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José Carlos Llop

La verdad enmascarada

Ya cayó ante un vendaval, empujada por la rama de un ficus, mientras corrientes subacuáticas intentaban trasladarla hasta la calle Antoni Maura, puerta de la ciudad. Me refiero a su estatua y en la caída, la alegoría de La Verdad, dio de bruces en tierra y rompióse los dedos de una mano. Desnuda como está, suerte tuvo de no hacerse más daño.

Había entonces cierta excitación por el cambio de emplazamiento del prócer y un concejal del PP se paseó entusiasta por el ayuntamiento anunciando el desembarco de Aznar para concelebrar la ceremonia. Cuando éste intervino en la delegación mallorquina de su partido, otro político del mismo lo mandó a pescar calamares a Mururoa, entonces campo de pruebas atómicas. Años después, el joven militante manifestaba su felicidad recibiendo su holograma con los brazos abiertos. Luego, todo fue puro wishful thinking y no hubo nada: como con los calamares radioactivos, tampoco hubo desembarco de Aznar en Palma. Ni siquiera traslado de Maura hubo. Se recompuso el conjunto escultórico y se talaron las grandes ramas del ficus que quedó desmochado para evitar peligros, como si los peligros reales pudieran evitarse en la vida. Ahí paró la cosa y nuestro hombre sabio, el más europeo de todos nosotros –me refiero a Ramon Llull– permaneció en soledad para recibir a los foráneos, sin más compañía política que la cercanía del Consolat de Mar y un hondero por si acaso vienen mal dadas, como supieron Aníbal primero y Roma después.

Pero las cosas nunca quedan ahí porque pasan al inconsciente colectivo y en ese arcón descansan hasta que salen de nuevo a flote. Como los venenos que el emperador Claudio avisó de que reposan en el fango y de vez en cuando afloran para dejarnos maltrechos largo tiempo. Cuando La Verdad del conjunto maurista se rompió la mano, hubo celéricos primeros auxilios municipales y coléricos enfados en el colectivo restaurador, que acudió a la heredera del gran Mariano Benlliure –autor de la escultura, para quienes lo hayan olvidado– para acusar la herejía y reivindicarse frente a la intrusión. La Verdad como objeto de deseo, algo nunca visto en nuestra sociedad, donde suele esconderse en la mentira o en el silencio. Entonces escribí en estas páginas que su caída era simbólica y el viento un espejo de todos nosotros. La Verdad ya estaba por los suelos antes de caer: su derribada alegoría sólo confirmaba lo que ya sabíamos. Antoni/o Maura –oculto por las hojas del ficus, cagado por palomas y gaviotas, y sólo visitado por los homeless locales– era lo de menos. Lo era al menos, para todos, menos para su familia, que siempre ha velado por su memoria estatuaria. ¿Para todos, dice? No, para los silenciosos no. Para ellos Maura sigue siendo Maura como ha de ser en la Historia hasta que también liquiden la Historia, inventándose otra, que ocurrir va ocurriendo. Para los otros, los que gruñen ante todo lo que no es su igual, sí es lo de menos porque al conservador Maura no se le puede cambiar el sexo ideológico y esto incomoda y hace mirar a otro lado. Pero aquí no hablamos de Maura sino de La Verdad que, desnuda –en fin, sólo cubierta por un sucinto velo– se yergue a sus pies en mármol blanquísimo.

Esta semana el rostro de La Verdad ha aparecido cubierto por una mascarilla a la moda. Digo a la moda por su color, negro, y más que cubierto debería decir pintado, pero lo pintado cubre y ya está. Un alma caritativa ha querido proteger a La Verdad del virus de Wuham pintándole esa mascarilla negra que ahora luce y va a lucir hasta que haya presupuesto municipal para desmaquillarla y asearla. Si tardan, igual otra alma caritativa va y la vacuna con nocturnidad y alevosía, que es nuestra especialidad. Pero qué digo, si estoy hablando de La Verdad. A esta no la vacunará nadie ni con sobrantes y mejor que así sea porque parece que uno de los efectos secundarios de la vacuna en Mallorca es fer embulls y decir mentiras y creer que los demás somos más tontos de lo que somos. O sea que con la mascarilla ya se defenderá ella sola: no más almas caritativas, que La Verdad no peca de soberbia, ni de estúpida miopía.

Pero si nos olvidamos de la pandemia y el bozal que llevamos y vamos de visita a la plaça del Mercat y la miramos de frente con esa venda negra en la boca, no me digan que no parece La Verdad silenciada. Pues también. También son los tiempos.

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