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Leo que durante el sitio de Leningrado, hubo un día en que por los altavoces colocados por todas las calles de la ciudad sonó la parte central del concierto para violín de Tchaicovski, la Canzonetta. La ciudad en invierno ofrecía un espectáculo terrible: nadie retiraba los cadáveres congelados a la puerta de las casas y la gente moría a causa de las bombas y de la hambruna. Murieron un millón doscientos mil de sus habitantes y los horrores vividos por sus supervivientes fueron incontables. Tanto por su número, como por la imposibilidad de ser contados: el silencio como sanación.

Conviene a veces recordar estas cosas para resituarse en el lugar y tiempo donde vivimos. Ha bastado un minúsculo bicho escapado de China para demostrar la debilidad y el desorden subterráneo de la sociedad occidental. Llevamos un año de pandemia y si se escucha a según quién parece que llevemos un siglo de mortificación. Y como el violín de Tchaicovski en el sitio de Leningrado, la retransmisión del concierto de Año Nuevo en Viena nos ha recordado dos cosas: la más importante, que aún podemos escucharlo como lo hacíamos los años en que la peste no existía y esto es un lujo. Como tantos otros que impiden cualquier queja: que haya alimentos, estar con nuestras familias, que podamos en casa escuchar a Bach, leer a Tolstoi y ver cine clásico o cine último mientras el virus vuela a nuestro alrededor, como lo hacían los stukas del ejército alemán en Leningrado.

La otra son los asientos vacíos: nadie escuchando a la filarmónica de Viena dirigida por Riccardo Muti en la Sala Dorada del Musikverein. Nadie. Ahí donde cada año, entre las rosas, veíamos a los japoneses de frac y kimono, sólo estaba, como un despótico invitado, el vacío, que es una metáfora de la nada. Y uno cree que esta metáfora no nos enseña donde vivimos ahora sino donde podríamos llegar a vivir, por llamarlo algo, de seguir las cosas así. Todavía no es la orquesta del Titanic tocando mientras el buque se hunde: ya tenemos vacuna y se supone que aprenderemos a comportarnos y podremos recuperar lo que fue nuestro: al modo de vida me refiero. Pero es un aviso que ni siquiera el ballet del intermedio del concierto, representando un asunto erótico entre tres chicas juguetonas y un joven estupefacto consigue hacer olvidar.

Este año no se han suspendido las cabalgatas de Reyes Magos, como no se ha suspendido el Concierto de Año Nuevo y eso es bueno porque habla de lo que somos y hemos de resistirnos a dejar de ser. Pero las calles, como la platea y los palcos del Musikverein vienés pasado mañana estarán vacías. Por estas fechas suelo acudir desde hace años a la lectura del maravilloso poema de Eliot titulado El viaje de los Magos. Su periplo es inverso y a la vez familiar del que estamos viviendo ahora. Abandonan lo confortable de sus vidas para conocer un bien superior que saben inminente.

El poema narra ese viaje entre la comodidad y el lujo y la dedicación al estudio y los placeres, por un lado, y la búsqueda de la celebración de un misterio que hará que el mundo ya no sea como antes, por otro. Y leemos las penurias que pasan y la fe que los sostiene. Atraviesan el invierno, los camellos se llagan, los camelleros murmuran, quieren traicionarles, tal vez asesinarlos y robarles las riquezas que llevan. Una noche los abandonan y quedan ellos tres solos en un paisaje extraño, como extraño les resulta no tener criados ni palafreneros. Hacen escala en ciudades hostiles y pueblos poco amistosos, donde les cobran sumas exageradas por alojarlos en sitios inmundos. Apenas logran dormir y oyen voces que les dicen que su empresa es una locura, que regresen a sus palacios de mármol y a sus bailarinas de piel de oro, a sus libros sabios y a sus mapas celestes, a sus lechos mullidos y jardines cálidos y exuberantes. Sin embargo, la voz del rey mago que dice el poema, asegura: «Todo eso pasó hace mucho, lo recuerdo./ Y lo volvería a hacer…» para luego añadir: «Regresamos a nuestros Reinos/ y ya jamás estuvimos a gusto aquí/ en el viejo estado de cosas/ con una gente extraña aferrándose a sus dioses». Y esta nueva sensación, que ha de acompañarles hasta la muerte, es hija del milagro del nacimiento que han contemplado, como si en vez de poderosos reyes con poderes mágicos fueran peregrinos dispuestos a inscribirse, también ellos, en el censo del emperador Augusto (recordar la deliciosa pintura de Brueghel).

Aquel nacimiento –lo sabe ahora, lo vislumbró entonces– anuncia una muerte para la salvación de los hombres que viven en el viejo estado de cosas, aferrándose a sus dioses. Y desde que la estrella le marcó el lugar donde ocurría el milagro –escribe Eliot–, ya no puede mirar igual que antes ni a los hombres, ni a sus viejos dioses. Pero conserva entera toda la esperanza que les fue concedida aquel día en el establo de un pequeño pueblo lejano. Pues eso. Y que continúe La Marcha Radetzky y las calles vuelvan a llenarse de rostros sin máscara (aunque haya que reconocer que las miradas, ahora, tienen una intensidad aún más enriquecedora).

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