tanto el prestigio de la Corona, que le importa un bledo a la mayoría de españoles, como ha puesto en serios aprietos la sucesión en la persona de Leonor, hija mayor de Felipe y de Letizia Ortiz Rocasolano, despreciada por la carcundia monárquica, que en su insondable ignorancia todavía no ha colegido que es la que está dándole oportunidad de subsistir a la Casa de Borbón en la jefatura del Estado. Ayudada insólitamente por ridículas, barriobajeras estridencias de Pablo Iglesias y conmilitones de Podemos.

Felipe VI carece de empatía. No dispone de los dones naturales en posesión de su padre, que tanto le ayudaron en los primeros tiempos de su reinado, los que ha dilapidado tan insensatamente que existe el riesgo cierto de que en cualquier momento veamos zozobrar a la institución. El actual jefe del Estado es figura inane. No la camufla, antes al contrario, la fragiliza, la cerrada e impostada defensa que de la Monarquía hacen las derechas. Lo de PP, Vox y los restos insepultos de Ciudadanos operan en su contra de parecida manera a cómo trabajan para vedar la llegada de la Tercera República los aspavientos de Podemos, secundado por avinagrados nacionalistas e independentistas. El Rey, del que se asegura que cumple «impecablemente» sus funciones constitucionales, carece de lo esencial, lo que, reiterémoslo, sí tuvo Juan Carlos: conexión con los españoles. No la posee. No está en su naturaleza. Además, no puede desligarse del padre como pretenden los simples que le rodean en el palacio de La Zarzuela y en buena parte de la clase política: es el Rey porque es hijo de su padre, del Rey Juan Carlos. La Corona es hereditaria; no hay, al contrario que en una república, corte posible entre el que estuvo y el que está o en la que, si el destino lo permite, estará. De ahí el semblante triste, cariacontecido, de Felipe, consciente de que los recios tiempos que atravesamos no son propicios.

Por si no bastara, en palacio se cometen errores de bulto: ¿De quién ha sido la peregrina decisión de enviar a Leonor a estudiar al extranjero? ¿No se han percatado de lo que muchos padecen en España? Es argumento chapucero lo de que los 70 mil euros correrán a cargo del bolsillo de su padre. El sueldo del Rey sale de las arcas públicas; 70 mil euros es poco más que una pequeña parte del dispendio que supondrán los dos años de Leonor en Gales. Hay que añadir la seguridad, los acompañantes y restantes contigencias. Felipe perdió Cataluña y Vasconia. No es poca cosa.

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