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Esaú, Jacob y las lentejas de la izquierda

Mi definición de la oferta y la demanda o del rendimiento y del interés suelen sacar de sus casillas al profesional de la economía porque no guarda relación con las leyes del mercado. La pasión por el dinero tiene para mí dos objetivos: el poder o la libertad, y mandar es algo que me deja particularmente tibio. Esaú, a quien correspondía la mayor parte de la herencia de Isaac, no fue víctima de su hermano al comprarle el plato de lentejas: Esaú pertenecía a la clase de hombres que no se rigen por valores convencionales. Yo comprendo el ansia de dinero hasta alcanzar cierto nivel de vida. Pero sobrevivir no justifica el comportamiento de esa red de astutos Jacobs modernos que se convierten en esclavos de sus contorsiones estratégicas para conseguir la primogenitura. En esas maniobras orquestales en la oscuridad hay más de estertor narcisista que de vida.

El caso de Esaú se comprende porque toda política se fundamenta en la indiferencia de los interesados. Paul Valéri dijo que la política fue, primero, el arte de impedir que nos metamos en lo que no nos importa. Después, el de obligarnos a decidir sobre cosas que no entendemos. Ahora es la mezcla de ambas. Y como toda sociedad exige ficciones, nos encontramos a gente perfectamente convencida de su papel, esperando entrar en el sacerdocio del pueblo como expertos en opiniones, métodos, talleres, terapias. Ocupando puestos inasumibles, organizando lo que desconocen, adoptando el tipo millennial anti-alarmista, porque en su vida nada es trascendente excepto sus filias personales. Con el vetusto método dialéctico de progres contra fachas, jóvenes contra viejos, legalidad contra legitimidad, guerra de sexos, manejan con mando a distancia la pelota de lo que no saben cambiar, como en un partido de tenis.

Cuando se dice que la derecha está siempre unida y la izquierda siempre dividida, significa que una parte de la izquierda, simpatizantes incluidos, es de derechas. Esto no es un ardid inventado por el departamento de propaganda de Trump. Rescatemos un titular de 1993: «Arrabal pide que se repartan los bienes del Prado, Doñana y los ministerios», empezando por el de Cultura, por supuesto. Lo pidió en el curso de verano dirigido por Antonio Escohotado y Sánchez Dragó que llevaba el impactante nombre de Contracultura, desobediencia civil y farmacia utópica. No son bárbaros destruyendo el imperio: esos ocurrentes publicistas son sanguijuelas que las izquierdas esparcen sobre su epidermis cultural para renovar su sistema circulatorio interno. Y el sistema, que aparta cuidadosamente a los que sienten pasiones de verdad, recompensa a los intelectuales que demuestran saber amaestrar a un loro o hacer sonar su gorro de cascabeles.

La adhesión auténtica excede toda motivación psicológica o social, y eso sí lo ha entendido la derecha. Tras muchas reuniones estos renovadores consiguen el ansiado cambio: llamar bienestar a lo que es vital; a lo inmediato, el porvenir. Sustituyen lo muy necesario por lo sensible y lo profundo por lo llamativo, porque saben que aunque la realidad nunca cambia, hay que hacer ver que los tiempos sí lo hacen.

Estos días de frío siberiano me ha venido a la memoria esta frase de Lenin: «El comunismo son los sóviets y la electrificación de todo el país». Pero el sueño de Lenin se retrasó tanto que fue Stalin quien lo culminó en el primer plan quinquenal. La producción de energía sigue siendo hoy uno de los pilares de la economía rusa. Precisamente el pasado miércoles, nuestra ministra para la eufemística transición ecológica también dijo que la reforma regulatoria del sistema energético es la prioridad de este gobierno. Sin duda, también de todos los anteriores desde 1881, así como la enconada tarea de replantear las concesiones de la gestión del agua que sangran al pueblo.

Siempre me han fascinado esas asambleas comunales que reunían a los ciudadanos que viven de su propio trabajo, desde las tertulias progresistas a esa expresión de la democracia participativa que son las juntas de distrito. La última tertulia tipo sóviet a la que asistí corrió por cuenta de un grupo de presión en positivo que abogaba por una revolución emprendedora que lucharía contra la falsa euforia de anteriores legislaturas. Nos mezclamos un ‘totum’ aparentemente ‘revolutum’ que presagiaba lo que más tarde conformaría el tejido social empresarial capitalino del milenio. Pero había un más allá adamascado, combinado con publiperiodistas teñidos en la sombra. ‘Neo hipsters’ fanáticos de la cerveza artesanal, cenando cosas para fotografiar. Enemigos obvios del patriarcado, buscando hasta la sangre compañías económicamente sumisas. Okupas despertando de la resaca de la anarquía. Enemigos de la represión (es decir, maleducados) amantes del orden (es decir, déspotas). Los más preocupados por los agravios atávicos que por el idioma Braille o las rampas para minusválidos. Los que opinaban que añadir la palabra ‘trabajadora’ a la palabra ‘sexual’, dignifica.

También las fiestas nazis fueron más divertidas que las judías: simpatiquísimos asesinos en la policía secreta, maestros dados de alta del manicomio, juristas para quienes el derecho era un prejuicio liberal, médicos con ideas revolucionarias, filósofos que consideraban que la raza era una verdad objetiva. Cada uno se divierte a su manera, pero seamos serios: el primer problema de la izquierda es de qué forma establecer que todos seamos iguales. Porque en una sociedad de iguales, el individuo lucha por no ser igual y en una sociedad de desiguales, por no ser desigual. No es una cuestión del individuo en sí, ni de la capacidad de su inteligencia, es una cuestión de que todos podamos tener una bañera, comunal o propia, de la que un buen día salir gritando «¡eureka!».

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