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Antonio Tarabini

Entrebancs

Antonio Tarabini

El trumpismo no está muerto

Joe Biden es el nuevo presidente de Estados Unidos. El acto de toma de posesión no fue, como en anteriores ocasiones, una fiesta democrática superando el millón de ciudadanos/as, votantes o no del nuevo presidente. Ahora lo más relevante fue la presencia de 20.000 militares para garantizar la «seguridad»; mientras Trump, el expresidente, usaba el avión presidencial por última vez para trasladarse a Florida, a su campo de golf . Todo viene marcado por la invasión brutal del Capitolio.

El presidente y su equipo con urgencia deberá presentar un plan de recuperación económica, incluida la pandemia del coronavirus y diseñar programas orientados a ganarse la confianza de la ciudadanía, una parte de la cual sigue creyendo que Biden es un presidente «ilegal», entre otros motivos por hacer trampas en el recuento de votos. Deberá replantear la política de inmigración y a su vez redefinir sus relaciones internacionales. Los primeros pasos ya los ha dado. Regreso a la OMS y a la Convención del cambio climático. Las tareas no son fáciles.

En la otra acera Trump promete a sus fans «su regreso» sin más. ¿Tiene previsto presentarse de nuevo a presidente? Siempre y cuando supere la segunda fase del impeachment. ¿Creará otro partido? Materia prima existe y no sólo en la América profunda que “añoran” al líder.

Las políticas practicadas por Trump desde el principio han interesados a sus homólogos europeos de la ultraderecha (Polonia, Hungria…), sin olvidar a nuestros vecinos mediterráneos (Francia, Italia). Hago referencia explícita a Francia donde la extrema derecha gobierna en Marsella y sus entornos, región donde el partido comunista fue referente desde casi el fin de la guerra mundial. Por otra parte, en Italia, la ultraderecha está representada por Salvini, que ejerce de opositor frente a un gobierno débil.

En España, el franquismo fracasó en todas las elecciones. Que el franquismo nostálgico fracasase en las urnas no significaba que no existiese. Lo absorbió Alianza Popular, que incapaz de ser alternativa al felipismo se refundó con el nacimiento de unas nuevas siglas, las del Partido Popular. El aznarismo se presentó como un movimiento joven en el que podían convivir “cómodamente” las ideas liberales, conservadoras y democristianas. Venció en las elecciones del 96 con el lema Gana el centro. ¿Y la extrema derecha dónde estaba? Pues, «cómodamente», en ese PP. Ahí siguieron (muchos de ellos cobrando sueldos públicos), cuando llegó Mariano Rajoy. Ahí estaban aunque cada vez más incómodos.

La ultraderecha nace en España de un modo sólido con la creación de Vox. Elección tras elección va ganando espacios en la derecha española. Y sin complejos, frecuentemente acompañados por el PP, plantean la acción parlamentaria como un circo donde la ley consiste en bronca, insulto, descalificación … A su vez, siguiendo su lógica, el gobierno de coalición PSOE/Unidas Podemos es ilegítimo y socio-comunista, acompañados por los independentistas catalanes y los etarras de Bildu. Eslóganes que se hacen suyos los medios con toda naturalidad .

Vox se convierte en indispensable para formar mayorías y gobiernos. Véase, como ejemplos, las mayorías de PP/Cs/Vox que gobiernan en Madrid, Andalucía… En el trasfondo late el liderazgo de la derecha española, entre PP y Vox. Los populares para crecer en votos debe acudir a las “peceras” de Vox; pero, a la vez debe autocalificarse como centrista, si quiere presentarse como alternativa a la izquierda y/o centroizquierda. Los populares quieren diferenciarse de Vox. Véase la moderación en el fondo y en las formas en su intervención en la moción de censura. Han pasado meses, y el talante y el contenido sigue mas de lo mismo.

Vox ha venido para quedarse. Sus modos son más acordes con los italianos que con los franceses. La partitocracia italiana es semejante a la española. Múltiples partidos obligan a pactar para poder gobernar. Tal realidad nada tiene que ver con América, donde el juego es cosa de dos: Republicanos y demócratas. Pero tal dualidad, con múltiples actitudes y políticos, les obligan al uso (y abuso) de las redes. Trump es el «modelo». Solo se comunicaba a través de las redes, con participaciones millonarias, y consigue un liderazgo de grupos diferentes. Pierde las elecciones, pero con unos resultados millonarios.

En Europa también surge la necesidad de las redes sociales, como ejemplos Salvani y Trump, como instrumentos de comunicación (Twiter,Facebook…). Aquí la presencia no es tanto de Vox como partido, sino a través clubs muy activos. Todo vale. Con contenidos explícitos, que tiende a concluir con el «Pásalo». En nuestra Comunidad la perdida de trabajo, el cierre de negocios, las marchas ciudadanas... son sujetos y objetos lógicos de tales redes gestionadas desde los entornos de Vox.

Las realidades políticas son diversas. América poco tiene que ver con sus comportamientos políticos con los propios de Europa. Pero a su vez tenemos factores comunes porque vivimos en una realidad global con problemas comunes. Es difícil un surgimiento de un Trump en la Europa de los 27, Pero algún intento en un país europeo sí lo ha habido. Las ultras nacionales tienden a coordinarse desde los grupos políticos en el Parlamento Europeo. El Trumpismo no ha muerto.

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