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Daniel Capó

¡Que te den!

Un anuncio televisivo brinda por el final de un año horrible: “¡Que te den, 2020!”, oímos en el televisor, con los ojos puestos en la eficacia de una vacuna que ponga fin a los estragos de la pandemia. No será inmediatamente, desde luego. Por un lado, porque en el mejor de los casos no habrá dosis para todos en los próximos seis meses y, por otro, porque la desconfianza crecerá –con razón o sin ella– a medida que vayan apareciendo los inevitables efectos secundarios. La competencia entre las distintas vacunas del mercado será saludable a medio plazo, pero a corto incrementará las dudas sobre la bondad relativa de cada una de ellas. ¿Cuál es más segura? ¿Cuál ofrece la mejor relación coste/beneficio? A saber, aunque, en realidad, la pregunta clave apunta hacia el día en que alcanzaremos la imprescindible inmunidad de rebaño y el momento en que podremos volver a una relativa normalidad. La verdad es que no podemos saberlo, a pesar de que hay muchos más motivos fundados para la esperanza hoy que en primavera.

Pero, mientras tanto, la sucesión de olas epidémicas no para. Los Estados Unidos acaban de superar la cifra de trescientos mil fallecidos, Suecia abandona su laxitud inicial, Holanda y Alemania anuncian nuevos confinamientos estrictos, en Corea del Sur se ha llegado a un nuevo pico y en Inglaterra se informa de la aparición de una nueva variante del virus, no se sabe si más infecciosa que la anterior. El coste en número de vidas, en empleo y en cierres patronales continuará siendo altísimo durante algún tiempo. Y sus efectos se harán sentir por un periodo aún más prolongado.

La caída prevista del PIB en España –del 12 % aproximadamente, con picos en algunas autonomías como Baleares cercanos al 25 %– no permite prever un próximo retorno a la normalidad. Las consecuencias negativas son enormes, muchas de ellas difíciles de medir: las psicológicas, por ejemplo, o el horizonte laboral de aquellos despidos que tienen lugar más allá del umbral de los cincuenta. Hay tendencias difícilmente revertibles en determinados sectores –como el del teletrabajo–, que se traducirán a medio plazo en una erosión significativa del turismo de congresos. ¿Continuará el ascenso de la educación universitaria online en detrimento de la presencial? ¿Qué supondrá la pandemia para la restauración, la hostelería, el comercio o la aviación? Se trata de una pregunta estructural a una década vista, porque la coyuntura inmediata es la de una morgue empresarial. Cabe pensar que el próximo verano será mejor que el anterior, pero no que 2021 sea ya un curso normal. El gran salto científico que se está produciendo ahora mismo, junto a la enorme inversión en tecnología de las corporaciones, augura un mayor optimismo para el futuro. Pero será una sociedad distinta a la actual, con fracturas no necesariamente bien soldadas.

Hacemos bien en decir que le den al 2020, pero nada nos garantiza un mejor año nuevo. Al igual que sucedió en 2008, cuyas heridas siguen sin cicatrizar mucho tiempo después, el fuego de la Covid-19 nos obligará a replantearnos el mundo hacia el que nos dirigimos: un lugar donde el control tecnológico primará cada vez más y donde los viejos resortes económicos quedarán irremediablemente dañados ante el empuje de una nueva economía que empieza ya a florecer.

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