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Frío en las aulas

Hace frío en las aulas. El saber no ocupa lugar pero no cabe un témpano más. Los chavales están en clase con las ventanas abiertas, por donde quizás se pueda colar un rey godo, un logaritmo, la tabla del siete o Isabel y Fernando. Hay que ventilar, no hay más remedio, aunque lo que se ventila hoy en España es por qué la vacunación va tan lenta. Hay que hacer corriente llueva o truene para que ni docentes ni alumnos se contagien. Un virus en un aula no aprende nada, aunque puede enseñarnos la cara de la enfermedad. Frío en los colegios, en unos sitios más que en otros, frío del que se quejan más los padres calentitos desde casa en las redes sociales. Los chavales son otra cosa y si tienen frío corren o se calzan el abrigo o preguntan cómo se hace una raíz cuadrada con el gorro puesto. No es que los progenitores se quejen de vicio, se quejan de frío, pero a veces aunque no hubiera virus habría que airear, que un profesor y veinte o treinta zagales pueden originar un cierto olor a chotuno producto de las lógicas exhalaciones, ventosidades, eructos y trasiegos de tamaña grey humana. Con todo, no crea que terminaremos la columna sin arrear a los políticos responsables de la educación, que podrían poner remedio en algunos casos extremos. Tenemos responsables educativos incapaces de poner calefacción o dotar de mejores infraestructuras a según qué colegios y tenemos políticos que han consentido muchos años que haya barracones en lugar de aulas y ahora en la oposición lo ven todo muy fácil. Con todo: para qué tantas prisas por reanudar el curso tras la Navidad con semejante frío y pandemia. En fin, lo esencial es que la educación no deje a nadie frío. Lo interesante es ir abrigado y lo aconsejable es rezar para que el invierno pase rápido. Tampoco pasa nada si un chaval pequeñín no va un día de frío extremo al colegio. Sobre todo si se aprovecha el tiempo en casa. Aunque no falte quien trata al otro, incluso en el hogar, de manera fría. Niño, abre la ventanita.

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