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Derechos selectivos

De nuevo, la calle encendida. Y uno murmura hacia dentro «otra vez», como si un contenedor en llamas a la vuelta de la esquina fuera lo más normal del mundo.Lo que faltaba… Pandemia, toque de queda, cansancio acumulado, incertidumbre, abrazos amputados, una crisis económica de órdago y, de nuevo, la ciudad patas arriba, como cuando la sentencia del procès. Estamos dormitando sobre la boca del volcán. Los hilos que sustentan la cotidianidad se han tensado hasta el límite, sobre todo entre los jóvenes, que ven renacer el lema de los años 70, aquel no future de la desesperanza, al mismo tiempo que el reconcomio de la ciudadanía más veterana lleva años fermentando en un cabreo colosal. Pero no es con adoquines y fuego como se salvaguarda una causa legítima e irrenunciable. ¿Defender mi libertad de expresión arremetiendo contra la tuya? Así, no.

Vayamos por partes. La canción protesta es más vieja que el andar a pie, precisamente lo que hacían juglares y trovadores en la edad media, llevando de aldea en aldea sus coplas, sus sátiras para derribar lo caduco, su denuncia en verso de los atropellos cometidos por el clero y los señores feudales contra los humildes. Joan Baez y Jimmy Cliff alzaron su voz contra el sinsentido de Vietnam. La Nova Cançó dejó himnos que aún nos envuelven la piel. Y grupos punk de los 70 y 80, como Kortatu, La Polla Records o Eskorbuto, hicieron de sus letras una válvula de escape frente a las componendas de la transición y la escabechina de la reconversión industrial. «Hay que machacar al clero / matar a la policía / Toda esa puta gente/ no son más que porquería», cantaba el grupo Cicatriz, y caldera soltaba vaharadas de vapor. La música siempre ha sido una herramienta muy efectiva de oposición política.

En cuanto al rap, puestos a escucharlo, prefiero de lejos a la Mala Rodríguez, por la calidad musical y las letras, dónde va a parar. La matraca de Pablo Hasél propicia la jaqueca por el chumba chumba sin melodía y unos versos de redacción colegial, donde Corinna rima con guillotina… ¿Pero injurias a la Corona? ¿Hasta cuándo el anacronismo? Otro asunto son las alusiones al piolet, el tiro en la nuca y la bomba lapa; ¿tienen gracia después de los años de plomo? Si ha incurrido en un delito de incitación al odio, que lo empuren con multas e inhabilitaciones, y, ojo, que su expediente incluye una agresión y amenazas. La prisión, a todas luces excesiva, es lo que iba buscando el rapero de Lleida en su reincidencia. Notoriedad, llamar la atención. Se le ve el cartón. Hace tres años se lo confesaba a Nando Cruz en este diario: «Acabando en la cárcel me siento más libre que nunca porque me enfrento a mis miedos y siento mucho orgullo».

Es de esperar que se acelere la reforma en el Código Penal de los delitos que limitan el derecho a la libertad de expresión. El Gobierno solo se han puesto las pilas cuando el ingreso en prisión del rapero era inminente, al corre-que-te-pillo, en la inveterada costumbre aquí de permitir que los problemas se enquisten y pudran.

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