El efecto Matilda es un prejuicio en contra de reconocer los logros de las mujeres científicas cuyo trabajo a menudo se atribuye a sus colegas masculinos. Lleva el nombre de la primera activista y sufragista en denunciarlo, Matilda Joslyn Gage. El término acuñado por Margaret W. Rossiter, hace más de 30 años, está de actualidad gracias a una campaña de los creativos Gettingbetter, una agencia alicantina. Les pareció una buena idea –despertar conciencias y luchar contra los estereotipos de género-, y se pusieron a trabajar. Búsquenla y véanla porque el ejercicio creativo empieza imaginando «qué hubiera pasado con Einstein si hubiera nacido mujer...» La idea la compartieron con AMIT, la Asociación de mujeres investigadoras y tecnólogas y a partir de ahí, el proyecto ha ido creciendo, sumando apoyos y llegando cada vez a más gente. El tono amable, constructivo y divulgativo ha contribuido a su éxito. La campaña #NoMoreMatildas se hizo viral hace un par de semanas coincidiendo con el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la ciencia.

La Asamblea General de Naciones Unidas proclamó en 2015 el 11 de febrero Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, invitando a que se organizaran actividades de educación y sensibilización que ayudaran a lograr una mayor participación y progreso de las mujeres y las niñas en la ciencia. Desde entonces, lo que partió siendo una iniciativa de la plataforma 11deFebrero.org, se ha ido extendiendo por diferentes organismos e instituciones dando a conocer el talento de nuestras investigadoras y contribuyendo a despertar de vocaciones científicas. Con este motivo se presentó el Estudio sobre la situación de las jóvenes investigadoras en España, elaborado por el Ministerio de Ciencia e Innovación, a petición de la Unidad Mujer y Ciencia para conocer la situación de las jóvenes investigadoras y analizar las brechas de género y las desigualdades que persisten en la carrera investigadora. En la encuesta participaron 5.606 personas, 3.415 (61%) mujeres y 2.191 (39%) hombres, menores de 40 años. Las brechas de género en ciencia se deben a múltiples razones, a los aspectos estructurales en la configuración de los contratos de investigación, a la precariedad laboral, a problemas de conciliación entre la vida personal y laboral, a ciertas dinámicas formales e informales en los centros de investigación, departamentos o equipos de investigación influenciados por estereotipos y sesgos de género, y también a la existencia de algunos ambientes sexistas… Del estudio, me gustaría extraer algunas reflexiones que constatan la pervivencia del «efecto Matilda».

El talento no tiene sexo, pero los estereotipos de género influyen en la elección de los estudios de las niñas y jóvenes. Resuena demasiado el eco de «La ciencia es cosa de hombres», y tal vez por eso encontramos áreas de conocimientos en las que las investigadoras menores de 35 años representan un porcentaje muy reducido; es el caso de ingeniería y tecnología (6%) y ciencias de la agricultura y veterinaria (1%).

España necesita atraer talento joven y femenino porque la excelencia se alcanza con la diversidad. Dice Nerea Luis, Doctora en Inteligencia Artificial (IA): «cuando la tecnología cuenta con el talento femenino, el impacto en la población es mayor y mejor». La ciencia que cuenta con el talento de las mujeres da lugar a nuevas ideas, y su impacto es más igualitario y justo en la población. Pero también necesitamos retener el talento de las mujeres jóvenes porque, aunque se incorporan cada vez más a la ciencia, ellas abandonan en una proporción mucho mayor que ellos, especialmente en las áreas STEM; muchas dicen no compartir la misma percepción de la meritocracia que sus compañeros, y se quejan, por ejemplo, de ser relegadas a tareas administrativas en mayor medida que ellos.

Los sesgos de género existen en el ámbito de la investigación. Las investigadoras tienen peores contratos que sus colegas masculinos, publican menos, y lideran menos proyectos. Un dato es que la visibilidad de las investigadoras en la era covid ha disminuido. Son varios los estudios que demuestran que las académicas e investigadoras han reducido su producción científica durante la pandemia y que han tenido menor visibilidad en los medios de comunicación como divulgadoras científicas. Un artículo de Carmen Fenoll, presidenta de AMIT, del pasado mes de abril analizaba varios diarios (El País, La Vanguardia, el diario.es y ABC) en los que «sólo el 27% de las fuentes consultadas en artículos relacionados con la pandemia eran mujeres frente al 73% de varones». La semana pasada el diario francés Libération titulaba «más del 70% de los científicos consultados en la prensa escrita son hombres». Parece que la falta de visibilidad no conoce fronteras.

La inestabilidad laboral que tiene una mayor incidencia en las mujeres, la dedicación excesiva de horas de trabajo, los criterios de evaluación de Hombres y Mujeres que penalizan a las personas que han dedicado tiempo al cuidado -función que ejercen mayoritariamente las mujeres- se presentan como algunos de los factores que lastran la carrera investigadora. La maternidad y la conciliación influyen en la retención de talento y son las mayores dificultades de las mujeres en el mundo académico e investigador.

El estudio recomienda romper estereotipos y fomentar la elección no sesgada de los estudios de las niñas. Se deberían fijar criterios de evaluación libres de sesgos y más inclusivos y garantizar un entorno de trabajo igualitario. Hay dos aspectos que considero prioritarios: el primero es que no puede haber eventos, congresos o paneles sin una representación equilibrada de hombres y mujeres, y el otro es que los organismos e instituciones públicas dedicadas a la investigación deben fomentar la promoción de las mujeres en la investigación facilitándoles mecanismos de liderazgo. Pueden darse variadas y sutiles formas de invisibilidad. El estudio que menciono apunta que las científicas, una vez dentro de la carrera investigadora, son menos valoradas que sus compañeros, se les ofrecen menos oportunidades, obtienen menos proyectos con dinero público para investigación y son seleccionadas en menor medida que los hombres. Tenemos la obligación de desterrar el efecto Matilda porque es mucho lo que perdemos. No más Matildas porque no podemos permitirnos prescindir del talento de las mujeres.