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José Carlos Llop

De Baltasar Porcel revisitado al adiós de Lawrence Ferlinghetti

Recuerdo la noche en que, tras las deliberaciones del jurado, Baltasar Porcel se acercó al Café Salambó a recoger el premio del mismo nombre, por su novela Olympia a mitjanit. En la obtención de ese premio, digamos que tuve algo que ver, ayudado con armas y bagajes por el novelista Emili Teixidor, autor de Pa Negre, y apoyado después, si mal no recuerdo, por la poeta Cristina Peri-Rossi. Esto ocurrió en 2005, con Porcel –que moriría pocos años más tarde– en plenitud de facultades. Sin embargo aquella noche no le vi cómodo; estaba contento por haber ganado el premio, pero no cómodo. Pensé que la relación de un mallorquín con Barcelona, por bien que le hayan ido las cosas en esa ciudad –y a Porcel, gracias a su talento, le fueron estupendamente–, siempre tiene un punto de ajenidad, que lo salva y condena al mismo tiempo. Y que tal vez era esa ajenidad vislumbrada lo que yo estaba tomando, equivocadamente, por incomodidad. Pero también era verdad que nunca en la época que compartimos mesa y mantel con Anik Lapointe, entonces nuestra editora común, y charlas telefónicas y siempre buenos encuentros, nunca le había visto así y sabía, además, que Porcel tenía energía, memoria y sorna para torear cualquier situación de este tipo o de cualquier otro. No le di más vueltas hasta esta semana, que ha llegado a casa un ejemplar de El joven Porcel, libro de Sergio Vila-Sanjuán sobre su ‘ascensión literaria en la Barcelona de los años sesenta’. O sea, la época del asentamiento y triunfo de Baltasar Porcel en la ciudad y en la literatura, el periodismo político y la cultura catalanas.

Cuando un escritor muere y una vez pasadas las ceremonias de despedida, cae en un limbo de silencio que dura varios años, normalmente muchos. A veces sus mismos contemporáneos no lo ven salir de él y son generaciones posteriores los que lo rescatan, si se da el caso. Baltasar Porcel, además de por sus novelas, fue un escritor que estaba presente día tras día a través de sus columnas en La Vanguardia, como lo estuvo antes en sus reportajes de Destino. La presencia de Baltasar Porcel era una constante aquí y allá y nadie ha dicho nunca que eso sea fácil. Esa presencia se convirtió, después de su muerte, en memoria. Una memoria que tuvo sus destellos en la exposición de La Caixa ‘Baltasar Porcel: Mallorca, Barcelona, el món’ y tiene ahora un cuaderno de bitácora de su vida barcelonesa durante la década de los sesenta en el libro de Vila-Sanjuán. Pero que está arraigada en la memoria atávica de la isla. Con el libro de Vila-Sanjuán descubriremos al Porcel de cuando éramos niños y adolescentes y lo leíamos en Destino como colaborador –después dirigiría la revista– y tras deslumbrarnos su Solnegre; el Porcel que se convierte en personaje de una manera natural y nunca impostada; el Porcel cuya vida entre novelas acaba siendo también una novela. Como si saliera de la pluma de Balzac o de Stendhal, el personaje que fue Porcel, y la pasión literaria que alimentó su propia vida. Sergio Vila-Sanjuán ha hecho de minucioso detective de un importante fragmento de la forja de ese personaje y nos lo entrega en El joven Porcel –editorial Destino– para que vivamos a través de su quest los años que nos faltaban en la formación y primera madurez de un gran escritor: el mejor novelista mallorquín después de Llorenç Villalonga. Y una pregunta: ¿se lee en nuestro bachillerato Les pomes d’or (tan adecuada) o cualquier otra novela del escritor andritxol?

En todo movimiento artístico hay dos polos o figuras mayores a uno y otro lado del tapiz y los demás se mueven entre ambos. En la poesía de la Beat Generation, hay un grande admitido por todos que es Allen Ginsberg. Su poema Aullido es uno de los mejores poemas-catarata del siglo XX y sus primeros versos ‘Yo he visto a las mejores mentes/ de mi generación, destruidas’, fueron de los más recitados en las barras de bar de finales de los 70 y entre algunos yonquis de los 80 (hablo, ahora, de España). El otro grande –aunque los hay dubitativos al respecto (o los hubo, la Beat Generation ya no es ni motivo de tesis universitarias)– es Lawrence Ferlinghetti, que acaba de morir a los 102 años de edad. Él fue el editor de ese poema de Ginsberg y fundó la famosa librería ‘City Lights’ en San Francisco. Por la edición de Howl fue llevado a juicio acusado de obscenidad y absuelto luego. Por su librería –cuyo modelo era la parisina ‘Shakespeare & Company’ y que fue también editorial independiente– fue venerado por poetas y novelistas de su país. Cuidó de ella hasta que la vendió, e incluso después. Ginsberg venía de Whitman y en cierto modo de Tristan Tzara y de los surrealistas franceses; Ferlinguetti procedía de los románticos ingleses y del precedente de los surrealistas, es decir, de Apollinaire, además de haber leído bien tanto a Ezra Pound como a Paul Valéry. Su poesía fue más culta, o más cultista, como quieran, que la de sus amigos. Era un gran poeta y un librero feliz; sospecho que esa combinación hizo que la vida fuera tan generosa con él, bastante más que con sus compañeros de generación y más también que esos compañeros con él cuando pasaron los años, en los que Ferlinguetti pareció pasar a una segunda fila. Pero los ha sobrevivido a todos y en su rostro se reflejaba la alegría. Siempre he de recordar el día que aprendí su nombre para siempre. Fue en 1974 –yo tenía 18 años– al leer un poema suyo que me deslumbró, traducido por Agustí Bartra en su Antología de la poesía norteamericana. Años atrás repetí mucho esos versos y creo que los incluí en una de mis novelas, ya no recuerdo si El mensajero de Argel o Reyes de Alejandría. Dicen así: ‘Es terrible/ un caballo en la noche/ parado y solo/ en la calle tranquila/ relinchando/ como si un triste desnudo a horcajadas en él/ le apretara con piernas calientes/ y cantara/ una dulce y alta y hambrienta/ sílaba única.’ Nunca he olvidado estos versos.

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