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Juan Gaitán

Familiares y allegados

«Solo reagrupamiento familiar», dicen algunos presidentes autonómicos. «Allegados», dice el ministro. No, inaceptable todo

“Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera». Así comienza Ana Karenina, de León Tolstoi. Daba muestras el viejo maestro, una vez más, de conocer a fondo el alma humana. Pero en estos tiempos terribles que vivimos hemos de aceptar que, entre otras tragedias, la mayoría de los que nos mandan no han leído a Tolstoi y tampoco tienen ni idea del alma humana.

La mía, que es la que siempre tengo más a mano, tiene una natural tendencia a la rebeldía cuando siente que tratan de interferir en su libertad. Así, sus gotas de sangre jacobina son capaces de entender que por motivos sanitarios limiten el número de personas convocadas a una cena, pero le resulta inadmisible que le señalen también quiénes han de ser esas personas. «Solo reagrupamiento familiar», dicen algunos presidentes autonómicos. «Allegados», dice el ministro. No, inaceptable todo. Serán, deben ser, quienes yo quiera, y nadie ha de insinuar siquiera una sola palabra sobre el grado de consanguinidad o la cercanía, eso forma parte de mi privacidad, de mi libertad, de mi elección.

Hay mucha gente que no se lleva bien con los de su sangre, que han experimentado en carne propia ese modo particular y hondo de ser infeliz del que habla Tolstoi. Y también hay quienes hemos ido encontrando a nuestros parientes a lo largo de la vida. Suelo decirles, a esos mis hermanos electos, que no lo son de sangre pero lo son de corazón, que es muchísimo más importante. Ahí están Agustín, un par de Rafas, Bernardo, Germinal, Esther, Puri, Lina, Laura, David… Sería largo el listado, he sido bendecido con familia numerosa.

Acaso ellos no lo sepan, me refiero a esa gente que ordena y manda, porque no la encuentren a su alrededor, pero la amistad suele ser una rareza porque requiere de otra rareza, la generosidad. Y cuando se produce el milagro la vida se humaniza. Llegar hasta el amigo es como llegar a un territorio donde todo es propio, donde nada es ajeno ni arriesgado. Allí donde solo el prodigio alcanza.

De modo que diga lo que diga quien tenga la potestad de decir, voy a hacer lo que me dictan mi corazón y mi conciencia. Como el viejo Tolstoi, en la madurez de mi vida hago un llamamiento a la desobediencia civil a ese ejército escuálido que soy yo mismo. Lo advierto desde ya y públicamente. No me someteré a ningún dictado que trate de determinar a quién siento en mi mesa o a la mesa de quién acudo. La sangre, ya se sabe, tiene sus propias razones, pero el corazón también tiene las suyas, esas que la razón no entiende.

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