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Daniel Capó

Tras Trump

América está rota tras la marcha de Donald Trump. Cabe preguntarse si no lo estaba ya antes, cuando subió al poder. Su triunfo entonces acusaba las grietas en la arquitectura nacional de los Estados Unidos. Obama –de hacer caso a Ben Rhodes– se lamentaba de haber llegado demasiado pronto a la presidencia, antes de que el país estuviera preparado, se entiende que para sus políticas avanzadas. ¿Despertó entonces de su sueño Barack Obama o lo hizo mucho antes, quizás cuando descubrió –de nuevo las palabras son de su asesor Ben Rhodes– que «el mundo es como es y como nos gustaría que fuera»? Pero lo cierto es que aquello que no nos gustaba ganó, sin que nadie supiera los motivos, más allá de la caricatura interesada del granjero blanco del Medio Oeste. Lo cierto es que, a un presidente intelectualmente sofisticado le sucedía un presidente notablemente tosco, con tendencias megalomaníacas, llamado a rearmar el nacionalismo yanqui. Una y otra vez la Historia se escribe con renglones torcidos.

América está rota, lo sabíamos, y así sigue. Ahora incluso más que antes. A los efectos económicos de la globalización y de las nuevas tecnologías, se añaden los elementos disolventes de la guerra cultural, que ha sustituido la lucha de clases por los conflictos identitarios. En todo caso, la posmodernidad vive dando la espalda a los hechos, por dolorosos que sean, y prefiere centrarse en los relatos. Nada hay –se supone– sólido ni objetivo, como si la realidad fuera un espacio vacío de significado que necesitara que lo dotasen de sentido. Ni siquiera se admite ya a la naturaleza como última frontera. Todo es social, una especie de construcción cultural. El columnista del Washington Post George F. Will ha señalado, irónico, la paradoja de que sea Donald Trump, el presidente más iletrado de la historia, el que ha terminado convirtiendo, contra toda evidencia, la realidad en un relato, al grito de «yo gané las elecciones»; exactamente igual que hacen los politólogos más brillantes al considerar que la sociedad es poco más que un constructo ideológico.

América está rota porque en su seno ya no se reconoce a sí misma y su corazón late dividido. En vez de reconciliarse un bando y otro en el espacio neutro de la realidad, se extrema la batalla cultural sobre distintos ejes sin conexión. ¿Hacia dónde se dirige, por tanto, el conflicto? Dependerá en parte de la habilidad de Joe Biden para moderar el país y reducir sus impulsos macartistas. ¿Será suficiente? No lo sabemos, pero cabe ser escéptico de entrada. Los sucesos vividos en estos últimos meses, el fracaso de la gestión estadounidense a la hora de afrontar la pandemia y el impulso chino en sectores tecnológicos clave permanecerán durante algún tiempo. En dos décadas, el mundo será menos americano, menos occidental y a saber cómo resistirán nuestras instituciones liberales el embate nihilista de los extremismos. Los espacios racionales de discusión y debate desaparecen bajo la furia de los combatientes en las redes digitales. La tecnocracia se ha levantado como una peligrosa alternativa, incluso para muchos demócratas.

Una América rota y una Europa dividida tras el Brexit: este es el resumen de nuestro tiempo. No la única lectura posible, claro está. Hay otras que inciden en las consecuencias que para Occidente tendrá su negativa a crecer. Con un crecimiento crónicamente escaso, los problemas sociales se acumulan y a la sociedad no le queda otra alternativa que el endeudamiento o la venta de patrimonio para mantener determinados estándares de vida. Eso y la concentración de la riqueza en unas pocas manos. Bienvenidos al siglo XXI.

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