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Antoni Aguiló Bonet

Antoni Aguiló Bonet

Filósofo del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coimbra

Nietzsche o las pandemias del Covidceno

En su último libro, El futuro comienza ahora, el sociólogo Boaventura de Sousa Santos plantea que la humanidad ha entrado en un periodo de pandemias intermitentes en el cual, si no se toman medidas preventivas eficaces, las pandemias, inevitablemente, se sucederán en el futuro. Es probable que incluso lo hagan con más frecuencia y virulencia. No en vano, en 2016 el epidemiólogo Mark Woolhouse, de la Universidad de Edimburgo, elaboró una lista de 37 virus con mayor probabilidad de causar graves epidemias en los próximos tiempos. La mayoría de estos virus tiene orígenes zoonóticos, es decir, proceden de animales no humanos. El inventario de Woolhouse incluía nombres hoy conocidos, como el virus del Ébola y la rabia, y otros apenas familiares, como el virus del Machupo, el virus Nelson Bay y el virus Nipah. No hay que olvidar que, de hecho, enfermedades infecciosas surgidas a lo largo de las últimas décadas, como el VIH, el SARS, la gripe aviar y la gripe porcina se originaron en animales. El origen y la propagación de muchas de estas enfermedades está directamente relacionado con el impacto humano en las condiciones de vida de los animales, como el maltrato que a menudo sufren los pollos, las vacas y los cerdos criados en granjas intensivas.

El periodo de pandemias que se anuncia puede enmarcarse en lo que Jason Moore llama Capitaloceno. Con este sugerente concepto, Moore se refiere a una forma de estar en el mundo, pero sobre todo a una «forma de organizar la naturaleza» a través de la lógica del capitalismo, que se basa en cuatro imperativos: expropiar, explotar, destruir y lucrar. El Capitaloceno es una forma de agresión sistemática y descontrolada contra la naturaleza, no a favor de ella: naturaleza desnaturalizada, cosificada y mercantilizada. En pocas palabras, es la época en la que la inmunidad del capitalismo es superior a la inmunidad de la naturaleza.

Tal vez estemos en condiciones de afirmar que hoy estamos atravesando una fase específica del Capitaloceno. Esta fase, a la que llamo Covidceno, nos pone en alerta sobre las pandemias del futuro, que serán de dos grandes tipos: pandemias zoonóticas, a las que me he referido, y pandemias climáticas (polución atmosférica, escasez de agua potable, catástrofes ambientales contra las que no hay vacuna posible, etc.). Sobre estas últimas, cabe destacar la reciente sentencia histórica acerca de la muerte de Ella Adoo-Kissi-Debrah, que la reconoce como la primera víctima mortal en el mundo por contaminación excesiva del aire. No por nada la OMS advierte que el cambio climático provoca enfermedades respiratorias como el asma o el cáncer de pulmón, pero también enfermedades cardiovasculares, dado que la contaminación se filtra en la sangre. Así, las pandemias del Covidceno serán el resultado de alteraciones climáticas provocadas por el ser humano, como el calentamiento global o las sequías, de la tala indiscriminada de árboles, de la invasión de ecosistemas, del tráfico de animales silvestres, de la transformación, en definitiva, de la naturaleza en «basuraleza».

El discurso dominante enseña que las pandemias del Covidceno son un problema ajeno al capitalismo, fruto de procesos naturales que el ser humano no controla. Como mucho, las presenta como desastres climáticos fortuitos o como un problema de falta de higiene en mercados remotos donde gentes extrañas comercian con animales exóticos. Se oculta o se evita decir que gran parte de lo que enferma y mata a la gente tiene que ver con el capitalismo globalizado y las condiciones de vida (o de muerte) que impone. Se incide en que las pandemias causan graves daños a la economía, pero apenas se habla del vínculo entre la acumulación voraz y los brotes pandémicos.

Hay una escena tremendamente impactante de El huevo de la serpiente, la película de Ingmar Bergman, que corrobora lo que vengo afirmando. En un país destrozado por la I Guerra Mundial, con el ascenso del fascismo y los efectos aún presentes de la pandemia de la gripe española como telón de fondo, la pobreza en la Alemania de los primeros años de la República de Weimar es dramática. En medio del caótico clima social y político del Berlín de 1923, se ve a un grupo de personas hambrientas descuartizar en plena calle el cadáver de un caballo apenas muerto para poder alimentarse. El animal, todavía atado a un carro, probablemente pereció abatido por la fatiga y el hambre. Como los personajes de la escena, el capitalismo sobrevive alimentándose de las entrañas del planeta de manera insostenible, destruyendo el patrimonio natural con el objetivo de acumular más y más beneficios. Sin embargo, a diferencia de ellos, no lo hace por hambre ni necesidad, sino por puro egoísmo y pura avaricia.

La escena descrita remite, por contraste, a un acontecimiento crucial en la vida de Nietzsche. La mañana del 3 de enero de 1889, el filósofo abandona la pensión en la que se hospedaba en Turín para salir a dar un paseo por la ciudad. Durante el paseo, Nietzsche observa un caballo que al negarse a caminar comienza a ser azotado por su dueño. Se cuenta que ante este episodio Nietzsche corre completamente desesperado hacia el caballo maltratado, lo abraza, como quien trata de impedir la brutalidad de los golpes con su propio cuerpo, y rompe a llorar. Los testigos narran que Nietzsche susurró algunas palabras apenas audibles al oído del caballo. Me gusta pensar, como a Milan Kundera, que en ese preciso instante Nietzsche pidió perdón al caballo en nombre de la humanidad. Poco después, se desploma, pierde el conocimiento y es llevado a casa, donde permanece en silencio durante dos días. Muchos de sus intérpretes consideran el episodio del caballo la manifestación de una enfermedad mental, la consecuencia de la locura.

Es cierto que en la obra de Nietzsche no hay ninguna filosofía ecológica o animalista presente, o al menos no una elaboración sistemática. No obstante, el abrazo de Nietzsche sirve como fuente de inspiración para reflexionar sobre nuestra relación con la naturaleza y los animales, sobre un estilo de vida sostenible que no destroce y agote el planeta, que nos recuerde nuestra fragilidad y nuestra interdependencia. Si se tomara en serio la idea de que la vida está por encima de las ganancias, las cosas mejorarían. Del mismo modo que nuestras ideas pueden destruir el planeta, también pueden cuidarlo y preservarlo. Si esto es estar loco, bendita locura.

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