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José Carlos Llop

Le Carré y la vacuna milagrosa

Cuando John Le Carré escribió El espía que surgió del frío, ya había publicado otras dos novelas que pasaron sin pena ni gloria. De golpe, el súbito éxito que le proporcionó El espía… lo arrojó al ojo del huracán, que es un lugar donde no se escribe: todos supieron quien se escondía tras su seudónimo. Decidió refugiarse en una isla griega y allí recrear su vida tranquila, preparando otra novela. Ya era tarde. Supo que El espía… era el último libro de su ‘etapa de inocencia’ y que a partir de ese momento su oficio estaría expuesto a la intemperie de una manera ú otra. Entonces Le Carré optó por entregarse a su destino con dignidad y no ha habido novela suya –de gran éxito la mayoría– que no tratara algún asunto de importancia para todos nosotros.

Ahora ha muerto de una pulmonía, ajena a la peste que nos azota y es muy probable que él sí hubiera sabido escribir una trama apasionante y de alta política –el duelo China-Rusia-USA y el papel de las empresas farmacéuticas– con selvas y pangolines y murciélagos enfermos en Asia y armiños febriles recorriendo Europa. Puedo imaginarlo paseando con su whippet –raza canina que compartimos– por los caminos de Cornualles, pensando en ese rompecabezas y en qué parte del mismo introducir aquella historia de amor que nunca olvidó. Puedo imaginarlo llegar a su casa –maravillosa casa, sobre los acantilados y con un magnífico estudio-biblioteca en el desván– febril como un armiño y aturdido, sin saber si es la memoria, el coronavirus, o el mero cansancio de la edad. Y ha muerto a los 89 años sin llegar a escribir la única novela sobre la covid-19 que no nos habría aburrido, pues la habría vestido de tal manera que lo que nos fatiga ahora habría resultado apasionante. De Le Carré puede decirse que se equivocó y mucho al criticar a Salman Rushdie en el momento en que lo hizo (después de la fatwa de los ayatolás), pero nunca que fuera aburrido.

Sin embargo podemos interpretar que en algunas páginas de El jardinero fiel –en cuya versión cinematográfica aparece la bella Rachel Weisz: me enamoré de su mirada en Enemigo a las puertas (vaya sitio para enamorarse la batalla de Stalingrado, pero uno es raro y lo ha sido siempre)–, en esas páginas, digo, hay un aviso que ha de servirnos para ser plenamente conscientes de la situación actual: en su crítica a las grandes farmacéuticas se encierra también una alarma para los tiempos que vivimos. Parece evidente que más pronto o más tarde vamos a acabar vacunados todos. La desesperación frente a una peste que no sólo no amaina sino que aumenta y que puede llevarnos a la tumba o dejarnos lisiados en varios frentes internos, hay que tenerla muy en cuenta. La forzada asocialización y fragmentación personal de relaciones, reducidas al teléfono, el correo electrónico o los chats, nos aísla y empobrece: embrutece y distorsiona nuestra percepción de las cosas y los hechos. Nuestra marginación oficial –confinamiento va, semiconfinamiento viene– nos separa del ejercicio de ciudadanía al que tenemos no sólo pleno derecho sino el deber de ejercer. Hay más causas pero bastan esas tres para intuir que vamos a acabar todos vacunados. Pero…

… Todo va a ocurrir sin conocer la duración segura de inmunidad que proporciona la vacuna más allá de dos meses o tres (si llegan). Sin saber –o sí– que todos vamos a ser cobayas humanas de los laboratorios, que sin cumplir los plazos habituales han logrado una vacuna de primera y urgente necesidad. Y de los gobiernos como colaboradores necesarios. O sea que la humanidad va a ser objeto del experimento médico más grande, numéricamente, que se haya realizado nunca. Si por un lado puede ser esperanzador, por otro resulta inquietante. Y vaya por delante –aquí ya es por detrás– que nunca he sido del club antivacunas. Ahora bien: de momento, frente al virus y sus consecuencias, no tenemos nada más que prudencia, higiene y rezar, claro. Y frente al temor que pueda despertar la vacuna, quizá haya que hacer como Le Carré y esconderse en otra isla griega.

Pero hay maneras de amortiguar ese temor y la ejemplaridad –tan traída y llevada en estos últimos tiempos, cuando se trata de otros, claro– es única y muy valiosa. Hace un par de semanas aparecía en televisión una mujer mayor a la que estaban vacunando en un hospital de Londres. A su lado, con la debida distancia y el pelo alborotado, as usual, estaba el premier Boris Johnson. Y cuando la jeringuilla fue vaciada en el brazo de aquella mujer, Johnson rompió en aplausos y expresiones de ánimo. Estupendo, pero no ocupó el sitio de la mujer para ser vacunado también él. No lo ocupó. Por eso no sería mala idea que para ir creando confianza en la sociedad, sus representantes políticos –que son los que ‘eligen’ el modelo de vacuna y los plazos para inyectarla en la ciudadanía– dieran ejemplo y se vacunaran los primeros, delante de su electorado: la televisión pone fácil esas cosas. Presidentes de gobierno, ministros, presidentes autonómicos, consejeros y consellers, diputados nacionales y autonómicos… en fin… tutti quanti. Y que las vacunas empleadas fueran las que nos han de poner a todos y no un placebo o simulacro para hacernos creer lo que no es: hay fórmulas para testificarlo. Es sólo una idea pero a lo mejor neutralizaría tanto escepticismo. Que haberlo, haylo.

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