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Eduardo Jordà

Arte marciano

Esta semana, gracias al robot Perseverance, hemos visto las primeras imágenes de Marte acompañadas de sonido. En mi caso, las imágenes me llegaron a través de Twitter, entre una cuchufleta idiota por parte de un rapero que no está bien de la cabeza y una información electoral tan intrascendente que ya la habremos olvidado dentro de dos días. Pero allí estaban las primeras imágenes de Marte con el sonido «marciano» incorporado, y que curiosamente se parece al sonido de las bandas sonoras de películas de marcianos que veíamos cuando éramos niños. Y sí, por vez primera podíamos oír el viento, el viento marciano, que zumbaba de fondo mientras la cámara rotatoria del robot recorría esa llanura pedregosa que a mí me recordó los paisajes desolados del desierto de Atacama, como los que se veían desde el pequeño cementerio de Camar.

Y sin embargo, esas imágenes que son realmente trascendentales, históricas, únicas, nos han llegado envueltas en la típica nadería habitual de nuestra época. En 1969, cuando los primeros astronautas llegaron a la luna, todos nos preparamos a asistir a un acontecimiento memorable, y nos quedamos despiertos hasta muy tarde para ver en la televisión aquel hecho que todos sabíamos que iba a marcar nuestras vidas. Ahora, en cambio, hemos recibido las primeras imágenes «vivas» de Marte como si fueran un anuncio de refrescos, o peor aún, unas imágenes distópicas sobre el cambio climático producidas con fondos europeos para la resiliencia y la digitalización (sea eso lo que sea). Parece evidente que ya no somos capaces de diferenciar lo importante de lo imbécil, lo trascendental de lo anecdótico. Y por supuesto, puestos a elegir, siempre preferimos quedarnos con lo imbécil, con lo anecdótico.

Veamos un ejemplo. La directora del proyecto de aterrizaje en Marte del robot Perseverance es una ingeniera aeroespacial colombiana que se llama Diana Trujillo. Llevamos años oyendo que las mujeres, por una especie de oscura maldición provocada por el malvado heteropatriarcado capitalista, no pueden estudiar carreras técnicas complejas como las de ingeniería. Pero ahora resulta que una ingeniera aeroespacial colombiana -que encima es inmigrante en Estados Unidos y llegó con 300 dólares en el bolsillo- ha dirigido el proyecto de ingeniería aeroespacial más importante de los últimos tiempos. No sé ustedes, pero aquí parece que hay una contradicción mucho más que llamativa. O las cosas no son como se nos quiere hacer creer que son, o ya nos hemos acostumbrado a aceptar la propaganda y la intoxicación ideológica como la única forma aceptable de enfrentarnos a la realidad. Y aun así, nos negaremos a aceptar la evidencia de esa ingeniera aeroespacial y seguiremos atrapados en nuestros reconfortantes prejuicios que nos explican la realidad tal como nos gustaría que fuera y no como tiene la maldita costumbre de ser.

Estos días lo hemos visto también con la condena del rapero Pablo Hasél ¡por unos tuits inocuos contra la monarquía! Poca gente se ha parado a pensar que las condenas eran por apología del terrorismo y por acumulación de penas y por reincidencia, además de que las condenas acumuladas incluían delitos de agresión y amenazas contra un periodista y un testigo en un juicio. Y de la misma manera, nadie se ha parado a investigar que ese simpático rapero, que dice hablar en nombre de la clase obrera, es hijo de un constructor de Lleida que llegó a dirigir el equipo de fútbol de la ciudad. Conociendo las cosas que ocurren en los despachos de los directivos de fútbol -y más aún si son constructores-, comprendo que el sensible y perspicaz Hasél haya llegado a desarrollar una aguda intolerancia al capitalismo, de forma muy parecida a como ciertos niños desarrollan una grave intolerancia a la lactosa. Vale, sí, pero de ahí a pedir que les vuelen la cabeza a determinados políticos del PP o del PSOE, o que les claven un piolet en la cocorota a los guardias civiles, o les hagan picadillo, quizá habría que pensar que nuestras palabras tienen consecuencias cuando se refieren a personas concretas que pueden sentirse intimidadas o agredidas. Pero nada de eso importa, porque todos seguimos empeñados en que el pobre Hasél, el hipersensible y bondadoso y solidario Hasél, es un mártir de la libertad de expresión condenado por dos tuits inocentes contra la Monarquía borbónica. Y mientras tanto, el robot Perseverance nos sigue enviando imágenes de Marte. Y nosotros, aquí abajo, las seguimos mirando como si fueran un anuncio cualquiera intercalado en la programación de un aburrido sábado por la tarde.

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