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Juan Gaitán

Volver por Navidad

La soledad debe ser eso, exactamente eso, no tener a nadie que te pida «vuelve a casa por Navidad»

La mañana parece que se esconde en sí misma. Se le nota en la luz, que es huidiza y lejana, como alguien que se marcha, que ya se ha ido. Siempre escribo la columna por la mañana, con un café y periódicos por delante, porque de algo se tienen que alimentar las palabras de quienes, a falta de talento, ponemos empeño y oficio. Pero una columna es un modo de luz que para prenderse necesita otras luces, unas que no encuentro por ninguna parte. La ventana, siempre tan socorrida, solo me abre a una soledad de buganvilla que hiberna.

Es un día aciago, como han venido siendo aciagos todos los días desde ya no recuerdo cuando. Se nos va escapando de entre las manos un año detenido, un año que ha tenido tantos días repetidos que hace tiempo las fechas dejaron de tener sentido. Todos los días son el mismo, las mismas horas, el mismo horizonte cercano de paredes, de mascarillas, de riesgo y miedo.

Repetición tras repetición, se pelean los socios en el gobierno, dicen los periódicos después de haber hecho el recuento de los muertos y los que están en trance de morir. Montero le pide a Iglesias que no sea cabezón, por lo visto. Parece una riña entre parientes, de esas que a lo mejor no habrá en Nochebuena porque se está disparatando todo y quizás nos obliguen a guardar distancia, otra distancia más. No sabemos exactamente por qué reñían el vicepresidente y la portavoz del Gobierno, pero hablaban como cuñados, con esa cercanía y esa diferencia que hay siempre con la familia política.

También dicen los titulares que el rey emérito renuncia a regresar a España. No teníamos noticia de que alguien lo hubiese reclamado, de que alguien hubiese llamado a ese teléfono que no sé si atiende él mismo o hay un asistente que lo atiende por él, una persona que con fría amabilidad dice “su Majestad está ocupado, deje el recado”. Pero no sabemos si alguien ha marcado el número, primero el prefijo de Abu Dabi, que no tengo ni idea de cuál pueda ser, y ha dicho: “vuelve a casa por Navidad”, como en un anuncio de turrones. La soledad, ahora que lo pienso, debe ser eso, exactamente eso, no tener a nadie que te pida “vuelve a casa por Navidad”.

Yo nunca he sido muy navideño, esto lo he confesado ya otras veces. Pero en Nochebuena, en la mesa donde dispongo la frugal cena que preparo, siempre enciendo una vela por los ausentes. Es la luz de su memoria, de su recuerdo, de la presencia inolvidable de todos aquellos a quienes daría media vida por poder llamar y decirles que volvieran, siquiera un rato, siquiera una última Navidad.

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