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Ramón Aguiló

Escrito sin red

Ramón Aguiló

Alguien que pasaba por allí

Siempre la claridad viene del cielo, escribió Claudio Rodríguez. Claridad es sinónimo de luz, precisión, lucidez, sinceridad. A sensu contrario podríamos decir que sus antónimos son oscuridad y tinieblas. Si recurrimos a los antónimos de los sinónimos encontramos vaguedad, necedad, engaño. Cuando una catástrofe como la que vivimos desde hace un año arrasa con nuestras vidas y con nuestras libertades de una forma que ni podíamos imaginar, lo mínimo que podemos exigir a quienes nos gobiernan es que se atengan, ya que no está en sus manos garantizarnos la vida, al menos a garantizarnos la verdad, la claridad y la precisión en sus mensajes en torno a la pandemia y a las medidas necesarias para afrontarla. Es ya experiencia contrastada que no nos han dicho la verdad en momentos cruciales, cuando arreciaba la pandemia, cuando nos decían por activa y por pasiva que no usáramos las mascarillas, que no servían contra la pandemia, que nos centráramos en la distancia social y en el lavado de manos. Después sin ninguna explicación, cambiaron el discurso y pasaron a recomendar y después a exigir el uso de la mascarilla en lugares públicos. La explicación ofrecida desde otros ámbitos de la falsedad del mensaje gubernamental era la escasez de mascarillas en el mercado, insuficiente para los propios sanitarios que debían atender a los infectados. Es una muestra de la desconfianza del poder hacia la ciudadanía que, sin duda, de un modo u otro se las habría ingeniado para protegerse de los aerosoles, de las diminutas gotitas expelidas por los contagiados que no caían al suelo de forma inmediata como nos decían, sino que se mantenían en el aire contaminando los ambientes. Quién sabe si se podrían haber evitado con la verdad muchas muertes. Si la verdad nos hace libres, la mentira nos hace esclavos; en este caso del gobierno. Nunca puede pretenderse que la consecución del interés general para la ciudadanía pase en primer lugar por engañarla. Este razonamiento sólo es posible desde una concepción del poder que no reconoce en la ciudadanía su procedencia, su origen.

Podríamos extender la reflexión sobre las mascarillas a muchos de los mensajes emitidos desde el poder, desde las vaguedades y las contradicciones de Fernando Simón, a las verborreicas y soporíferas apariciones de Sánchez por televisión derrochando propaganda. También a la subordinación de las estrategias de gobierno contra el virus a los intereses políticos de Sánchez. Éste, resabiado de las críticas en las comparecencias parlamentarias quincenales del estado de alarma en la primera ola, se desentendió de sus responsabilidades como responsable del gobierno de España para traspasarlas a los gobiernos de las autonomías a las primeras de cambio, el pasado verano y ¡declarar un estado de alarma de seis meses! (según el artículo 6º. 2 de la ley no podrá exceder de quince días). Si de algo no se puede dudar es del caos producido. Las medidas han sido distintas en cada territorio, lo que ha provocado vulnerabilidad frente a un enemigo tan poderoso y la dejadez con la que se vivieron las pasadas navidades. La ocurrencia del gobierno para las reuniones familiares de las fiestas fue la invención del término de «allegados» que según los mal pensados de siempre era una treta para reunirse con los/as amantes. De todo ha habido, supongo, pero lo seguro, lo cierto, es que el uso de ese término, más allá de las especulaciones sobre su contribución a la explosión de la tercera ola, lo que representa, en su vaguedad, es todo lo contrario a lo que es exigible al gobierno en esas circunstancias: la precisión en sus medidas.

Los escándalos generados por la vacunación irregular de políticos de todos los partidos, especialmente de PSOE y PP han proliferado precisamente por la falta de precisión de los protocolos, que ha permitido a los infractores la invocación de los pretextos más extravagantes. Así ha ocurrido también con responsables sanitarios, no precisamente los que más en primera línea han tratado a los ingresados en los hospitales, sino cuadros dirigentes que han invocado supuesta cercanía a ellos para proceder a protegerse, vulnerando las prioridades establecidas. Así ha ocurrido con el obispo Taltavull y tantos otros. El pasado miércoles nos enteramos de que tres afiliados al PSOE, Sofía Alonso, directora de Gent Gran del CIM, Carlos Villafáfila, subdirector de Cuidados Asistenciales del IB-Salut y Angélica Miguélez, subdirectora de Atención a la Cronicidad de la residencia del Govern dels Oms, fueron de los primeros vacunados en Mallorca a principios de enero. Como en otras ocasiones, Silvia Cano, la portavoz del PSIB, había declarado que no había altos cargos del PSOE que se hubieran vacunado. Una de dos: o nos mienten y no paran de mentirnos o, simplemente, no controlan la aplicación de los protocolos que ellos mismos han fijado. La cuestión de la posibilidad de extraer seis dosis de cada vial de las vacunas de Pfizer o de Moderna en lugar de sólo cinco, para lo que se necesitan unas jeringas específicas que no tienen en determinadas autonomías, ha introducido nuevas variantes en la confusión de las vacunaciones. Se trata de que si hay descongeladas un número de aplicaciones para las que ha faltado la personación de alguien, y sobra algún vial o alguna dosis, ¿qué se hace con la porción o el vial sobrante? Se le planteó la pregunta a Fernando Simón a principios de están semana. La respuesta fue extraordinaria. «Hay que aprovecharla, que se la pongan a alguien que pase por allí». Es una respuesta que evidencia, en primer lugar, la falta de precisión de los protocolos, una deficiencia en la preparación de los mismos que sólo se puede achacar al gobierno, combinada con la frivolidad del coordinador. No sería grave si no estuviéramos con ratios de más de setecientos muertos diarios y la necesidad imperativa de vacunarnos para salvar la vida. En segundo lugar es una muestra de la improvisación con la que se está afrontando la pandemia y, lo que es más grave, como la aplicación del término «allegados», es una vaguedad de tal calibre que da paso a la arbitrariedad y al abuso de cualquiera con pocos escrúpulos, a tantos como de los que ya hemos tenido noticia. En resumen, ni claridad, ni verdad, ni precisión; sino vaguedad, necedad y engaño. Todo lo que no se puede admitir de un gobierno en tiempos de una devastadora pandemia.

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