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Norberto Alcover

En aquel tiempo

Norberto Alcover

La pedagogía de las series políticas

Fueron los norteamericanos quienes crearon ese nuevo concepto de comunicación parafílmica que llamamos «series televisivas». Desde ellos, se esparció por todo el planeta hasta configurar un «sistema pedagógico» de amplia presencia y sobre todo de eficacia axiológica demostrada. Carezco de la investigación necesaria para emitir juicios éticos, estéticos y estrictamente mediáticos, para llevar a cabo un juicio exhaustivo del universo serial, pero lo que me importa es el «subgénero político» como dramaturgia del poder ejecutivo en las sociedades desarrolladas. Todo comenzó por El ala Oeste de la Casa Blanca, siguió con The Wire, The Politician, La conjura contra Norteamérica, entre otras, para alcanzar un punto de llegada desasosegante con House of Cards, y otras muchas que seguirán. Este es el marco en que se inscriben estas líneas.

Pues bien, estaba yo revisando House of Cards, cuando los republicanos de Trump asaltaron el Capitolio y demostraron que nadie está exento de una forma de concebir la política populista, es decir, ilegítima, totalitaria, personalista y violenta, camino de un personalismo patológico capaz de utilizar todo lo que está a mano para alcanzar y mantener el poder, sobre todo ejecutivo, pero que acaba por interferir el judicial y el legislativo. Hasta transformar de hecho la democracia en un totalitarismo casi siempre presidencialista. Como en su momento actuaron las monarquías parlamentarias de cuño absolutista. Los tres poderes se mantienen en cuanto tales, pero impera el ejecutivo en la medida en que infiltra todos los territorios de la sociedad: económico hasta el mediático, fundamental para llevar adelante «la toma del poder por quien sea», sin que sea necesariamente Luis XIV. En House of Cards, con un tanto de exageración ficticia, se nos entrega un relato perfecto de cómo desde la Casa Blanca se ponen en funcionamiento una serie de medidas capaces de desestimar, manipular, deshonrar y sobre todo de eliminar al adversario con un cinismo que te produce vómito. Pero, a la vez, metiendo un cierto humanismo con las costillas de cerdo que apasionan al protagonista o el feminismo ambivalente de la Vicepresidenta, su esposa, que llega a sentarse en el Despacho Oval. Más que una historia política es una historia criminal que engloba a todos los ámbitos del poder norteamericano.

Tengo la impresión, o mejor, la fundada sospecha, que los años de Trump han sido semejantes a la historia/relato de House of Cards. Solamente que conocíamos lo más superficial, lo que tenía que ver con la persona del Presidente, mientras que los relatos colaterales pocas veces aparecían. Algunas veces en detalles de su política internacional, saltándose a la torera los protocolos diplomáticos, y en la eliminación de colaboradores, sospechosos de traición. Pero tantas medidas como aparecen en House of Cards, en absoluto. Les sugiero que revisen los años de gobierno del hombre del pelo amarillo y corbata roja, mientras revisionan la serie en cuestión. La serie les ayudará a comprender mucho mejor la historia dantesca de esta época en que Estados Unidos llevó a la presidencia a un personaje paranoico y lo mantuvo en el poder hasta el drama (no tragedia) de hace días: el pueblo en armas parecía rememorar el asalto de lo revolucionarios franceses a la Bastilla. Solamente que, en este caso, era el pueblo del presidente del ejecutivo, quien los había programado para llevar a cabo tal acción criminal, desde el punto de vista democrático.

Pero demos un paso más: contemplemos la política europea, no solamente la española, que resulta evidente, y saquemos conclusiones. La primera es que salvo alguna extraña excepción, nosotros somos incapaces de montar relatos icónicos seriados de crítica al poder constituido, de tal manera que todos sus elementos resulten aireados, censurados o aplaudidos, condenados en general, salvo en el caso del protagonista de Sucesor designado: un profesor universitario que por casualidad llega a la Presidencia de Estados Unidos, lo único que pretende es gobernar «en base a valores constitucionales», y su vida se convierte en una pesadilla. Parece que los europeos tratamos con pinzas a la cúpula del poder constitucional, lo que no significa que no lo sean en otros medios de comunicación en convivencia con las maquinarias de los partidos, de las multinacionales, de los magnates locales y las serpientes de la política internacional. Seguramente nos domina el miedo, la reticencia a las consecuencias, no querer vivir mirando en cada ocasión los bajos del coche, y, en fin, mejor que sigan siendo los norteamericanos, estos anglosajones mezclado de indios, los que carguen la responsabilidad de la maldad política y otras gaitas.

Excelente pedagogía porque nos sumerge en «el dinamismo de la sospecha». Nos ayuda a desconfiar de toda cúpula, pero a la vez comprender a las personas honradas que, de vez en cuando, aparecen, y que muchas veces se retiran antes de hora sencillamente por dignidad axiológica y por respeto al mismo pueblo al que desearon servir y constataron que les resulta imposible. Y por otra parte, muchas de ellas, además, no están dispuestas a dejar profesiones civiles que les aseguran el sustento familiar. ¿Egoísmo solamente? No. Obligaciones prioritarias.

La pedagogía de las series, en nuestro caso series políticas, estupendas inmersiones en una realidad que, al destaparse sus demonios, nos permiten vislumbrar todo tipo de pasiones esparcidas en la «res política». Tomar nota.

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