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Daniel Capó

Las cuentas de la vida

Daniel Capó

La luz de la esperanza

El ejemplo de Maïti Girtanner nos habla de la Navidad y del amor que sostiene la vida

La biografía de la francesa Maïti Girtanner no es muy conocida en España. Nacida en 1922 en el seno de una familia de músicos –su abuelo materno, discípulo de César Franck, fue profesor a su vez de Alfred Cortot–, Girtanner parecía destinada a seguir una exitosa carrera de pianista. Llegó la guerra y, con apenas dieciocho años, empezó a tocar para los oficiales del ejército nazi mientras colaboraba en secreto con la Resistencia gala. Era joven, guapa, políglota, encantadora. Durante tres años fue pasando información a sus compañeros, hasta que en octubre de 1943 fue detenida por la Gestapo y conducida a un chalé del País Vasco francés, donde junto a otros prisioneros fue torturada día y noche para que delatase a los miembros de la Resistencia. No lo hizo y pagó cara su lealtad. Su médula espinal quedó dañada irremediablemente, por lo que tuvo que abandonar su carrera pianística. Sufrió dolores crónicos el resto de su vida: dolores que muchas veces le impedían dormir o descansar. Durante un tiempo temió por su salud mental, pero ella misma entendió que «no podía permitir que su vida se convirtiera en una tragedia». Para evitarlo, sabía que la clave consistía en el perdón: perdonar a los verdugos y perdonarse a sí misma. Y empezó a rezar por ese perdón, convencida de que, pese a todo, la vida –nuestra vida– tiene un sentido y que ese sentido pasa no por la autoafirmación sino por el amor compartido. Ya en 1984, cuatro décadas después de las torturas, acudió a su casa uno de sus verdugos alemanes, un médico anciano y enfermo de cáncer. Hablaron en la intimidad del hogar bajo el azul del otoño. El visitante se arrodilló ante Maïti Girtanner y le pidió perdón. Ella alargó sus brazos y le besó la frente. La luz de aquel gesto en el que la víctima sostiene al verdugo representa, de algún modo, la luz que celebramos estos días: la esperanza de la Navidad.

Porque, en efecto, la Navidad no consiste en una «fiesta del afecto», como creen algunos políticos, ni en una feria ambulante del consumismo más sentimental, sino en la memoria y el recuerdo de un relato misterioso en el que un Dios se hace carne para enseñar a los hombres el lenguaje de un amor que se sustancia en el perdón. Y que nos recuerda que toda vida, incluso la más insignificante y olvidada, es digna precisamente porque forma parte de una red de afectos, de una urdimbre de miradas que nos sostienen. El filósofo lituano Emmanuel Lévinas solía repetir que fue Bobby, un perro callejero, el que hizo posible con su afecto cotidiano que no perdiera su humanidad en el campo de concentración. Su mirada y su alegría le recordaban que era un hombre, y no un gusano, como pretendían sus guardianes.

Diríamos que es el amor el que sostiene la vida: el amor y no la muerte, el amor y no el rencor ni el resentimiento. La Navidad nos habla de este amor discreto y sigiloso, tan oculto como el que impulsó a los pastores en una aldea perdida de la Palestina romana hace dos mil años. Y la Navidad nos recuerda, seamos o no creyentes, que la única esperanza del hombre se sustenta en el ejemplo de los inocentes –como Girtanner– que luchan por no odiar, a pesar de tener todos los motivos humanos para ello; que luchan por no convertir ninguna vida en tragedia y que creen firmemente que el perdón sana, siempre.

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