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Matías Vallés

Boulevard | La península andorrana de Formentor

Carlos Fuentes lo llamó «espejo del cielo», y repetía una instrucción imprescindible para preservar la magia del entorno, «sobre todo, que no lo reformen»

El judío Simon Peres y el palestino Yasir Arafat, en su último viaje, se estrechan la mano en Formentor al mes siguiente del 11S.

El judío Simon Peres y el palestino Yasir Arafat, en su último viaje, se estrechan la mano en Formentor al mes siguiente del 11S.

Cuando otros peregrinaban a Lluc, yo subía al santuario laico de Formentor. Hasta dos veces en un mismo día para otras tantas entrevistas, Art Garfunkel y Eddie Constantine. O un mediodía de agosto de 1992, a postrarme sudoroso ante una hamaca de la playa, donde Carlos Fuentes tenía la cara oculta por un volumen de Thomas Hardy que retiró para que mantuviéramos un diálogo enriquecedor:

—Señor Fuentes, ¿puedo hacerle unas preguntas.

—No.

Y volvió a refugiarse tras la novela. Otra subida dos días después, para entrevistar a Fuentes gracias a la intercesión de su esposa Silvia Lemus, y empezar así una relación de dos décadas. En aquel debut me predijo la victoria de Bill Clinton, que ya admiraba al escritor y después se convirtió en su anfitrión recitador de Faulkner en la Casa Blanca

Podríamos recurrir al enamoramiento súbito de Octavio Paz, Vicente Aleixandre, Helmut Schmidt, Severo Ochoa, Adolfo Suárez o Felipe González que humilló a los mejores chefs de Mallorca pidiendo una tortilla. Todos ellos han acuñado descripciones primorosas de Formentor. De nuevo, Fuentes los sintetiza en «espejo del cielo», es prácticamente el único que no emplea la palabra «paraíso».

Por definición, los mallorquines no suben a Formentor. Una de las estampas inolvidables de la isla es el rostro de asombro de un nativo al descubrir un paraje que no hubiera imaginado en ningún lugar, y menos en casa. Como ejemplo de huésped, Fuentes no se abstuvo ni un año durante los veinte que siguieron a su arrebato inicial. En ocasiones, confundía a sus anfitriones de otros rincones de Mallorca anunciándoles que se volvía a Londres, para encerrarse en el enclave secreto «porque estamos repasando la filmografía entera de Hitchcock, hoy toca La soga».

Conviene regresar a la realidad, de la mano de la prevención que Fuentes exteriorizaba cada verano que visitaba Formentor:

—Sobre todo, que no reformen el hotel.

Y miraba implorante hacia el cielo, porque sabía que los bárbaros siempre imponen su ley. Ahora mismo, el hotel vendido por Barceló retoma su peor época, cuando acuñó la palabra estraperlo al inaugurar la ruleta viciada de los estafadores Strauss y Perle. No suele entenderse que la transacción, bajo la connivencia del ayuntamiento de Pollença, el Consell Asfaltador y demás instituciones folklóricas, incluye una de las mayores fincas de Mallorca. A partir de ahora, será la península andorrana de Formentor, porque puedes comprar el alma de la isla sin dar la cara.

Algo ha podido espigarse de Jordi Badia, el fenómeno que adquiere en teoría la península de Formentor:

El diario La Vanguardia, nada propenso a excesos verbales, le llama «buscavidas», y los comentarios de los lectores son irrepetibles en una sección como esta que no solo leen los niños.

El diario Ara corrige a su colega, y en un informe corrosivo llama «impostor» a Badia, famoso por las siguientes operaciones:

Anunció la compra de la torre Agbar de Barcelona para convertirla en un hotel de Hyatt. NO REALIZADO.

Anunció la compra de la sede del Deutsche Bank en Barcelona para convertirla en un hotel de Four Seasons. NO REALIZADO.

Anunció la compra de las Torres de Colón en Madrid para convertirlas en un hotel de Hyatt. NO REALIZADO.

Con este sensacional currículum, por fuerza debía aterrizar en Mallorca. Tras una opción de decenas de millones de euros, Barceló asegura haber cobrado los 165. Será el único. A Formentor le aguarda el destino de Majorica, del cuello de Hillary Clinton o la reina Sirikit de Tailandia a la nada. En la imagen que hoy nos ilustra, el judío Simon Peres y el palestino Yasir Arafat, en el último viaje antes de su muerte, se estrechan la mano en el hotel al mes siguiente de los atentados del 11S. El único lugar del mundo donde sería posible.

Reflexión dominical igualitaria: «Un auténtico republicano solo querría derribar a una monarquía en condiciones».

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