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Antoni Aguiló Bonet

Antoni Aguiló Bonet

Filósofo del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coimbra

¿La vacuna del olvido?

Dice Boaventura de Sousa que las sociedades actuales se dividen en dos grandes grupos poblacionales: quienes no pueden olvidar y quienes no quieren recordar las injusticias de ayer y hoy. La dicotomía entre olvido y memoria fue una de las que atravesó con más fuerza los debates éticos y sociales de la segundad mitad del siglo XX. Las guerras mundiales, los totalitarismos, los fascismos, los campos de exterminio, los gulags y los crímenes contra la humanidad exigieron una reflexión sobre el deber de recordar bajo el imperativo de que «Auschwitz no se repita», en palabras de Adorno.

Si el siglo XX fue, en buena medida, el siglo de la memoria, puede que el siglo XXI lo sea de la desmemoria, sujetos como estamos a la era del aceleracionismo, de la inmediatez y de las fake news. En plena crisis pandémica corremos el riesgo de desarrollar una memoria frágil y muy selectiva que registre solo como recordables determinados datos abrumadores (las estadísticas oficiales de infectados, de fallecidos y curados, los datos de desempleo, etc.) cuidadosamente seleccionados, en detrimento de aquella memoria común de las experiencias cotidianas vividas, de los aprendizajes, de los sentimientos, de la vulnerabilidad, la precariedad y finitud de la vida.

En Cien años de soledad, Gabriel García Márquez narra un episodio magistral sobre la importancia del deber colectivo de no olvidar. Habla de una plaga contagiosa en forma de epidemia de insomnio que se extiende y aflige a los habitantes de Macondo, y cuya evolución más crítica consiste en contraer la enfermedad del olvido. Cuando el enfermo se acostumbraba a estar despierto durante días, su memoria comenzaba a desvanecerse paulatinamente. Primero se desvanecían los recuerdos de su infancia, luego el nombre y el significado de las cosas y las personas y, en una fase terminal, se olvidaba por completo de la consciencia de su propia existencia, cayendo en un estado que Márquez describe como «idiotez sin pasado». Los intentos de restaurar la memoria perdida fueron innumerables: desde brebajes medicinales hasta la construcción de una máquina que ofrecía la posibilidad de repasar los conocimientos adquiridos a lo largo de la vida. No obstante, ninguno de los remedios surtió efecto. Lo único que logró curar a Macondo de la amnesia fue una poción mágica traída por el viejo Melquíades, una especie de sabio alquimista.

La vacuna contra el coronavirus corre el peligro de percibirse socialmente como la poción mágica de Melquíades, la cura «milagrosa» en la que las personas depositan todas sus esperanzas, cuando en realidad la mejor respuesta preventiva a las nuevas pandemias es el fortalecimiento de la inversión pública en el estado de bienestar y un enfoque ecológico de la vida y la economía.

Sin embargo, entre los efectos colaterales de la vacuna se encuentra la posibilidad de un episodio de amnesia colectiva. ¿Cómo entender dicha amnesia en el contexto actual? ¿Qué relación hay entre la amnesia y la pandemia?

Metafóricamente hablando, los posibles efectos amnésicos derivados de la vacuna son varios. Entre ellos olvidar que 2020 probablemente suponga la entrada en el Covidceno, la era de las pandemias. Puede que el tan anunciado «principio del fin» de la covid-19 tan solo sea el fin del principio de las próximas pandemias

Otro posible efecto adverso consiste en olvidar que el impacto más arrollador de la crisis lo sufren los sectores que el capitalismo considera cargas improductivas: las personas mayores, los enfermos y las personas dependientes. ¿Olvidaremos la importancia de políticas sociales eficaces que protejan a los sectores más vulnerables que no están en condiciones de vender al mercado su fuerza de trabajo? ¿Por qué la economía capitalista de la salud permite la cooperación acelerada entre la comunidad científica, las administraciones públicas, la industria farmacéutica y las agencias reguladoras de medicamentos para fabricar la vacuna contra el coronavirus, pero no contra otros problemas de salud pública como la pobreza?

También corremos el peligro de olvidar que la pandemia se ha cebado de modo particular con los trabajadores precarizados jóvenes en lo que respecta a sus oportunidades de encontrar empleo, acceder a formación (no todos están en condiciones hacer la transición al aprendizaje en línea) y ejercer el activismo social.

Los efectos secundarios de la vacuna también nos pueden llevar a perder de vista que la pandemia de la covid-19 no afecta por igual a hombres y a mujeres, a ricos y a pobres, a blancos y a negros, a ciudadanos de pleno derecho y a migrantes sin papeles, a heterosexuales y a personas LGTBI.

Del mismo modo, existe el riesgo de olvidar que esta pandemia no es consecuencia de una fatalidad natural, sino fruto de una naturaleza colonizada; un fenómeno resultante de la acción depredadora del capitalismo sobre la vida, que invade y destroza ecosistemas. El deshielo de las zonas polares, la deforestación de bosques enteros, el aumento del nivel del mar, la proliferación de huracanes, de lluvias torrenciales y sequías, la extinción de especies y el surgimiento de determinadas enfermedades, entre otros fenómenos, son resultado de un modelo de desarrollo más vinculado a la muerte que a la vida. Según un informe reciente de la Plataforma Intergubernamental Científico-normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES), si no dejamos de explotar la naturaleza, unos 850.000 virus desconocidos en animales podrían causar pandemias. ¿Adoptarán los Gobiernos medidas preventivas para frenar de una vez por todas la más que previsible pandemia climática que se avecina o esperarán a que la gente muera en masa por exposición a una contaminación excesiva, como le ocurrió a la pequeña Ella Adoo-Kissi-Debrah?

Por último, no hay que olvidar que los países con mayores índices de fallecidos por covid-19 están encabezados por políticos de derecha o extrema derecha populista: los Estados Unidos de Trump, el Brasil de Bolsonaro y el Reino Unido de Johnson, los mismos que trivializaron la pandemia y el cambio climático.

En pocas palabras, el problema de la amnesia colectiva es la posibilidad de que el coronavirus se asimile como una experiencia de choque almacenada en una memoria pasiva y derrotada. Walter Benjamin explica que muchos soldados que regresaban del campo de batalla tras la I Guerra Mundial lo hacían enmudecidos y traumatizados. Ello les impedía transformar las experiencias vividas durante la guerra en «experiencia comunicable», es decir, en sabiduría compartida, en memoria viva.

Experiencia y memoria son constitutivas de nuestra identidad. Separarlas lleva a la pérdida de vínculos, de referentes compartidos, de comunidad, en definitiva. Tenemos el deber de preservar y compartir la memoria social de la pandemia, un registro hecho de afectos, valores y aspiraciones que nos permite no solo recordar el pasado, sino también reconstruir el presente, curar sus heridas.

En El libro de la risa y el olvido Milan Kundera nos recuerda que «la lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido». Solo con la reflexión y el ejercicio del recuerdo lograremos vencer la pandemia del olvido, superar las simplificaciones históricas y cuidar el fino y quebradizo hilo de nuestra memoria.

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