Nuestra sociedad está asentada en algunas convenciones sociales que nadie suele cuestionar. Entre ellas está conseguir empleos de prestigio y que resulten muy lucrativos. Las personas que los tienen demuestran su estatus vistiendo determinado tipo de ropa, conduciendo coches caros, viviendo en barrios y casas de calidad, etc. En definitiva, de esa manera son consideradas personas importantes trabajando en sectores importantes.

Pero llegó un día en que un minúsculo bicho derrumbó todo nuestro andamiaje social y la realidad nos mostró que los trabajos vitales no eran aquellos prestigiosos. Cuando para mantenernos con vida se cerraron las ciudades y con ellas toda actividad no considerada esencial, la sociedad vio, con los ojos abiertos de par en par, cómo daban un paso adelante, además del colectivo médico y de enfermería, las auxiliares de clínica, cuidadoras de residencias, celadores, personal de limpieza, de cocina, personal sociosanitario, y barrenderos, mensajeros, reponedores de alimentos, cajeras de supermercado, conductores, agricultoras, ganaderos… Todas estas personas debían exponerse saliendo a trabajar para posibilitar que siguiésemos adelante. El resto pudimos seguir trabajando a distancia y a salvo gracias a los avances tecnológicos, incluido el profesorado, quienes pudieron seguir en contacto con el alumnado sin exponerse a contagio. Se puso de manifiesto lo imprescindible de quienes cuidan, de quienes curan, de quienes limpian, de quienes acompañan, y todo el mundo que podíamos estar bajo la protección de nuestro aislamiento salíamos a aplaudirles cada tarde, ¿se acuerdan?

Se nos presentó otra evidencia, y es que la mayoría de esos trabajos están desempeñados por mujeres. Allá donde había un empleo de aquellos que sostienen la vida, había mayoritariamente mujeres ocupándolo. Y también es innegable que son empleos mal considerados y peor pagados, de una acusada temporalidad, como lleva denunciando el Movimiento Feminista a nivel internacional desde el inicio, y ha señalado el último Informe de Oxfam Intermón, que se llama así, Esenciales. Estas trabajadoras, además de exponerse a la enfermedad para proteger nuestra vida, debían sacar adelante a sus familias tras la jornada laboral, en esta doble jornada patriarcal que nos explota específicamente solo por el hecho de ser mujeres.

Tras meses soportando esta situación distópica, no se han conseguido mejoras en las condiciones de trabajo, ni que esté más dignamente remunerado. No hay aplausos y tampoco derechos laborales y damos la espalda a lo que deberíamos cuidar y proteger, un cada vez más deteriorado Estado de bienestar, con unos sólidos servicios públicos. Por ahora seguimos sin darle importancia e ignoramos su valor, porque si lo hiciéramos tendríamos que cambiar nuestra sociedad. ¿Estamos, como tal sociedad, dispuestas a dar un giro a nuestro modelo de vida, o, en un «aquí no pasa nada» seguiremos actuando como en ese cuento en el que todos afirmaban que el rey estaba vestido con carísimos ropajes, aunque el rey se paseaba absolutamente desnudo?

¿Seguiremos sacrificando, explotando, humillando, a estas esenciales hasta que todo nos estalle y ya no haya marcha atrás? Se trata solo de voluntad, política y social y ya nadie podemos decir que no estamos alertados.