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La democracia es aburrida

Tras la marcha de Trump y la llegada de Biden, Washington vive una verdadera catarsis. Frente a los sobresaltos diarios provocados por un Trump hiperactivo, dispuesto a politizarlo todo y a manifestar su agresivo liderazgo a todas horas, Biden es el hombre tranquilo que no tiene afán de notoriedad, que mantiene a su ego controlado y que ha acuñado una noción cabal de servicio público.

El pasado fin de semana, Biden puso ocho tuits, para agradecer el trabajo de una enfermera, publicar las fotos de su visita a un banco de alimentos en Texas, y compartir la actuación de un coro en la Casa Blanca. The New York Times se ha hecho eco del cambio brusco: “'El demostrable desinterés de Biden por generar titulares atrevidos solo subraya el modo en que el agujero que dejó Trump en Washington ha creado una sensación de tiempo libre en todos los ámbitos de la capital', observaba hace unos días Katie Rogers, corresponsal de la Casa Blanca". Y el periódico añade: “Con la llegada de Biden y su retórica conciliadora, pareciera que la política estadounidense se vuelve casi… aburrida. La falta de una presencia provocadora en Washington deja espacio para el gris asunto de gobernar, debatir, matizar”.

La democracia cabal, tranquila, relajada, pacifica es ciertamente aburrida porque casi todo en ella es previsible. Y los sobresaltos suelen ser accidentes, no logros. Biden ha devuelto la normalidad a la primera potencia, que ha soportado cuatro años de insoportable y abrupta anormalidad.

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