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La sostenibilidad necesaria

El 8 de febrero se electrocutaron 26 trabajadores, la mayoría, de un taller clandestino en Tánger, Marruecos. Más allá de los motivos relacionados o no con inundaciones provocadas por la lluvia, lo trascendental es que la empresa era ilegal (y no única). La tragedia me recordó a aquella otra del derrumbe del Rana Plaza, en Bangladesh, en 2013. Es cierto que en esa fábrica textil murieron más de mil personas. Pero los números no minorizan un accidente frente al otro. Son las cifras de la misma codicia, del mismo egoísmo, de la misma ilegalidad, del mismo dolor y de la misma indignidad. Son la ausencia de derechos humanos matematizada. Y es lo que teóricamente todos rechazamos. Al menos, en la teoría, esa que recuerda que en las sombras de las cantidades se esconden las personas y que en el aprovechamiento de esos seres aparecen inevitablemente las mujeres, feminizando la pobreza.

Fue leer la noticia y recordar que a principios de este año que todavía tiene la mayoría de sus días para demostrar benevolencia, desde Slow Fashion Next me pidieron mis predicciones de moda para 2021, pero no con una bola de cristal cualquiera, sino con la lente de la sostenibilidad, como corresponde a los objetivos de esta organización. Como me apasiona el tema. Como creo en la sostenibilidad como motor de transformación social y empresarial. Como estoy convencida de que cada vez va a ser un factor nodal en las decisiones de las compañías y un tema fundamental para los órganos de decisión de cualquier empresa..., me puse a ello.

Entre mis previsiones le dediqué un párrafo al consumo responsable, cercano y diverso. En general, pregono la necesidad de responsabilidad individual. En particular, en cuestión de moda, esta es una verdad que afecta a todos, a la producción, hoy sobreproducción, y al consumo, hoy y aún sobreconsumo. Y estoy persuadida de que cada vez somos más conscientes de que pagar diez euros por cinco camisetas (un suponer y sin demonizar nada ni a nadie) no solo no es sostenible, sino que suele contener trampa en alguna de las etapas de la cadena de producción, distribución o comercialización. Es una realidad transmitida a voces y reconocida nacional e internacionalmente. En mis predicciones aseguraba que ese consumo responsable está generando entre otras cosas un mayor y mejor conocimiento de marcas y diseñadores locales, lo que de alguna manera favorece el negocio de pequeñas enseñas y producciones. Ello sin dañar la convivencia con esas otras grandes marcas con las que nuestro país puede y debe sacar pecho y que, dicho sea de paso, llevan años trabajando su contribución a la sostenibilidad y a la información sobre el tema a los consumidores.

Curiosamente, unos días antes del accidente, en la novena edición de Barcelona Fashion Summit, Sara Díez, vicepresidente de la categoría mujer de Zalando, compartió unos datos que inducen a la reflexión sobre el camino que ha de tomar la moda. Porque según explicó, un 25% de los usuarios de Zalando afirma que antes de hacer una compra se plantea aspectos relacionados con la sostenibilidad. Y es una tendencia, no lo dice ella, lo digo yo, que solo puede ir en alza, entre otras cosas porque las empresas en general están acelerando su apuesta por una producción más sostenible, como una manera de sobrevivir, pero también en línea con el abandono del modelo que nos ha conducido hasta el momento actual, que es básicamente el de extraer, fabricar, usar y tirar, un modelo que atañe al comienzo y al final de la cadena, a la producción y al consumo. Un modelo que ha de ser modificado, sí o sí, entre otros motivos como consecuencia de la directiva europea de 2018, dispuesta a acabar con los residuos textiles, una directiva en la que la Unión Europea eligió la senda de la circularidad, pero dejando claro que si hay un responsable de los residuos textiles es precisamente la producción. Según la normativa, 2021 es el año en el que ya estará prohibida la incineración del producto textil invendido, considerándose responsabilidad financiera y organizativa de las empresas implicadas. Así que en un futuro no muy lejano, veremos contenedores específicos para la ropa, una recogida selectiva que será obligatoria antes de que acabe 2024.

Como todo en la vida, puede asumirse como una obligación problemática o como una obligación oportuna. Y, en efecto, es una oportunidad de cambio hacia un modelo sostenible y un camino hacia la circularidad. Y todo es posible. Quién iba a decirnos que volveríamos al carro de la compra como antídoto contra tanto plástico o que compraríamos abrigos realizados con botellas de plástico.

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