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Nueva sociedad, nueva política

Terrores cotidianos

Las sociedades actuales tragan con casi todo si se aplica bienmiedo y manipulación

Terrores cotidianos

Terrores cotidianos

La pandemia está teniendo un efecto perverso y otro esclarecedor. El perverso es que ya casi no atendemos a otra cosa, aunque los que trabajan a diario para construir una sociedad peor y más desigual no descansan. El esclarecedor es que ahora sabemos que la ciudadanía de las democracias liberales contemporáneas está dispuesta a tragar con casi todo si se aplican dosis adecuadas de miedo y manipulación.

Para ver esto último no habría hecho falta pandemia. Está contado en tres documentales del último lustro: el sueco La teoría sueca del amor (Gandini, 2015), el francés El mundo según Amazon (Lafarge y Pinon, 2019) y el estadounidense El dilema de las redes (Orlowski, 2020). Podría ser una trilogía del terror que sustituyera a Nosferatu (Murnau, 1922), Psicosis (Hitchcock, 1960) y ¡Suspense! (Clayton, 1961). No porque sean mejores películas, sino porque describen muy eficazmente el terror cotidiano que deberíamos sentir si no nos distrajera la maquinaria político-mediática.

La teoría sueca del amor explica la forma de vida en Suecia, considerado a veces como modelo social europeo y ejemplo mejor acabado de proyecto socialdemócrata. Se explica que las personas mayores mueren abandonadas en sus casas, a veces halladas meses después; que la inseminación «in vitro» está sustituyendo el proceso biológico y familiar compartido; que no existe la idea del cuidado mutuo; o que los hijos emancipados apenas mantienen relaciones emocionales con sus progenitores. El filme presenta una sociedad fría, deshumanizada y orientada al individualismo más atroz. Si eso es un modelo de éxito, es obvio que el liberalismo ha impregnado hasta tal punto la política social que no merece ser llamada socialista ni, desde luego, que nadie se esfuerce en trasladar al resto de países ese modelo terrorífico.

En El mundo según Amazon se describe el poder omnímodo de un gigante monopolio comercial y tecnológico que está consiguiendo subvertir el orden democrático silenciosamente, con la complicidad del poder político. No solo está alterando el supuesto libre comercio, sino que además reclama para sí la toma de decisiones que corresponde a los gobernantes. El multimillonario Jeff Bezos no quiere sindicatos ni pagar impuestos ni mediadores políticos ni competidores comerciales: pretende un poder absoluto sin control alguno. El relato de cómo lo está logrando en Seattle es estremecedor para cualquiera que tenga un mínimo de conciencia social.

En El dilema de las redes se nos cuenta cómo las grandes plataformas de interacción digital (Facebook, Twitter, Instagram, WhatsApp, etc.) están diseñadas para apropiarse de nuestros datos, saberlo todo de nosotros, controlar nuestra actividad y condicionar nuestras decisiones: la distopía orwelliana ya está aquí.

Lo más interesante de estos filmes es que nos los cuentan sus protagonistas: ciudadanos suecos, trabajadores de Amazon, políticos que han intentado enfrentarse a Bezos, y algunos «arrepentidos» ideólogos de las redes sociales.

El conjunto de estas tres propuestas demuestra que la mítica frase del magnate Warren Buffett («Sí, hay una lucha de clases, y es mi clase, la clase rica, la que la está haciendo y ganando») se ha quedado ya muy atrás. Ganada esa guerra, ahora se pretende crear un modelo de control absoluto de los datos y las voluntades de las personas, centralizado en el poder económico, donde la democracia pase a ser poco más que un entretenimiento de las clases populares. Frente a esto, la izquierda lo más que es capaz de proponer es un modelo liberal al estilo sueco, donde imperan la identidad personal y el individualismo por encima del bien común y el colectivismo.

Lo que necesitamos ahora no es una clase política encantada de recoger las migajas del poder económico en su único beneficio, que aplaude con las orejas cuando Amazon riega las sociedades pobres de empleos precarios, conformista con el modelo asistencial de un Estado de bienestar moribundo y cobarde para enfrentarse a los grandes propietarios de los medios. Necesitamos valientes capaces de proponer un modelo alternativo a la sociedad completamente deshumanizada que antes solo estaba en el horizonte y que la pandemia ha demostrado que ya está entre nosotros.

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