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Matías Vallés

El mundo está hueco

Profundamente democrático, el coronavirus ha horadado las jerarquías establecidas, todos los poderes son hoy ficticios

El magro consuelo contra los achacosos militares levantiscos es que su poder también reside en una impostura, tanto el que creen ejercer desde el WhatsApp de Zuckerberg como el que aspiran a conquistar en su antediluviano delirio matritense. Si temes la anarquía, espera a habitar un planeta en el que todos los poderes son ficticios. Si te asusta la democracia tambaleante, espera a probar la epidemiocracia o dictadura porcentual. Se acusa al coronavirus de su ataque selectivo a barrios hacinados y colectivos de inmigrantes pero, en comparación con los FMI del planeta, se ha comportado con un talante hondamente democrático.

El mundo se ha peinado con un huracán. El coronavirus ha horadado las jerarquías establecidas. En tiempos de Bill Clinton, el primero y quizás el único presidente negro de Estados Unidos, se difundió el recordatorio de que cualquier ciudadano del mundo bebía la misma Coca-Cola que se servía en la Casa Blanca. O en La Moncloa, con la diferencia de que el gobernante estadounidense paga el refresco de su bolsillo. Ahora, el desplome evidente de la globalización en un planeta sin aviones conlleva el hundimiento de los poderes globales. El banquero y el proletario, si queda alguno, han experimentado el mismo miedo. Lo experimentan todavía.

Ha llegado el párrafo en que todo artículo lacrimógeno que se precie debe invocar a Trump. Es curioso el nativismo de quienes desean convencerse de que todo empezó cuatro años atrás. Es obligado curarles de su fijación, por ejemplo con una cita clarividente de Ronald Reagan, el reverenciado patriarca. «La política es la segunda profesión más antigua del mundo, y me he dado cuenta de que es muy parecida a la primera». Suena intolerable por escrito, pero irresistible en labios de aquel seductor impenitente que derribó la construcción igualitaria de Roosevelt.

Del actor que estuvo a punto de obtener el papel de Humphrey Bogart en Casablanca, al germófobo admirador de Berlusconi que tras recibir en el Mar-A-Lago babilónico a su abogado Roy Cohn enfermo de sida, desinfectó toda la vajilla. Los virus tienen una extraña manera de vengarse. La agonía interminable de Trump no es una añagaza para perpetuarse en un poder en el que no cree, ni siquiera una demostración empírica de la nimiedad del Joe Biden a quien llama «zombie». El presidente no saliente aspira a demostrar que la estructura que habita es un inmenso cascarón sin contenido, que el mundo está hueco, que la presidencia de Estados Unidos ya solo sirve para alimentar una notable producción de libros de espionaje, teleseries y superproducciones.

Las instituciones globales habían logrado camuflar la fragilidad humana que la pandemia ha desnudado. Juncker, Baker, Condoleezza, Lagarde, subalternos de valía indiscutible que maquillaban la alta política condenada por la cita de Reagan. Porque Trump no introdujo la falsedad, solo sustituyó la mentira institucionalizada de la era de Wikileaks por la barbarie expresiva. Llevó la situación al paroxismo, con ganadores inesperados como los latinos que han mejorado sus sueldos por el estrangulamiento de la inmigración de sus compatriotas, y han votado Republicano en consecuencia. ¿O no se ha escuchado ya de labios de Biden un «América primero» robado a su predecesor?

Los patrocinadores de Biden aspiraban al aplastamiento irreversible del sarpullido de Trump, pero sus 72 millones de votos devotos impiden el rescate íntegro de la situación anterior, que regresa con múltiples magulladuras. Quienes suspiren por la rehabilitación de estadistas como Clinton, Blair o Schröder, deben recordar que han forrado de oro sus jubilaciones trabajando para las mayores dictaduras del planeta. Y que en el ejercicio de sus poderes no pestañearon ante los bombardeos humanitarios de Yugoslavia, o la liberación a muerte de Irak.

Trump no introdujo la falsedad, sustituyó la mentira institucionalizada de la era de Wikileaks por la barbarie expresiva, la llevó al paroxismo

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En un mundo ahuecado por la pandemia, la convalecencia solo puede ser presumida. El fervor que han suscitado las vacunas no ha conllevado un propósito de la enmienda. El ahondamiento de la desigualdad parecía inverosímil tras la crisis financiera de la década anterior, por lo que puede volverse a repetir después del coronavirus. La codicia ha muerto anuncian acreditados ensayistas de la pobreza como Paul Collier, pero la actividad económica puede seguir en manos de los herederos del Gordon Gekko inmortalizado por Michael Douglas en Wall Street.

Al hablar con una persona reconfortada por la victoria de Biden, el bienintencionado se felicita de la recuperación de las normas, del retorno de la urbanidad y las nuevas maneras. En resumen, auspicia un cambio de discurso pero no de época. Para pasmo de negacionistas, es posible que no haya nadie tras la conspiración que predican.

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