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José Francisco Conrado de Villalonga

Celebraciones con allegados

Celebraciones con allegados

Celebraciones con allegados JOSÉ FRANCISCO CONRADO DE VILLALONGA

El ministro Salvador Illa cae bien, le han echado el muerto, echar el muerto, -expresión castellana procedente ya de la Edad Media y que sigue en uso-, vaya «marrón», para este licenciado en filosofía, con aspecto de despistado y de buena persona. Está dando la cara todos los días por un tema que seguramente desconoce, como todo el mundo. Illa no es tan perifrástico como Sánchez, parece que va de buena fe y dice lo que cree. Ahora se ha metido en un lío del que no sabe cómo salir, parece como si hubiera leído a Hegel en su Duplicación, difícilmente habría podido confundir mejor al personal. Desea conciliar la prevención, ante la gravedad de la pandemia y a la vez, facilitar la vida a la gente en estos asuetos de navideños. Con esta intención, se supone, ha firmado un decreto en el que introduce el término «allegados» a la hora de autorizar reuniones con familiares, conocidos, etc.. El adjetivo «allegado» incluye el término «cercano» y, referido a personas, caso que nos ocupa, sitúa a aquellos que por parentesco, amistad, trato próximo o de confianza, por lo que, al ser seres vivos, se trataría de un adjetivo sustantivado. El vocablo, etimológicamente, procedente del verbo «applicare» – acercar-, que es un verbo transitivo, que implica precisamente juntarse para hacer algo.

Nada más lejos de caer en una torpe discusión, en una cuestión bizantina, sería inútil, pero debemos reconocer que el término utilizado en el decreto resulta ambiguo y poco acertado. Si acudimos a la Real Academia de la Lengua, institución cultural que cuida del idioma, no se facilita la cuestión. Dice que allegado es una persona «cercana o próxima en el espacio o en el tiempo», por lo tanto el abanico se abre más. Ante la «confusión decretada» se ha acudido al propio ministro pidiéndole concreción y ha dicho, «todo el mundo sabe que quiere decir allegado, todos saben lo que quiere decir el apelativo». El ministerio de Sanidad ha salido al paso diciendo que «allegados son aquellos con quienes mantenemos una afectividad especial». Ante la insistencia de los periodistas el ministro ha precisado un poco más, diciendo que son «personas que sin tener una relación clásica con otra persona, tengan una vinculación sentimental muy determinada», ¡pues vaya! Entonces ha aparecido Fernando Simón, ya popular en los medios y ha echado un capote a su ministro diciendo que «el término allegado busca recoger todas las realidades sociales, como por ejemplo un vecino, un primo con otro primo», eso sí ha aliviado el problema, si se trata de vínculos consanguíneos podemos acudir al árbol genealógico y enseñárselo a la policía. Pero cuándo exista una relación íntima, ¿que se le explicará al agente de la autoridad? Novios, amantes, amigos con derecho a roce, ¿se requerirá un salvoconducto que lo acredite? ¿Deberán ir los guardias provistos de un test que analice esta relación? En algún viaje al África subsahariana estuve en Tanzania, en Masai Mara, concretamente, región del Serengueti, allí conocí algunos masais que me explicaron su filosofía de vida, lo cual hizo que me sintiera allegado a ellos, ¿puedo entonces invitarles a cenar estos días? Cuando los jóvenes organizan jolgorios se supe que los hacen con allegados, pero, ¿qué hay que hacer con ellos? ¿Condenarlos a prisión permanente por reincidir con allegados?

Existen otros allegados más complicados, los allegados en política, estos son persistentes, recalcitrantes, no sabemos de dónde salen, quienes son, pero si sabemos que se quedan, que no se van, son allegados al jefe y, aplauden, cuando más aplauden más allegados. ¿Y los que organizan tramas de corrupción? Acaba de ocurrir con el alcalde de Río de Janeiro que ha sido pillado en una componenda de corrupta con un empresario llamado Rafael Alvés, seguro que son allegados y han terminado los dos en la cárcel en donde probablemente se comerán los turrones juntos. No queremos caer en posiciones maniqueas, no podemos reducir la efectividad de la norma a una posición radical sobre lo acertado o equivocado de un vocablo, pero si podemos aconsejar al ministro que lo mejor que puede hacer es «recular» con ese término y redactar un nuevo decreto.

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