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Matías Vallés

Al Azar

Matías Vallés

No hay años malditos

Los políticos siguen hablando desde la convicción de que nadie les escucha. Imprimen la velocidad de crucero, sin detenerse a pensar en que ocasionalmente bajamos la guardia y atendemos a su perorar. Un descuido en la imprescindible tarea de desoír a los gobernantes me ha supuesto el bofetón verbal más desagradable que he recibido este año, a cargo del abanderado José Luis Martínez-Almeida. El alcalde de Madrid prendió la iluminación navideña calificando desafiante a 2020 de “año maldito”. El afán de costumbre por descargar las desgracias en causas ajenas a nuestra voluntad, aunque sea como trampolín para anunciar fechas más venturosas.

El tiempo lo fabrican sus habitantes, casi da vergüenza recordar que 2020 es inocente. La pasión por proclamar contiendas estériles contra generalidades empezó por la guerra contra el terror, y se amplió a la guerra contra el virus. Era cuestión de tiempo que se proclamara la alta traición del calendario, maldito octubre. En el caso concreto de Martínez-Almeyda, debería estar agradecido al año que acaba. Ha sido nada menos que alcalde de Madrid, conservando el cargo pese a una alianza precaria y quizás por encima de sus merecimientos. ¿De verdad desea borrar este periodo de su currículum?

Hay algo peor que maldecir años, el cenagoso voluntarismo de quienes encuentran consuelo en el infierno. Responden a la versión beatífica del general Leslie R. Groves, colocado al frente del Proyecto Manhattan y para quien la radiación de la bomba atómica “es una forma muy agradable de morir”. No hay forma de relativizar al coronavirus, ni de encontrarle virtudes heroicas a un confinamiento que consiste en encerrarse en casa y cerrar los ojos bien apretados hasta que amaine. Todo ello ha ocurrido en 2020, que aporta el escenario, pero nadie le preguntó al pobre año su opinión.

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