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Mercè  Marrero

La suerte de besar

Mercè Marrero Fuster

Todo tan normal

Me encantaría ser una mujer que, sin venir a cuento, susurrara un par de palabros en francés con los morritos cerrados. Alguien sofisticado, imprevisible y con un punto de genialidad, pero no. Todo es mucho más normal

Todo tan normal

Todo tan normal

Me habría gustado ser artista. Me habría dado igual la disciplina, mientras hubiera sido una artista de verdad y bien cargada de tópicos: bohemia, nocturna, un punto atormentada, genial, seductora y practicante del amor libre. Por supuesto, habría sido una artista que llevara capa. Todavía recuerdo la entrada de una pintora en una sala, la noche de la inauguración de una exposición colectiva. Apareció bajo los focos arrastrando una capa negra por un suelo repleto de colillas. Era la época en la que fumar era de personas interesantes. Guau. Ojalá hubiera sido ella, a pesar de que nadie entendía su obra ni sabía apreciarla. Me habría gustado ser mujer de las que sueltan parrafadas en francés. Siempre me ha fascinado esa gente que, sin venir a cuento, te susurra cuatro palabros con los morritos cerrados. Y cómo disfrutaría siendo una tía que no hace planes. Querría haber sido ese tipo de mujer que transpira libertad por cada poro de su piel. Alguien poco apegado a su entorno, familia o costumbres. Alguien que, tal día como hoy, decide irse a meditar a una montaña o a hacer surf con un traje de neopreno. O que, simplemente, duerme todo el día porque la noche anterior se quedó hasta tarde charlando y bebiendo con un par de artistas del movimiento Bauhaus.

La realidad es tozuda y ni soy artista ni hablo francés. En mi fondo de armario dominan los vaqueros y las camisetas y solo llevé una capa las Navidades que hice de Rey Melchor. Estoy apegadísima al entorno y a mi familia. Necesito hablar con mi madre varias veces al día, adoro mi pueblo, irme a dormir pronto, madrugar y el año que me fui por ahí durante estas fiestas me añoré. Es decir, soy alguien tremendamente normal e, incluso, previsible. Nostálgica del pasado, un pelín angustias con el presente y cautelosa con el futuro. Soy de las que, la última semana del mes, revisa la aplicación del banco para confirmar que le han ingresado la nómina, hace cuentas para saber si podrá cambiar la nevera y ahorra para, en algún momento del año, darse un capricho. Prefiero un plato combinado a un menú de degustación, soy feliz haciendo deporte en mi gimnasio low cost y no cambiaría por nada del mundo una velada de películas y palomitas con mis hijos. Todo tan normal y, a la vez, tan extraordinario.

Son unas Navidades raras. Seremos pocos en las celebraciones y, seguramente, echaremos de menos a muchos, pero me pregunto si no puede ser una oportunidad para aprender a disfrutar de las fiestas de una manera más sencilla. De volver a la esencia. Sin tanto trote por los centros comerciales, sin tanta exigencia de comprar por comprar o de tener que aparentar que somos felices. Sin tanta obligación de ver a personas a quienes no añoramos el resto del año o sin tener la sensación de vivir en una permanente bacanal gastronómica. Me pregunto si ésta no puede ser una posibilidad para volver a esas Navidades de cuando éramos pequeños. En que lo único que queríamos era estar con las personas con las que somos felices. Y nada más. Yo voy a echar muchísimo de menos a algunas, pero hasta esa emoción es rematadamente normal.

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