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Norberto Alcover

En aquel tiempo

Norberto Alcover

La homilía civil de Biden

Mientras Biden nos comunicaba cuanto le parecía esencial al situarse al frente de los Estados Unidos, me parecía estar escuchando a una persona religiosa en un momento de descarada responsabilidad civil. Dejaba de lado cualquier exaltación latina para discurrir por un torrente aquietado de naturaleza anglosajona, y prefería insistir en su actitud de fondo (el universo de sus convicciones más profundas) que, en la proclamación magnífica de concretas promesas electorales, una vez ya en el nuevo rol vital y político. De una forma soterrada, en su discurso, derramaba su condición de creyente católico, pero sin molestar a nadie ni, mucho menos, imponer lo más mínimo a sus inmediatos gobernados. Eso sí, clamó por la unidad de los norteamericanos, por la necesidad de una revolución socio económica, por una defensa casi despiadada de la democracia, y, en fin, por decidirse a estar al servicio de sus compatriotas en los próximos cuatro años. Todo ello con la colaboración cercana de la señora Harris, quien proyectaba sobre el escenario una dimensión complementaria: mujer, negra, militante del antirracismo. No era un guiño a la propia causa, sencillamente el resultado de una convicción meditada durante años, entre otras razones por su propio periplo personal. Las mujeres han sido clave en la vida de Biden, en la muerte y en el amor.

Cuando está de moda, tal vez con la excepción de Macron en algunos de sus discursos y en el talante fraternal de Merkel, cuando está de moda presentarse ante la ciudadanía como el salvador del mundo, proyectando unas promesas incapaces de realizar, este hombre maduro, casi viejo, tras ocho años trabajando junto a Obama, conocedor objetivo del mundo liberal y también del populista, exigía a sus conciudadanos sangre, sudor y lágrimas. Con el fervor contenido de un predicador convencido de sus propias palabras, casi como una plegaria civil desde unas convicciones más allá de lo visible. Lo escuchaba y seguía la transmisión de nuestra televisión oficial, alérgica a los momentos religiosos, solucionados mediante la estratagema de la explosión madrileña. Pero era inútil porque en la liturgia presidencial de Estados Unidos, lo religioso está esparcido de manera que el acto tome un vuelo diferente, más allá de las exigencias materiales del país y del pueblo. Pero, repito lo ya escrito: sin herir susceptibilidades, sin afirmaciones categóricas, sin militancias descaradas. Todo como un aire de compromiso civil extendiéndose por el ambiente y llamando a un pacto de más alta naturaleza. Un aire en que inmanencia y trascendencia se coaligaban. Y me preguntaba por nosotros y nuestros aclamados representantes políticos. Sin más.

Y llegó el canto del himno por Lady Gaga, representante de un universo absolutamente postmoderno, con su amplia y llamativa falda roja y su maquillaje intensivo. Todos en silencio. Algunas manos al corazón. Exactamente igual que entre nosotros, que solamente tenemos un himno nacional: el de cada uno, y a regañadientes. Se nota perfectamente la herencia anglosajona… pero no menos la realidad latina. Lo divino y lo humano dándose la mano sin necesidad de cruzadas confrontadas porque los demócratas norteamericanos, por muy a la izquierda que se encuentren, guardan su tradición como oro en paño. Y sobrevino el recital de la joven Amanda Gorman, un pelín prolongado, pero con unas ganas casi viscerales de trasmitir cuanto llevaba dentro de su alma negra pero no menos norteamericana. Y yo pensaba para mí que los grandes países tienen una juventud comprometida con sus propios sueños y capaz de enfrentar dificultades sin jugar a la demolición. Las raíces son las raíces. Y algunas deconstrucciones solamente alcanzan la destrucción y la nada. Lo sabemos.

Antes de tal discurso emblemático, otro hombre blanco había, casi, destrozado el sistema democrático norteamericano, y ahora se escapaba perfectamente consciente de cuanto había perpetrado. Siempre que contemplo una retirada tan descarada y humillante, recuerdo las palabras que, hace un montón de años, me dijera mi padre en el verano valldemossín: «Ponte siempre de parte de los decentes». Y siempre las tengo presentes, lo que no es fácil. Pero este hombre que huía, había intentado colocar a sus huestes ene l mismísimo Capitolio como si fuera el dueño de Estados Unidos, y deja una nación dividida que Biden deberá reunificar, con el fantasma de Trump siempre acechándolo. Este es su verdadero problema.

Acabó el discurso. Revisamos personas queridas y no tan queridas. Saludos entre entusiastas y precavidos. Al fondo, se perdía un hombre discreto sobre cuyas espaldas recaen tareas ímprobas: reunir de nuevo a su pueblo y, en la medida de lo posible, reunir de nuevo el orgullo occidental. Con la Biblia presente como un aire permanente pero sereno. Civil.

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