Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Virginia Occidental es uno de los lugares más desconocidos de Estados Unidos. Una vez, en Pensilvania, les conté a unos amigos que quería ir a hacer un recorrido por Virginia Occidental -estaba a menos de cien kilómetros de donde yo vivía entonces- y todos se echaron a reír. «Pero si allí sólo hay palurdos y osos y borrachos», me dijeron. Me recordó algo que me había sucedido treinta años antes en una pequeña localidad del sur de Montenegro -cuando todavía formaba parte de Yugoslavia-, el día en que entré en una taberna del puerto y les comenté a unos ancianos que bebían cerveza que me gustaría llegar a Albania, que estaba a unos cincuenta kilómetros más al sur. «¿Albania? -me preguntó uno de los ancianos, que había luchado en las Brigadas Internacionales en nuestra guerra civil y sabía algo de castellano-. ¿Para qué quieres ir a Albania? Pero si allí no hay nada. Nada, ¿entiendes?, nada». Eso ocurrió en la época en que Albania era un país totalmente encerrado en sí mismo en el que su dirigente -el comunista Enver Hoxha- proclamaba a los cuatro vientos que los albaneses comerían hierba antes que renunciar al ideario del marxismo-leninismo. Por supuesto, Hoxha no comía hierba en su lujosa residencia con piscina privada, pero sus desgraciados súbditos tenían que conformarse con su ración diaria de propaganda.

Pero hablábamos de Virginia Occidental, ese lugar desconocido donde tuvo lugar, en 1921, una de las revueltas obreras más sangrientas de la historia de Estados Unidos. Después de varias explosiones en las minas, en medio de una oleada de huelgas, unos diez mil mineros armados se enfrentaron a las tropas federales, que tuvieron que usar aviación y bombas incendiarias para derrotarlos. Se habla muy poco de estas cosas, pero lo que ocurrió en los condados mineros de Virginia Occidental fue una especie de guerra civil en toda regla (como lo que ocurrió en Asturias durante la revuelta minera de 1934). Todas esas zonas mineras, como es natural, fueron rabiosamente izquierdistas durante la mayor parte del siglo XX. Hasta que llegó la crisis industrial de los años 90 y las minas empezaron a cerrar y toda la zona se convirtió en una desolada tierra baldía. Pues bien, esta zona minera de Virginia Occidental, en la que hace un siglo los mineros armados se enfrentaron a las tropas federales con una violencia inusitada, es ahora el lugar de Estados Unidos donde Donald Trump obtuvo un porcentaje más elevado de votos. En los condados mineros, los votos a Trump llegaron a alcanzar el 80 y el 90% del total del censo. Lo nunca visto.

Lo digo porque hay mucha gente que todavía cree que los votantes de Trump son millonarios que tienen avioneta privada y una mansión en el Caribe -aparte de diecisiete mansiones más dispersas por medio mundo-, cuando suele ser justamente lo contrario. Los millonarios que han hecho fortuna con las tech-com (basta ver a los dueños de Google o Twitter o Facebook) suelen pertenecer a la izquierda «woke» que defiende la autodeterminación de género y el veganismo y la lucha contra el cambio climático, mientras que la «basura blanca» cada vez más desesperanzada es rabiosamente trumpiana. La brecha entre unos y otros no deja de crecer y es muy posible que ya no haya vuelta atrás. Y al paso que vamos, no hay que descartar que se produzca un nuevo enfrentamiento como el que se produjo durante la guerra de los mineros contra las tropas federales. Sólo que los mineros de ahora -o lo poco que quede de ellos- no llevarán banderas rojas, sino banderas americanas y biblias y cornamentas de bisonte.

Aquí, por supuesto, está pasando lo mismo. En plena pandemia, con miles de locales y negocios cerrados y miles de autónomos y asalariados y empleados de hostelería condenados a la ruina, el gobierno central ha decretado un aumento de sueldo de un 0,9% para empleados públicos y pensionistas. Fabuloso. Es una medida de una irresponsabilidad portentosa que está preparando el terreno para un estallido de rabia incontrolada por parte de los sectores de la población que se ven abandonados a su suerte. Y lo más increíble de todo es que siempre acaba saliendo el profesor universitario encantado de haberse conocido que desprecia a los pobres diablos que protestan por ser «chusma fascista». El profesor universitario tiene -con suerte- cinco alumnos y un gato adoptado, y si se le aplicaran los mismos criterios que se aplican a la hostelería o a los locales comerciales, tendría que cerrar el chiringuito e irse a su casa. Pero el Estado le mima y encima le premia con un aumento de sueldo. Y si alguien protesta por todo esto, es sólo porque forma parte de la «chusma fascista», igual que los mineros que votan a Trump en las zonas más depauperadas de Virginia Occidental.

Compartir el artículo

stats