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Pilar Ruiz Costa

Cerrado por derribo

He viajado unos días a Mallorca por una burocracia inaplazable, que si no, no me habría movido. Hay que mantener en equilibrio el universo y su yin yan y me toca ser prudente para compensar a algún cafre de esos que andan moviéndose en zigzag, como si nada de esto estuviera pasando. Me he marchado, además, comprimiéndolo todo lo que he podido para asegurarme estar de vuelta en la capital antes del cierre perimetral, no fuera a ser que no me reconocieran —entre la mascarilla y la crisis, que anda una cada vez más flaca— y me dejaran fuera. Como Viktor Navorski, en La Terminal — el personaje de Tom Hanks —, en tierra de nadie. Los habitantes de Krakozhia en Nueva York y los ibicencos empadronados en Mallorca con residencia en Madrid tenemos mucho más en común de lo que parece a simple vista y no nos conviene llamar la atención cuando se perpetran golpes de estado ni cuando estos esta-dos son de alarma. En ambos casos, la mejor estrategia es la de las zarigüeyas, ¿las han visto alguna vez hacerse las muertas? Se quedan quietas, con las patitas para arriba, la cabeza de medio lado y la lengua colgando, dejando como meros aspirantes a los oscars a los cocodrilos y sus burdas lágrimas de cocodrilo. Porque si algo comparti-mos los habitantes de Krakozhia, los ibicencos en Madrid y las zarigüeyas es que los predadores pierden rápidamente el interés por nuestras mollas cuando ya no nos mostramos criaturas productivas, recaudables o, cuanto menos, vivas. Y hablando de cadáveres, los aeropuertos. Tanto el Madrid Barajas Adolfo Suárez, como el Palma Son Sant Joan, como, apuesto, el John F. Kennedy, son cadáveres. Y por el olor hasta diría que hace ya semanas del deceso. Como si alguien los hubiera vaciado para el rodaje de una película, como si se trataran de escenografías a medio montar y fuera a encontrarme a Tom Hanks durmiendo en la T4. Mostradores de facturación cerrados, controles de seguridad desiertos, ¡me hicieron dos controles de drogas! ¡Dos! Porque seguramente, si no, con los pasajeros actuales no alcanzan el cupo. El recorrido de pasillos por el que te obligan a atravesar todo el Duty Free, convertido en un laberinto con caminos cerrados por una catenaria traicionera que te obliga a buscar una ruta alternativa esquivando botellas de champán —como si hubiera algo que celebrar— y frascos de perfumes —como si hubiera alguien para olerte—. Largos pasillos de tiendas, bares y restaurantes que antaño hacían su agosto todos los meses, ahora, cerrados, envueltos en plásticos negros y yo, bien envuelta en mi mascarilla, a paso firme, pero de puntillas, haciéndome la zarigüeya, no vaya a descubrirme alguna flaca azafata de degustaciones empeñada en alcanzar también solo conmigo el cupo de ventas de turrones de Alicante. ¡Cuánta responsabilidad!

Y los taxistas flacos mirando casi con súplica a los recién aterrizados, cruzando los dedos: «Que alguno vaya a Can Picafort, que alguno vaya a Can Picafort», para descubrir que pasan de largo con sus bultos de 55 por 40 por 20 para amontonarse bajo la marquesina de la parada del autobús. Y recorrer Paguera o el Port d’Andratx, sin apenas un lugar para el avituallamiento, algo abierto. El paseo marítimo de Palma, otra sombra de lo que fue, con sus veleros flotando a desgana. Y bor-dear la costa, caminando desde Ciudad Jardín a Portixol y sorprenderme al descubrir la cantidad de autocaravanas y furgonetas que se han asentado allí. Ya no son surfistas llegados de otros lares que vienen a pasar algunas semanas en verano, cabalgando olas y vacíos legales, sino personas a las que la crisis ha obligado, a falta de cuatro paredes, a hacer de un chasis su hogar. Chalets de un millón de euros en primera línea que al abrir la ven-tana descubren el horizonte metálico de furgonetas y el disparate de pobres que jamás imaginaron vivir con estas vistas. Denles tiempo, los van a largar echando hostias. Es otra paradójica postal de la actualidad. De este mundo cerrado o casi cerrado por derribo. De, como cantaba Sabina, «Este virus que ni muere ni nos mata».

Deshago el camino andado y vuelvo sobre mis pasos. Me aguarda la fila de dominó de locales cerrados; del se vende, se traspasa, se alquila; el taxista desesperado que se conforma con llevarme a un aeropuerto que pide a gritos un desfibrilador —mierda, otro viaje que no me da para coserme un alijo al forro del vestido—; perderme un par de veces en los agujeros de gusano mal se-ñalizados a propósito del Duty Free y quizá, aún, cruzarme a Viktor Navorski haciéndose la zarigüeya en algún banco de la terminal y al descubrirme y saberse fuera de peligro —soy de los suyos—, levantar una patita y susurrar: «Con Dios». Y responderle: «No abuses de mi inspiración, no acuses a mi corazón tan maltrecho y ajado que está ce-rrado por derribo. Por las arrugas de mi voz se filtra la desolación de saber que estos son los últimos versos que te escribo. Para decir con Dios a los dos nos sobran los motivos».

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