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Jose Jaume

Desde el siglo XX | Salvador Illa, la pieza de caza mayor a abatir

El independentismo se tienta la ropa ante la irrupción del candidato socialista, les ha trastocado la plácida excursión prevista para el 14 de febrero; la derecha española es los restos de un naufragio

El ministro de Sanidad, Salvador Illa.

El ministro de Sanidad, Salvador Illa. EP

Cunde la inquietud en el atrabiliario mundo de los partidos independentistas catalanes; esperaban vistoso desfile militar para el 14 de febrero (si la covid no estipula largo aplazamiento) y hete aquí que se las tendrán con adversario que les ha infundido indisimulado temor: razonablemente no han de penar por la consecución de la mayoría independentista en el Parlament, resultado de una ley electoral, transposición de la española, que favorece a las provincias menos pobladas, en especial Lleida y Girona, las más soberanistas, en detrimento de Barcelona. Ocurre lo mismo en España: las despobladas provincias castellanas tienen sobredimensionada representación en las Cortes Generales; lo que les ha sumido en desasosiego es que el PSC (PSOE a todos los efectos prácticos) quede en tal posición, en el caso factible de que no llegue el primero, que incomode la articulación del frente independentista que nuevamente desean fletar a pesar del desastre de gestión que ha supuesto el Gobierno de coalición entre Junts y Esquerra, y no solo por la ridícula presidencia del desaparecido Quim Torra, de largo el peor presidente que ha dado la Generalitat. El independentismo ve en la designación de Salvador Illa obstáculo mayúsculo para el diseño previsto. Daban por supuesto que sería otra vez Miquel Iceta el candidato socialista, político válido, pero plenamente amortizado, como él mismo ha reconocido al apartarse sin resistencias cediendo la candidatura a Illa, a quien de inmediato a empezado a caerle fuego graneado de un lado y otro.

El ministro de Sanidad es en las elecciones catalanas palabras mayores. El primero en evidenciarlo ha sido el democristiano Oriol Junqueras, líder de ERC. Este es un político con todas las adherencias propias de la Democracia Cristiana: sibilino, falso, sepulcro blanqueado, muy inteligente, enormemente táctico. En la vista oral en el Tribunal Supremo que lo metió en la cárcel, en uno de los mayores despropósitos cometidos por la Judicatura española, que anda sobrada de ellos, afirmó que los procesados eran «buenas personas». Magnífico alegato. Digno de un democristiano italiano discípulo del gran Giulio Andreotti. Vean, si tienen ocasión, Il Divo, película sobre la vida de Andreotti en la que Junqueras, dejando de lado el indignante episodio de la cárcel, puede ser atisbado. Junqueras ha percibido el enorme peligro que representa Salvador Illa, que, para su incomodidad, es su trasunto en no pocos aspectos. Si en ERC hay inquietud en el Junts de Puigdemont, que de haber podido casi habría sido un Trump de pacotilla, se ha aposentado algo más que la inquietud. Hay auténtico pavor. Allí imploran que la covid traiga la cancelación (aplazamiento) de las elecciones con la esperanza de que la pandemia haga estragos, queme a Illa. Si no lo ha hecho pocas posibilidades existen de que lo consiga cuando a trancas y barrancas la vacuna se está abriendo paso.

¿Y la derecha española? Al igual que en Vasconia participa arrastrándose. El dato es especialmente significativo: el PP aspira a doblar representación pasando de cuatro a ocho escaños evitando que Vox le adelante. El partido que aspira a desbancar al «ilegítimo» presidente del Gobierno (asalto al Capitolio) tiene tan tenebroso horizonte como meta. Ciudadanos, que ganó las anteriores elecciones desperdiciando miserablemente el resultado: Arrimadas huyó a Madrid cuando pudo hacerlo obviando su responsabilidad y sin atreverse a reclamar el derecho que le asistía a intentar formar gobierno en el Principado aunque no le dieran los números, protagoniza larga agonía. El expartido de Albert Rivera, uno de los grandes fraudes de la reciente política española, se dispone a sufrir pérdidas semejantes a las padecidas en el Congreso de los Diputados. La derecha española solo tendrá una satisfacción: la irrupción de Vox. Jolgorio para algunos.

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