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Pilar Ruiz Costa

Nostradamus, ¿qué te he hecho yo?

Aunque los más sensatos habíamos bajado la larga lista de expectativas del año pasado: «viajar, ir al gimnasio, aprender chino, perder kilos, ser millonario, que Brad Pitt se enamore de mí…» a una mucho más humilde: «Sobrevivir», ha bastado que asome un poquito del 2021 para comprobar que esto tiene pinta de ir de Guatemala a Guatepeor.

¿La culpa? ¿Del cambio climático? ¿Del gobierno socialcomunista? No, qué va. De Nostradamus. Ajá. El profeta de los oscuros augurios, el boticario metido a adivino de las calamidades, el influencer de la realeza allá por el siglo XVI que, ya me contarán, el interés de cualquier noble por preguntarle a este señor algo más allá de cómo le va a ir a mi ex.

Pues según sus famosas Profecías —una colección de 6.338 ‘verdades’ que le fueron reveladas por inspiración celestial en formato de cuartetas o grupos de cuatro versos consonantes—, básicamente, salimos muy mal parados. Lo mismito que cuando uno escucha en rueda de prensa a un político en la oposición, solo que en vez de alertarnos de las penurias que nos va a traer este gobierno socialcomunista, del efecto llamada para violadores, o que nos van a quitar nuestras casas para dárselas a sus amigotes, los okupas, Nostradamus nos aterroriza con presagios más atemporales: terremotos, pestes, guerras, envenenamientos, mares teñidos de sangre, lluvias de fuego, y sobre todo, muerte. Mucha muerte.

Y para este 2021 aún a medio desenvolver, sus profecías anuncian entre otras perlas: «Después de una gran angustia para la humanidad, se prepara una mayor. El Gran Motor renueva las edades: Lluvia, sangre, leche, hambre, acero y plagas». «Se ve fuego en el cielo, una larga chispa encendida. Veremos el agua subir y la tierra caer debajo de ella. Pocos jóvenes medio muertos para empezar». Que los expertos —expertos de los de verdad, no como los del gobierno socialcomunista en tiempos de pandemia, sino de los que se llevan de calle el quesito amarillo del Trivial—, traducen al pueblo llano como que nos preparemos para una gran hambruna y guerras. Bah, no les voy a engañar: esto viene a ser lo de cada año. La novedad es que vendrán acompañadas de una tormenta solar, el choque de un asteroide, un terremoto que hará desaparecer California y ataques islamistas que, total, a quién le importan, cuando vamos a ser víctimas de un apocalipsis zombi. Pero, bueno, Nostradamus, ¿qué te he hemos hecho?

Ya el año pasado, los expertos entendieron que predecía alto y claro la llegada del coronavirus con sus versos: «Una gran plaga de la ciudad marítima. No cesará hasta que se vengue la muerte». Porque, a pesar de que Wuhan no tiene mar, sino río, la pandemia se inició en un mercado de pescado.

Pero, ¿qué quieren que les diga? A mí me genera serias dudas alguien que vaticina el fin del mundo —en julio de 1999, o el 21 de diciembre de 2012 con llegada del anticristo y todo— y luego sigue lanzando predicciones para el año siguiente. La misma credibilidad que si, en mitad de una cena romántica, le suelto a mi churri: «Nada me haría más feliz que casarme contigo. Y si no, con otro».

Vale, lo confieso: jamás me he llevado a la primera un quesito amarillo. ¡Qué le voy a hacer si no entiendo la poesía! O al menos, no toda la poesía. Pero atribuyo buena parte del mérito de sus ‘aciertos’, a que esos expertos —como los políticos en la oposición— comparten una gris visión del mundo y que, con sus capciosas traducciones, nos regalan, año tras a año, estos tristes trampantojos a los que llaman destino.

Así se le atribuye a Nostradamus, entre otras profecías, la llegada de Hitler y Franco, la caída de las torres gemelas, la llegada de Donald Trump al poder y hasta su reciente caída, aunque, estas últimas… también las predijeron los Simpson.

No sé si tranquiliza al lector o no, pero nos queda la ‘esperanza’ de años y años de terribles augurios. Por lo menos, hasta 3797, en que, a saber si porque se cansó ya de sí mismo y su ingrata poesía, Nostradamus acaba sus Profecías a lo grande con la ‘Cuarteta del fin del mundo’. Y ya. Nada más.

Pero, no lo duden: vendrán otros para que la maquinaria agorera nos confirme que el mundo se va a la mierda. No por el mal uso que hacemos de los recursos naturales, sino porque en algún lugar, algún privilegiado recibe tales mensajes del más allá y, además ¡quiere compartirlos! Sin ir más lejos, este año se acabará el mundo el 21 de diciembre si tiene razón Matityahu Glazerson, un rabino que revela en su canal de Youtube haber descifrado tal profecía en un código oculto en la Torá judía. Ojo, que esta teoría también está respaldada por quienes atribuyen que el mundo no acabara el 21 de diciembre del 2012, según pronosticaba el calendario maya, ni más ni menos, ¡a que el maya encargado de las transcripciones era disléxico!

En momentos como estos, servidora echa mucho, pero que mucho de menos a su pronosticador favorito: el pulpo Paul. ¿Lo recuerdan? Por lo menos con él… ganábamos el partido.

@otropostdata

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