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La tercera guerra mundial comienza en Australia

La polémica decisión de Facebook de bloquear las noticias de los medios australianos por una ley del Gobierno que le obliga a pagar a los editores

La tercera guerra mundial está a la vuelta de la esquina, pero no suenan tambores de campaña bélica ni se despliegan carros de combate ni misiles de largo alcance, aunque las consecuencias del conflicto avanzan hacia un escenario intercontinental. Se trata de una conflagración que emplea buscadores y algoritmos, que se sirve del armamento pesado de los datos y las informaciones periodísticas que circulan por las redes sociales y que amenaza con alterar algunas de las reglas esenciales de la democracia, como es la pervivencia de medios de comunicación libres e independientes.

La primera escaramuza se ha desatado en el hemisferio austral: Facebook declara la guerra a Australia por el anuncio del Gobierno de ese país de un proyecto de ley que obligará a las grandes empresas tecnológicas a pagar a los editores de prensa por la distribución de sus noticias, por las que hasta ahora no reciben remuneración. La medida australiana podría tener réplica en otros países, donde crece la preocupación por el dominio implacable del mercado de noticias por parte de compañías como Facebook y Google, en detrimento de los medios tradicionales.

“Esto es Australia. Si quieres hacer negocios aquí, lo haces conforme a nuestras leyes”, alzó la voz días atrás el premier australiano, Scott Morrison. La respuesta de Zuckerberg fue contundente y para algunos desmedida: apagón informativo en su plataforma en ese país, donde ahora mismo no se puede ni ver ni compartir noticias de los medios australianos. El bloqueo de los contenidos de los medios locales, vetando sus informaciones a millones de usuarios. Ambos bandos en contienda han pasado de las amenazas a los hechos.

Los gobiernos son conscientes de que las poderosas “big tech” de alcance planetario se aprovechan de los creadores de contenidos para agrandar a su costa su elevada cuenta de resultados. Sin aportar remuneración, se quedan con el trozo más generoso de la tarta publicitaria. Incluso consideran un gesto de suprema generosidad el mísero reparto de las migajas. Resulta por tanto muy razonable que se les obligue a pasar por caja por enlazar a sus plataformas noticias de otros. La tela de araña de la legalidad en este ámbito de la propiedad intelectual, que apenas atrapa pequeños insectos, no da para enredar piezas de mayor caza, y mucho menos aún para soportar el envite del tiranosaurio. Y aun así, que estas grandes firmas se salten las legislaciones nacionales no puede salirles gratis.

Google ya ha visto las orejas al lobo y ha llegado a un acuerdo de tres años con uno de los gigantes de la comunicación, News Corp, el imperio de la comunicación levantado por el australiano Rupert Murdoch, propietario de cabeceras tan relevantes con “The Wall Street Journal”, en Estados Unidos; “The Times” o “The Sun”, en Gran Bretaña, o “Sky News” en Australia. En Francia, el buscador planetario ha negociado una partida de 63 millones de euros que se repartirán 121 editores de prensa. Pero ni por asomo están aún dispuestos a aceptar la universalidad de la medida, a negociar un precio por los contenidos de otros de los que se sirven de forma gratuita.

Una controvertida nueva regulación de la Unión Europea sobre derechos de autor dice que los motores de búsqueda y los “agregadores de noticias” deberían pagar a los medios de comunicación por los enlaces. Hoy por hoy, tanto Google como Facebook parecen más proclives al divide y vencerás, una táctica de siglos que ya figuraba en “El arte de la guerra”, de Sun Tzu.

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