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Por mucho que el sentimiento antiamericano insista en negarlo, los Estados Unidos fueron un sostén esencial para Europa en los peores años del siglo XX. En las dos guerras mundiales, por ejemplo, y en particular en la segunda. Nadie sabe ni sabrá nunca lo que habría sido de la lucha contra el nazismo sin la participación de Washington. Hay que conformarse con adivinanzas pero la lógica del sentido común lleva a poner bajo graves dudas si habría bastado el empeño del Reino Unido para detener a Hitler. Los libros de historia detallan cuánto le costó a Churchill (y a Roosevelt) el convencer a los estadounidenses de que aceptasen ayudar a Stalin cuando en 1941 Alemania invadió la Unión Soviética. El análisis de futuro que hizo entonces el primer ministro británico es sorprendente por su clarividencia. Ayudar a la Unión Soviética a ganar la guerra contra Hitler iba a llevar a que media Europa quedase tras la paz en manos comunistas. Pero no hacerlo suponía dejar todo el continente bajo la bandera del nacionalsocialismo.

Al cabo los Estados Unidos hicieron posible la derrota de Hitler. Y tras acabar la II Guerra Mundial fue también norteamericano el Plan Marshall que permitió a los países europeos —con la excepción, ¡ay!, de España— lograr la recuperación económica. Al margen de ideologías, es obvio que en Europa estamos en deuda con los Estados Unidos. Supone, pues, un motivo de alegría y de justicia histórica el ofrecimiento hecho por el ministro de Asuntos Exteriores alemán, Heiko Maas, a Washington para que Europa y los Estados Unidos trabajen conjuntamente en un Plan Marshall de defensa de la democracia.

Entre las muchas paradojas que contiene el mundo estadounidense, uniendo las mayores cotas de bienestar a las más profundas diferencias entre los muy ricos y los muy pobres, la del déficit democrático es una de las más preocupantes. El populismo del presidente Trump ha logrado derribar no pocas de las tradiciones en favor de la democracia que se mantenían desde la época de la primera Constitución que hubo en el mundo, la que se firmó en Filadelfia en 1787. Ni siquiera el talento asombroso de los padres fundadores de los Estados Unidos para garantizar el equilibro de poderes, la doctrina Montesquieu —tan denigrada en nuestro país—, bastó para pararle los pies al todavía presidente. De no ser por la pandemia y sus secuelas en forma de drama tanto sanitario como económico, es muy dudoso que Trump hubiese perdido las elecciones de su segundo mandato. El asalto al Capitolio ha sido la última muestra, por ahora, del peligro que suponen sus seguidores incluso si la principal figura desaparece porque a la amenaza de los terroristas le ha sucedido ya el peligro aún mayor del populismo, el verdadero enemigo hoy de la democracia en todo el planeta. Ojalá que los europeos podamos ayudar a los Estados Unidos en esa guerra de resultado tan dudoso.

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