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Escribo esto en viernes y se acerca una tormenta de nombre Justine. Podría ser una nota de Robinson Crusoe pero estamos en Mallorca. Aunque nunca habíamos estado tan cerca de la esencia del personaje de Daniel Defoe. Solos en una isla y convertidos por un lenguaje abstruso en burbujas, no convivientes y otras mandangas deformantes y aislacionistas. Lo dicho: Robinson Crusoe y él, al menos, no tenía que aguantar las pobres perversiones lingüísticas, que sólo reflejan el mal estado del alma de quienes las inventan y por lo observado, se contagian a velocidad vertiginosa y con gran entusiasmo.

Ayer jueves un amigo me envió por correo electrónico una escena de una película con el mismo nombre que la tormenta, Justine. En ella aparecen Michael York y la gran Anouk Aimée en una terraza de Alejandría que se asoma al mar. Luz de mediodía solar, cantos árabes al fondo y un maravilloso sombrajo de tela y cañas. Efectivamente: esa película (rodada en 1969) fue la adaptación cinematográfica de la novela homónima de Lawrence Durrell, que es la mejor –y aún se sostiene– del Cuarteto de Alejandría. La novela, digo, porque la película es floja.

En la escena que me envió mi amigo, hay un momento en que la bella Anouk Aimée –siempre un poco, sólo un poco, despeinada por el aire– se acerca al rostro de Michael York y con la punta de la lengua le toca la mejilla. No es roce, es toque. Me dio un calambre, casi como si York hubiera sido yo (toma, Cabrera Infante) y me acordé de los tiempos en que eso podía pasar y pasaba y la pandemia era otra película inimaginable, sólo de ciencia ficción. Vi el mar bajo el sol, percibí su calor y el embat alejandrino y noté la cálida humedad de aquella lengua junto a la comisura de los labios. Anouk Aimée, Alejandría, Durrell, Cavafis, Pursewarden, Nessim... Y luego me acordé que había conocido a otra Justine en Beirut –guapa, sabia y de fina sensibilidad artística– que no se llamaba Justine pero que en los días que estuvimos juntos, la Justine de Durrell revoloteó a nuestro alrededor todo el tiempo.

El mar allí en Beirut tiene una luz distinta, como de plata, y el suelo que pisas es el suelo de la Antigüedad. La vida de la ciudad es eléctrica e intensa, como si tuviera que agotarse. Lo era cuando estuve y el país había salido de una guerra y de otra y otra más y eso también se notaba. Tampoco había pandemia, ni sombra que la anunciara y todo era posible aún. Pero mientras la tormenta Justine va acercándose a nuestra costa –y el domingo, cuando usted me lea, se supone que estará aquí azotándonos–, pienso también en otra Justine. La que escribió el marqués malvado –tan inteligente como malvado– y cuyo título tomó Durrell a conciencia para su novela. Yo haré lo mismo en este artículo y tomaré el subtítulo que el marqués añadió: … «Los infortunios de la virtud». Alejándonos del argumento sadiano, que nada tiene que ver aquí, pensemos este subtítulo: los infortunios de la virtud.

Se supone que en tiempos de ventiscas, pestes y soledad los hay que están más obligados que nunca a dar ejemplo de virtud. Más que otros, quiero decir. No tanto por la virtud, siempre necesaria, sino por el ejemplo. Digo se supone porque vemos que no es así y si lo fuera nadie supondría ni echaría en falta nada. Pero incluso en esto, uno está hecho un lío, como debió de estarlo Robinson Crusoe al volver a la civilización: ¿cómo y dónde se adquiere la virtud necesaria para condenar al no virtuoso? O mejor: ¿es la virtud lo que nos hace señalar al que no la ejerce? ¿Seguro que es la virtud o es su falta, y señalar al otro una forma de evitar el espejo? Una vez hechas estas preguntas, que nada tienen de retóricas, no nos alejemos de la civilización y su decadencia, que es donde estamos y así nos va, y hagamos otra pregunta mirando al otro lado: ¿de dónde sale considerarse más allá del bien y del mal y alejado olímpicamente de toda crítica humana? ¿De dónde la pulsión de engañar cuando a uno le pillan en falta, como si desde el puro egoísmo se estuviera haciendo un favor a los demás? Uno de los hábitos más comunes y extendidos en estos tiempos oscuros es la ausencia de responsabilidad y su consecuencia: la ausencia de culpa. Nadie tiene la culpa de lo que no hace bien: son los otros, siempre son los otros. Nadie pide perdón o disculpas por nada porque hacerlo se considera una excentricidad sin cuento, o una debilidad impresentable. Es más: incluso se construyen vulgares arquitecturas defensivas si se es puesto en solfa: «lo hacen porque atacan a la institución que represento» es la más común. Cuando vienen mal dadas, nunca hablar por uno mismo, sino como representante de un organismo superior, que a su vez es honra y escudo protector. Se hace en partidos políticos, en universidades, en gobiernos, en clubes de fútbol, en asociaciones empresariales y sí, ahí donde no debería hacerse, también. El problema es: ¿de verdad se lo creen? ¿De verdad creen que han sido virtuosos pese a errar y que los que se lo recuerdan sólo tienen malévolas intenciones? ¿Y de verdad creen que representación y realidad se funden en sí mismos?

En fin: que mejor Robinson Crusoe y la Justine de Durrell, que es eterna desde que la conocimos y así ha de ser hasta que ya no conozcamos a nadie y nosotros mismos seamos irreconocibles. Mientras, que la otra, la tempestad Justine, no nos lleve con ella.

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