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Ramón Aguiló

La extrañeza de una Navidad acorralada por el virus

La realidad de esta Navidad que hoy celebramos no nos puede parecer más extraña. Nunca podíamos imaginar que viviríamos lo que en situación de normalidad pensaríamos que es una distopía. Es verdad, teníamos el funesto precedente de la gripe española de 1918-1919, pero cien años después, los más de 50 millones de fallecidos se relativizan, especialmente si siguen a una carnicería como la de la primera Guerra Mundial. Nos vamos aproximando a los dos millones de muertos en todo el mundo, una cifra terrible, pero, con todo, muy alejada de aquella. El inicio de las vacunaciones este domingo hace prever que durante el 2021 podrá recuperarse el control sobre la pandemia que hoy por hoy parece descontrolada. Es así en EE UU, Brasil, y en Europa, donde la segunda ola hace estragos en el Reino Unido, Alemania, Italia y Francia, con datos en este momento peores que en España. Aunque no se puede descartar que una tercera ola irrumpa con fuerza aquí tras las reuniones familiares de estas fiestas y el posible descontrol de jóvenes que creen ser inmortales. A reseñar dos cuestiones que nos afectan especialmente estos días: una, el tremendo pandemónium de medidas diferentes en cada comunidad que pone sobre el tapete la estrategia escapista del gobierno de la nación, sólo presente cuando hay que comunicar buenas noticias, dejando para los gobiernos autonómicos toda la panoplia de restricciones que confunden y, en algunos casos, desesperan. Una de las comunidades más afectadas es Balears que se sitúa en los peores datos de contagios acumulados los últimos catorce días, superando con creces los 400 casos. Otra, es el espectáculo ofrecido por el gobierno británico abandonando a su suerte a los miles de conductores en la carretera que conduce a Dover, muchísimos españoles. Aunque el gobierno francés ha reabierto la frontera para posibilitar la vuelta a casa de los transportistas, la exigencia de test negativos y el ingente número de afectados imposibilita una rápida vuelta a casa sin que el gobierno británico se haya preocupado por su situación. Boris Johnson, como Trump, ha demostrado con ganas ser un portento desmontando vínculos, pero una catástrofe aportando soluciones; los disturbios contra la policía así lo confirman.

La situación política española sigue siendo preocupante, como lo demuestra la expectación con la que se esperaba en el día de ayer el mensaje de Navidad del Rey. La mayoría de los medios de comunicación avisaba de su trascendencia y desde cada posicionamiento político, especialmente del identificado con el republicanismo de Unidas Podemos, se avisaba de la necesidad perentoria de un pronunciamiento inexcusable de Felipe VI condenando las manifiestas irregularidades de su padre. No creo en su virtualidad. No por enfrentarse a su padre, costumbre corriente entre los borbones, va a ganarse el Rey a los republicanos de Unidas Podemos. Es más, puede que sea necesario que Felipe VI reitere su compromiso con una monarquía a la altura de las exigencias que hoy exige la ciudadanía española, pero constituye un castigo inmerecido la exigencia de matar (figuradamente) al padre que enarbolan esos aprendices de revolucionarios, que a las primeras de cambio se aseguran el bienestar que hasta ayer denostaban de los demás y que, para deshacerse de los que les molestan, no dudan en denuncias falsas de acoso sexual. Pedro Sánchez tiene probado carecer de escrúpulos, pero no creo que se sume a la villanía que pretende Iglesias. En algún momento habrá que considerar el flaco favor que los podemitas hacen a la causa republicana si sólo son ellos los que se identifican con la misma. La identificación de UP con republicanismo puede suponer, más que un reforzamiento de UP, el reforzamiento de la monarquía. Sorprende el silencio de los afiliados del PSOE que, como es conocido, se identificaba como partido republicano, y es muy dudoso que por algún mecanismo desconocido se hayan convertido en monárquicos, por mucho que éste sea un partido en manos del césar Sánchez. Sea como sea, el juego del trile de Sánchez no puede ser eterno. Si por una parte se asegura toda la legislatura con la aprobación de los presupuestos de forma definitiva el pasado miércoles y se dispone a continuar con la alianza con UP, nacionalistas e independentistas, al mismo tiempo no se recata en proclamar su compromiso con la Constitución y, por tanto, con la monarquía, es decir guarda una frontal oposición con quien gobierna y con quienes le dan los votos para gobernar en las cuestiones más trascendentales del Estado, en su corazón político: la Constitución y la monarquía. Si se vende el alma a Mefistófeles Iglesias, como Fausto, apremiado por sus promesas: «Comprométete, pues; con júbilo verás en estos días mis artes; yo te daré lo que hombre alguno podría darte» uno siempre pierde la apuesta a no ser que le salve «in extremis» al final un coro de ángeles. Al final, Sánchez deberá elegir, retratarse, y no es seguro que todos los que le han acompañado creyendo que cuanto peor mejor para ellos, estén satisfechos con el retrato. Puede que ni los mismos votantes socialistas. Pero para eso habrá que esperar.

El final del año, desde el punto de vista parlamentario, ha sido desigual. La aprobación de los presupuestos y de la ley Celaá son un combustible para que la nave del Estado siga un rumbo incierto hacia no se sabe dónde. Decía Séneca que no hay viento propicio para quien no se dirige a ningún puerto. Recordaba Montaigne que «ninguna ley goza de verdadera autoridad sino aquélla a la que Dios ha dado cierta duración antigua, de modo que nadie sepa su origen ni que alguna vez ha sido diferente». Sólo algunos, quizá la mayoría, podrían alegrarse por otro hito parlamentario, que este sí debe aplaudirse: la ley de la eutanasia. Así lo expresaba una compilación de versos gnómicos citada por Michel Eyquem que «había reparado en que la mayoría de las opiniones antiguas convienen en esto: cuando vivir tiene más de mal que de bien, es hora de morir, y conservar la vida para nuestro sufrimiento y malestar se opone a las leyes de la naturaleza. Así lo dicen estos viejos preceptos: O una vida sin pesar, o una muerte feliz. / Es bello morir cuando vivir es penoso. /Es mejor no vivir que vivir en el dolor».

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