Opinión
Pedro Coll
Medievo

Medievo / PEDRO COLL
Recupero un texto escrito en 1999, agonizando el siglo XX. En estos días difíciles, reencontrarme con estas líneas me ha transportado a una sosegada sensación que añoro y en la que me refugio. Localización: Ermita de la Santísima Trinitat, en Valldemossa.
Es viernes noche y recibo una llamada del padre Mauro, Prior de los ermitaños vecinos. Me comunica el fallecimiento del más aciano de ellos. En la tarde del día siguiente, al llegar a la ermita, me encuentro con gente del pueblo ya congregada en el patio, alrededor del pozo. La habitación mortuoria es de modestas dimensiones. Paredes encaladas y una simple bombilla que cuelga de un hilo creando sombras. Sobre un suelo de baldosas de barro, encajado en un sobrio ataúd de madera de pino, descansa el cuerpo consumido de aquel anciano con el que, en algunas de mis regulares visitas al mirador de la ermita, más de una vez había cruzado palabras de cortesía. Vestido con el hábito pardo, encapuchado, su larga barba blanca cubriendo parte del pecho, las manos entrelazadas sujetando una rama de olivo. Más ramas de olivo esparcidas sobre él. Seis ermitaños rodean el féretro y rezan. Huele a incienso. Un sacerdote salpica al fallecido con el agua bendecida que lleva en un recipiente de plata. Me viene a la memoria aquella ceremonia de cremación, en la frontera de Tailandia con Laos y Birmania, a orillas del rio Mekong, en la que los familiares se despedían del finado rociándolo con el agua perfumada que contenía una vasija, también de plata. Allí lo fotografié, pero aquí ni lo he intentado, me resulta demasiado próximo, aunque mi instinto de narrador visual va memorizando instantáneas que ahora transcribo.
No se me escapa el gesto imperceptible del Prior, un simple movimiento de la cabeza con destello de tristeza en los ojos. Dos de los ermitaños se dirigen al ataúd, uno en cada extremo del mismo, y lo cubren con la tapa. Una acción definitiva, trascendente, pero realizada casi de manera burocrática. Suena igual que si cerraras un cajón de una consola y le dieras dos giros a la llave.
Me sitúo para encabezar la comitiva e imagino un traveling recordando aquel de Kubrick que recorre las trincheras interminables en ‘Senderos de Gloria’. Detrás de mí vienen tres sacerdotes, colores morados y blancos, el primero con una gran cruz, después el féretro portado por los seis ermitaños, ya anciano el más joven, luego el grupo abigarrado de vecinos.
Sigue oliendo a incienso y la tarde se hace misteriosa e íntima. Cruzamos un huerto con rosales para acabar en una plazoleta. Es el cementerio, de dimensiones adecuadas a la modesta comunidad religiosa. Ante nuestros ojos, un muro con algo más de una docena de nichos, ilegibles las inscripciones de sus lápidas desde la distancia, la fachada de una capilla y su puerta flanqueada por dos largos y finos cipreses, la infinitud del mar y un cielo otoñal. Introducida no sin dificultad la caja de pino en el nicho, ante la mirada de los asistentes, dos albañiles elaboran sonoramente la mezcla de cemento/cola y agua y colocan una lápida aún sin inscripción.
Los automóviles comienzan a desfilar de regreso. Yo voy caminando hacia casa con el fresco de la tarde en la frente, recorriendo sin prisa esos diez minutos de paseo que me separan de la ermita. Siento el privilegio de ser el vecino más próximo de este enclave medieval. Hasta Tula, que me espera echada y vigilante al pie de la verja, está impregnada del tono rojizo que muchas tardes del año acompaña a la caída del sol sobre el mar, el horizonte perfecto.
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