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Ánxel Vence

Valores familiares entre nalgas

Un eurodiputado húngaro famoso por su defensa de la familia tradicional y su inquina a los homosexuales fue detenido cuando disfrutaba de una orgía de sexo, droga y alcohol en la que los participantes eran, en su mayoría, hombres. La bacanal se celebraba además en Bruselas, ciudad sometida por la covid a duras restricciones que incluyen el cierre de establecimientos públicos. A József Szájer, el parlamentario pillado entre nalgas, le están llamando de todo excepto guapo a raíz de este incidente. Tampoco es para ponerse así. La fiesta, a fin de cuentas, tenía un carácter estrictamente privado, como hizo notar el abochornado paladín de los valores familiares en sus disculpas. Mala suerte, si acaso, que el ruido del jolgorio incomodase a los vecinos del edificio, que alertaron a la Policía. El caso de Szájer no hace otra cosa que corroborar el habitual contraste entre lo que proclaman los políticos y su comportamiento personal. No es infrecuente que los vicios privados coincidan con la defensa pública de la virtud. En realidad, esta conducta solo moralmente reprochable fue puesta en valor ya a principios del siglo XVIII por Bernard Mandeville en su Fábula de las abejas. Sostenía el filósofo holandés que los vicios privados contribuyen al bien público; e ilustraba precisamente su teoría con el ejemplo de un libertino. Por más que su comportamiento no sea digno de elogio moral, decía Mandeville, un sujeto de vida licenciosa contribuye sin embargo con sus generosos gastos a dar trabajo a sastres, perfumistas, restaurantes de lujo y mujeres de mala vida. A Mandeville lo pusieron de chupa de dómine sus contemporáneos; y eso que era un teórico y no se dedicó a la política. Pero lo cierto es que inspiró a Adam Smith, quien décadas más tarde incidió en esa misma idea de que los ricos, al consumir mucho más que los pobres, acaban por repartir con estos su fortuna mediante la mano invisible del mercado. «Sin pretenderlo y sin saberlo», escribió el padre del capitalismo, «promueven el interés de la sociedad».

Probablemente este haya sido el error de Szájer. En lugar del vicio, el dirigente ultraconservador húngaro no ha parado de promover las excelencias de la virtud, entendida desde el punto de vista conservador. Gran defensor de la familia tradicional, constituida por papás y mamás, el alegre eurodiputado es uno de los redactores de la Constitución húngara que tantas alarmas ha suscitado en la UE por su difícil relación con los derechos humanos. Sin contar, claro está, con la abierta discriminación a la que somete a los gais. Mejor le hubiera ido si defendiese las virtudes del vicio como creador de riqueza, según las enseñanzas del antes mentado Mandeville, que a fin de cuentas era liberal y por tanto de derechas, según los cánones actuales. Al abogar en público por lo contrario de lo que, según se ha visto, hacía en privado, el pobre Szájer ha de afrontar ahora esa contradicción vital. Sus detractores y no pocos de sus partidarios lo tildan de hipócrita, ignorando tal vez que la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud, en famosa opinión de La Rochefoucauld.

Vuelven, en fin, las bacanales romanas a la vieja Europa. Igual es que aún queda mucha gente en el cuarto oscuro de los partidos defensores del orden y las viejas buenas costumbres. Estas cosas deberían quedar en familia, hombre.

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