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Miguel Vicents

Pablo Hasél no vale un ‘Ojalá’

Aterrizo sobre las canciones y mensajes de Twitter que han llevado a Pablo Hasél a la cárcel, como el robot explorador Perseverance se posó la noche del jueves sobre la superficie marciana, y no encuentro rastro de vida inteligente en sus palabras ni voluntad artística alguna. Solo insultos y amenazas vacías, primarias y tan evidentes como pedradas. No hay en esas letras ni un atisbo de ingenio, ni una imagen que conmueva, ni una metáfora poderosa. Buscaba, ahora veo que equivocado, un nuevo Ojalá, un Al Alba o unas renovadas Palabras para Julia que me permitieran descubrir la energía transformadora y el talento del rapero, cuya condena tanta indignación ha levantado. Pero no encontré a Silvio Rodríguez, ni a Luis Eduardo Aute, ni a Paco Ibáñez cantando de nuevo los versos de José Agustín Goytisolo. Solo los textos pueriles de un crío malcriado y enrabietado con el mundo, los exabruptos de una víctima de su propio odio al que un regreso a la escuela a tiempo le sería más provechoso que la cárcel.

Con la tradición del insulto ilustrado que dejaron para la posteridad los autores del Siglo de Oro y las poderosas imágenes que los cantautores de los últimos años del franquismo convirtieron en la energía transformadora del cambio, si hay que entrar en presidio por las propias ideas, al menos que éstas valgan la pena, que estén a la altura, que tengan un valor por sí mismas. Pero no hay nada de eso en el mundo de Pablo Hasél. Solo odio. El mismo sentimiento que envenena el discurso político, que ahoga el entendimiento, que vive en los fanáticos que ocupan los extremos del actual arco parlamentario, cuya indigencia intelectual solo les permite transmitir adhesión ciega o desprecio.

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